Viajando a otras joyas de Italia. I) Bolonia y Ferrara


Publicado el 16 de marzo de 2026.

Este artículo se publicó primeramente en la revista Administración Digital.

A PROPÓSITO DE UN LIBRO Y EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE

En tiempos como los actuales plagados de incertidumbres en el escenario de un palpable desorden mundial-que váyase a saber cuándo y en qué términos se recompone- y creciendo al galope la desigualdad, se extiende en la ciudadanía la desconfianza en la política y en sus instituciones, acompañada de una pérdida de fe en el futuro, se echa en falta la presencia de una dimensión moral en la política y en la vida cotidiana.

Y en esa preocupada cavilación andaba sumido el que esto firma cuando cayó en sus manos un libro, felizmente reeditado, cuyo autor es Rafael Argullol (1), que es, así lo entiendo, un hondo y acabado ensayo acerca del impresionante caladero artístico que fue la Toscana (representada por Florencia, sobre todo, y por Siena) en el Quattrocento (el siglo XV), forjando el Renacimiento. Dicho esto, conviene aclarar que el Renacimiento comenzó a perfilarse ya en el Trecento (el siglo XIV) y se prolongó en el Cinquecento (el siglo XVI) primero con su propagación en Milán, Venecia y Roma en una primera fase, extensible más tarde a otras zonas del territorio italiano y a otros lugares de Europa.

Narra Rafael Argullol en su libro cómo el Quattrocento conllevó una “explosión” cultural de belleza, de talento que fructificó en la Pintura, en la Escultura y en la Arquitectura pero que también impactó en lo científico- por la estrecha relación entre Arte y Ciencia- esto es, en los ámbitos de la Astronomía, de las Matemáticas, de las Ciencias Naturales, de la Física…Esa “explosión” cultural se produjo a partir de una recreación de la Antigüedad Clásica, buceando en la misma, y transformando el lenguaje figurativo de lo artístico en el contexto de una crecientemente generalizada revolución estilística. Y en esa” movida” emergió como componente indesligable del Renacimiento, el Humanismo, que, frente al teocentrismo medieval, demandaba procedimientos asentados en la experiencia, en la comprobación de la causalidad (con el trasfondo pitagórico de la proporción y de la geometría) y emitía un antropocentrismo optimista asentado en la individualidad humana, en el cuerpo humano como medida de todas las cosas, planteando, en definitiva, un tipo distinto de hombre.

Finalizaba en aquellas calendas del Quattrocento la compleja y relevante época medieval con turbulencias y oscurantismos y el Renacimiento/Humanismo aportó luz-presentando una lograda confluencia de inteligencia, de realismo y de eficacia y atendiendo a principios de proporción, de orden, de armonía, de gracia y de claridad- una nueva concepción de la Civilización, una forma ordenada, sacralizada y hasta podría decirse, para aquellos tiempos, globalizada de estar en el mundo. Y uno se pregunta si no tendrá que forjarse un nuevo Humanismo, sustentado en la libertad y en la solidaridad de la condición humana, que anteponga las Ideas, con nuevos valores, a la Técnica-como aconteció en el Renacimiento-para que no ocurra lo que hoy se advierte que, por el contrario, sucede y es que la Técnica precede, propiciándose un individualismo exacerbado del ser humano y su desorientación, a las Ideas y todo ello con el peligro añadido de que la Técnica pueda incluso poner en jaque, con la robotización, con la Inteligencia Artificial, a sus mismos inventores.

El caso es que en esas estábamos cuando el que esto suscribe se encontraba presto a emprender un periplo corto, lo que le llevaría a ser selectivo en el recorrido, a realizar por el Centro de Italia (otros preferirán decir que por la Italia del Norte), y, en concreto, por la Región de la Emilia-Romagna ( la Emilia-Romaña), donde no parece haber anidado el turismo masivo De forma instintiva, por el arrastre de las anteriores consideraciones, pretendía el viajero, acaso prioritariamente, identificar las huellas del pasado renacentista en las ciudades a visitar en la Península italiana, que las hay y de nivel. Luego, en el transcurso del viaje sucedería que, además de admirar obras renacentistas, el campo de observación del viajero se ensancharía al tener que atender también a otros estilos artísticos a la vista del innumerable, variado y rico patrimonio monumental que se le fue presentando, lo que se ha intentado transmitir en estas líneas.



VISITANDO BOLONIA

El viaje comenzó en la Ciudad de Bologna, Bolonia, emplazada en un extremo de la llanura padana y que es un lugar estratégico de encuentro de vías principales de comunicación en la Península italiana. Bolonia es precisamente la capital de la Región de la Emilia-Romaña y cuenta con un mayor número de habitantes que todas las poblaciones de la citada Región y con una densa historia a sus espaldas, ya que fue ciudad libre, dependió del Papado y después conoció gobiernos de “le Signorie”(gobiernos principescos o de nobles). Volvió Bolonia a formar parte, en 1506, de los Estados Pontificios durante el Papado de Julio II, jugando un importante papel en los mismos en su condición de ser la capital del Norte de aquellos, situación de dependencia del Papado que se prolongó- si bien con alguna interrupción como la producida por la entrada en Bolonia, en 1796, de tropas francesas- hasta 1860 con su integración en el Reino de Italia al hilo del proceso de Unificación.

