Publicado el 5 de noviembre de 2025.

Una mesurada arquitectura barroca para arropar una estremecida iconografía del “Varón de Dolores”
Queridos troteanos:
Vamos a visitar una iglesia levantada en el barroco por una Orden Tercera (luego veremos qué significa esto), que ha sido recientemente rehabilitada y que es poco conocida: la Capilla del Cristo de los Dolores.
Se construyó para albergar una impresionante imagen del “Varón de Dolores”, nombre con el que se conoce una representación de Cristo de origen medieval que, dotada de alto valor iconográfico, le muestra con las heridas de la Pasión y la mano en el pecho, y que incorpora elementos como la calavera de Adán y la serpiente, representativas de su victoria sobre el pecado y la muerte. Hoy ha perdido ese antiguo significado devocional, pero conserva la plenitud de su valor artístico.
La visita tendrá lugar el miércoles 12 de noviembre, a las 11.15 horas, en la calle de San Buenaventura 1, justo al lado de la entrada principal a la basílica de San Francisco el Grande.
La visita está abierta a socios de Trotea y a familiares o conocidos que les acompañen. Los interesados debéis comunicar vuestra asistencia, no después del lunes 10 de noviembre, a José Luis Díaz de Liaño (teléfono 666 353 221; correo jdl2008@hotmail.es).
Nos conducirá en la visita Ángela Reina, nuestra guía habitual a quien ya conocéis. Los socios de Trotea tendremos que abonar 8 euros y los no socios 10 euros, que haremos efectivos al llegar al punto de encuentro.
Nos reuniremos, pues, el miércoles 12 de noviembre, a las 11.15 horas, en la calle de San Buenaventura 1, justo al lado de la entrada principal a la basílica de San Francisco el Grande. Las estaciones de Metro más cercanas son las de Puerta de Toledo y La Latina, ambas en la línea 5, y hay asimismo varios autobuses que dejan prácticamente en la puerta.
Para información más detenida sobre la visita, podéis seguir leyendo.
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Una de las primeras visitas que hicimos con Trotea (en tiempos que hoy nos parecen tan lejanos como 2019) fue a la iglesia de San Francisco el Grande. Aneja a este templo hay una capilla que entonces no pudimos ver “por incompatibilidad de horario” y que es el tema de la visita que hoy convocamos: la capilla del Cristo de los Dolores.
Vinculación a la Venerable Orden Tercera (VOT) franciscana
Su origen hay que vincularlo al crecimiento que los arrabales de Madrid experimentaron en la Edad Media (siglo XIII) como consecuencia de la expansión de las instituciones monacales. Fueron especialmente importantes al respecto tres monasterios que, creados fuera de la muralla, acabaron por constituirse en focos de repoblación. Eran el de monjes benedictinos de San Martín (al norte, en la actual plaza de este nombre), el de monjas de Santo Domingo (al noroeste, junto a la plaza homónima) y el de religiosos de San Francisco (en el arrabal de las Vistillas, al sureste, donde hoy se ubica la basílica de San Francisco el Grande).

Este último es el que ahora nos interesa. Fundado según la tradición en 1217, fue en un principio de humilde condición, pero, enriquecido con las limosnas recibidas, llegó a disponer de 200 celdas y dispuso de una iglesia que gozó del favor de las familias patricias de la villa y que llegó a albergar hasta cuarenta tumbas de personajes ilustres. Venida a ruina, la iglesia fue demolida en 1760 y en su lugar la Orden construyó, no sin dificultades, la actual basílica de San Francisco el Grande. El convento, por su parte, tras la desamortización del siglo XIX, acogió dos cuarteles que fueron finalmente demolidos en 1961 para abrir la Gran Vía de San Francisco.
La Capilla que nos ocupa está vinculada a ese antiguo convento y, en concreto, a la Orden de Hermanos y Hermanas de la Penitencia, fundada en 1221 Francisco de Asís para los seglares que, sin llegar a enclaustrarse y conservando su trabajo, familia y casa, quisieran llevar una vida de penitencia. Venía a complementar así la orden primera, de Frailes Menores, y la orden segunda, de monjas Clarisas, por lo que se conoce desde entonces como Venerable Orden Tercera (VOT) franciscana. En nuestros días adopta la denominación canónica de Orden Franciscana Seglar y se rige por una regla cuya última reforma fue aprobada por Pablo VI en 1978.
La rama madrileña correspondiente a esta Orden nació en 1608 y alcanzó pronto un gran arraigo, ya que el propio rey Felipe III y su familia toman el hábito franciscano, ejemplo que siguieron gran parte de la Corte y destacados artistas y escritores, como Lope de Vega, Calderón de la Barca y Francisco de Quevedo. De hecho, la Orden fue adaptándose con el tiempo y terminó adoptando los rasgos de una hermandad o cofradía, funcionando como una especie de sociedad de socorros mutuos, lo que, al margen de consideraciones religiosas, explica su predicamento. En este contexto, en el siglo XVII impulsó la construcción de dos edificios, que todavía persisten, en las cercanías del convento: el Hospital de la VOT (en la calle de San Bernabé 11 y 13) y la Capilla del Cristo de los Dolores que ahora nos ocupa.
Esta última fue cronológicamente la primera y tuvo su antecedente en un modesto templo que, para celebrar sus asambleas y actos de culto, los hermanos de la Orden decidieron erigir en 1613 en un solar existente al norte de la iglesia del convento. Al advertirse décadas después que resultaba insuficiente, acordaron derribarlo y levantar la actual Capilla. Su titularidad corresponde actualmente a la Asociación de la VOT de San Francisco de Asís, entidad que tiene su sede en el cercano Hospital de la VOT de la calle San Bernabé y que se dedica a “actividades sanitarias”.
“Verdadera perla de la arquitectura barroca madrileña”
Este es el juicio que la Capilla mereció a Fernando Chueca Goitia, eminente arquitecto e historiador de la arquitectura. Construida entre 1662 y 1668, bajo el reinado de Carlos II, es un ejemplo excelente de la interesante variante del barroco que, nacida del sentimiento de pérdida de la hegemonía política y de la actitud general de introspección resultante, se conoce como “casticismo madrileño”. Son rasgos característicos el empleo de materiales de bajo valor (ladrillo, yeso), el diseño arquitectónico básicamente manierista (sólido, austero, alejado, por ejemplo, del rupturismo de Bernini), la decoración mediante aplicaciones de yeso blanco finamente trabajado y la generalización de los retablos en madera dorada como elementos de contraste visual.
Los artistas que colaboraron en la obra eran los de más alto nivel de la época y dejaron su huella también en las otras construcciones madrileñas que cabe adscribir a esa misma corriente estilística, como las iglesias conventuales de las Calatravas, de las Comendadoras de Santiago o de las Góngoras.
Las trazas de la Capilla, conocida popularmente como “San Francisquín” por haber quedado adosada a San Francisco el Grande, son del jesuita Francisco Bautista (el “hermano Bautista”), tratadista y arquitecto que participó también, por ejemplo, en las trazas de la colegiata de San Isidro, y de Sebastián de Herrara Barnuevo, discípulo de Alonso Cano como pintor y que llegó a maestro mayor de las obras reales, es decir, “arquitecto real” de Carlos II. Las obras fueron dirigidas por Marcos López, que fue también tracista del convento de las Trinitarias y a quien la VOT encomendaría después el proyecto del hospital al que antes nos hemos referido y que se encuentra en las proximidades
La historia posterior de la Capilla ha sido accidentada, ya que sufrió abandono y en 1888 estuvo a punto de ser derribada. Más relevante fue la desatinada reforma que la propia Orden acometió en 1968 para “adaptarla a las modernas exigencias litúrgicas” derivadas del Concilio Vaticano II y que suponía la desaparición completa de la decoración barroca. La noticia saltó a la prensa y, tras una intensa polémica, la Administración procedió a declarar la Capilla “monumento nacional” y ordenó a la VOT devolverlo a su anterior estado. Con posterioridad se han realizado sucesivas obras de restauración, habiendo concluido la última de ellas en fecha reciente.
Arquitectura mesurada
La planta es rectangular o “de cajón”, sin columnas, aunque estructurada en tres ámbitos. El primero es la nave, sin capillas, cubierta con una bóveda de cañón decorada con dibujos geométricos en estuco de yeso y cal para dinamizar la superficie; esta nave era el espacio reservado para los hermanos de la Orden. El segundo ámbito es el falso crucero, delimitado por cuatro salientes de los muros que forman ángulos achaflanados y rematado por una cúpula con pechinas; en él se ubicaban los cargos directivos y personajes ilustres. El tercer ámbito, destinado al culto, es la cabecera, de planta cuadrada y con bóveda vaída, es decir, semiesférica sobre una base cuadrada.

El interior se divide en tramos mediante pilastras cajeadas entre las que se abren los espacios, cerrados por arcos de medio punto, destinados a acoger los retablos. Sobre las pilastras se extiende una cornisa, sustentada por modillones pareados. Es muy imaginativa la ornamentación de la cúpula, en la que el anillo sigue el patrón de una cornisa con modillones, esta vez continuos, mientras que el tambor y la media naranja repiten el juego de pilastras y cajeados hasta llegar a la linterna final.

Salvo las pechinas, pintadas con figuras polícromas de angelotes, todo el interior es de un blanco inmaculado, que transmite una impresión de contención y severidad extremas.
Ocho lienzos y ocho imágenes: barroco madrileño
La decoración pictórica se expresa en ocho grandes lienzos: en los huecos laterales de la nave, cuatro cuadros anónimos de talleres madrileños de los siglos XVII y XVIII sobre temas de la Pasión, y en el falso crucero y la cabecera, otros cuatro cuadros sobre el mismo tema, originales de Juan Martín Cabezalero, discípulo de Juan Carreño Miranda y hermano de la Venerable Orden Tercera, fallecido prematuramente y notable por el uso del contraluz, la rica paleta cromática, de estirpe veneciana, y la densa composición.
Ocho imágenes de santos, todas exentas y sobre pedestal, constituyen la decoración escultórica. Cuatro de ellas, situadas en los ángulos del crucero, son de autor desconocido, mientras que las otras cuatro, en los ángulos de la cabecera, representan a santos terciarios franciscanos(Santa Isabel reina de Hungría, San Luis rey de Francia, Santa Margarita de Cortona, y San Roque). Son las únicas obras conocidas de Baltasar González, imaginero de la escuela madrileña que muestra influencias del portugués Manuel Pereira.
La joya: el tabernáculo
Sin embargo, la pieza decorativa principal, foco de la atención de quien entre en la Capilla, es el sagrario o tabernáculo ubicado en la cabecera. Presenta la forma de un baldaquino, es decir, una estructura que, a modo de templete, cobija el altar cuando este tiene una posición aislada. Constituye un ejemplo modélico de “barroquismo estructural” (no “ornamental”) y despierta una fuerte sensación de diafanidad debido a la ligereza de sus elementos.
Fue diseñado por el mismo arquitecto del templo, el “hermano Bautista”, y consta de pedestal (en mármol, confeccionado al parecer por el escultor Baltasar González ya mencionado o quizá por Rodrigo Carrasco) y dos cuerpos en madera, realizados por el ensamblador guipuzcoano Juan de Ursularre y Echevarría, que alcanzó cierta notoriedad en Madrid, ya que hay constancia de que participó en el ensamblaje del arco que se levantó en la Puerta de Guadalajara para la entrada de la nueva reina Mariana de Austria. El primero de esos cuerpos es un templete estructurado mediante cuatro arcos de medio punto y el segundo, una cúpula abierta en gajos que remata en una linterna.

El tabernáculo alberga una imagen del Cristo de los Dolores. Representa a Cristo resucitado, pero llagado y con la corona de espinas; con el brazo izquierdo rodea la cruz, apoyada en la cabeza de una serpiente, y su pie izquierdo aplasta una calavera, como símbolo de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Ya nos hemos referido al significado iconográfico de esta imagen, que expresa sentimientos plasmados en la Biblia sobre el concepto del “Varón de Dolores” y que se han recogido en obras aparentemente tan alejadas de esta como el oratorio El Mesías de Haendel: uno de sus coros habla del fragmento de Isaías 53:4-5 que alude a quien “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. Fue herido por nuestros pecados y destrozado por nuestras iniquidades”.
Durante un tiempo se pensó que la imagen era una de las copias que se hicieron en su día de una famosa talla del escultor Domingo de la Rioja que estuvo durante algún tiempo en Madrid, donde fue objeto de gran devoción, incluso por parte de Felipe IV, antes de su destino actual en el convento de agustinas recoletas de Serradilla (Cáceres). Sin embargo, el descubrimiento en fecha reciente del testamento del escultor citado, en el que se menciona esta obra, permite atribuirla a él directamente. La policromía es de Diego Rodríguez.
En cambio, se desconoce el autor del expresivo busto de la Dolorosa que aparece al pie de la imagen, aunque parece posterior, del siglo XVIII.
La nueva Sacristía
Queda aún por ver un interesante recinto, ya que unos años después de terminada la Capilla, se encargó el diseño de una nueva a Teodoro Ardemans, que años después llegaría también a maestro mayor de las obras reales, aunque las obras fueron ejecutadas por Juan de Arroyo. Por detrás de la cabecera se accede primero a la antigua sacristía, donde puede observarse un lavabo de manos realizado en mármol, y luego a esta nueva Sacristía.

De planta rectangular, está dividida por pilastras toscanas en tres tramos con arcos de medio punto sobre los que se extiende un entablamento en el que se enmarcan las iniciales de la denominación completa de la Orden: Seráfica Y Venerable Orden Tercera De Penitencia De Nuestro Padre San Francisco. Se cubre con una bóveda esquifada rebajada, decorada con un fresco sobre el Arrebato de San Francisco al cielo, del propio Ardemans.
En los tres arcos del fondo se ubican las cajoneras, de 1685, realizadas en madera de caoba, palo de maría y ébano.