Bolonia conoció, en otro orden de cosas, experiencias bien distintas el pasado siglo: la tragedia derivada del rigor de la represión fascista; mussoliniana, la desgracia, en 1980, de un terrible atentado terrorista cometido por neofascistas en la estación de ferrocarril, y la gobernación del Municipio boloñés por el Partido Comunista Italiano desde 1945 hasta 1999, gobernación, que fue todo un modelo en aquellos años, centrada en una eficiente gestión de servicios sociales, en una planificación urbana que giraba en torno a una rehabilitación del casco histórico y en la participación ciudadana.

Es Bolonia, según M. de Montaigne (2) una “grande y bella ciudad”, lo que precisó más J.W. Goethe (3) al sostener que Bolonia es “antigua, venerable y docta”. Y lo que ha de decirse, en primer término, es que se trata de una urbe que, lejos de vivir instalada en la zona de confort de su pasado, encara el presente con un enfoque de modernidad y mira decididamente al futuro. Ciudad situada entre los ríos Reno y Savena, bulliciosa, de gran vitalidad, constituye un centro industrial (con potentes industrias de transformación), agrícola (con una floreciente agricultura basada en una tierra rica y fértil), comercial (con un importante barrio ferial que la convierte en un agente comercial de primer orden) y cultural (con una dinámica Universidad al frente de la causa), además de constituir un relevante enclave de producción gastronómica.



Acoge Bolonia, de otra parte, tiene diseminado su patrimonio cultural por toda la Ciudad contando con una infinidad de monumentos religiosos, debido, estima el viajero, a su secular dependencia, con un especial protagonismo boloñés en ese escenario, de los Estados Pontificios. Su casco histórico medieval es el segundo más grande de Europa después de Venecia y está bien conservado, y resulta de interés recorrer el barrio judío, colmado de callejuelas, que fue un gueto desde 1556 hasta 1593, año de la expulsión de los judíos. Presenta una llamativa particularidad que consiste en disponer de más de cuarenta Kilómetros de soportales, de pórticos, que fueron declarados, en 2021, por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, y en exhibir llamativos tejados rojos en muchos de sus edificios-y sobre este particular se pronunció J. W. Goethe (4) al decir que “los tejados están todos limpios y son bonitos”, habiendo supuesto, por esta característica, que a Bolonia se la denomine por esa razón la “Rossa” ( la Roja).

Bolonia cuenta, desde 1088, con la Universitá (Universidad), el famoso “Studio”, más antigua de Europa con acreditado prestigio, sobre todo en los campos de la Medicina y del Derecho -de ahí que se conozca a Bolonia por la “Dotta” ( la Docta), y sirva como ejemplo de su condición de referente la circunstancia de que la Unión Europea denominó “Bolonia” a un Plan sobre la Enseñanza Superior en el espacio europeo, una Universidad que goza de un especial protagonismo en la vida ciudadana boloñesa. La actual Universidad se despliega en distintos edificios a lo largo de las vias Zamboni y Belmeloro, destacando el edificio de la Facultad de Giurisprudenza, con pórtico y bellos arcos, y reflejando el barrio universitario una vitalidad que contagia a una Ciudad que ya tiene mucha marcha.

Son, en otro orden de cosas, los “inventos” de Bolonia de la salsa a la boloñesa y de los tortellini, entre otras habilidades, los que llevan a que aquella sea conocida por la “Grassa” (la Gorda) a causa de sus consistentes platos con abundante mantequilla, queso y salsas. Por otra parte, es una urbe, la boloñesa, con amplias zonas peatonales en su zona centro, si bien el peatón, y sirva ello de aviso a navegantes, no deberá confiar ciegamente en el cumplimiento estricto de las señalizaciones viarias por parte de los distintos agentes implicados en la circulación, ya que aquellas pueden ser respetadas por aquellos “ma non troppo”, ya nos entendemos. Aunque, hay que reconocerlo, los peatones tienen una cierta seguridad al saber que bajo los inacabables soportales solo ellos, en principio, van a circular. Se aprecia, asimismo, en las calles una notable presencia de bicicletas beneficiándose de estar la Ciudad levantada sobre una llanura, y de motos, acaso más que de coches, y una escasa comparecencia en el tráfico de patinetes.

Se empezó el recorrido, en concreto, por el casco antiguo boloñés -el corazón de la capital- en el que se apiñan Monumentos que reflejan que Bolonia empezó apuntándose al estilo románico, más tarde se afilió al estilo Gótico, luego lo hizo al estilo Renacentista y después optó también por el estilo Barroco. En ese centro urbano se encuentran las piazzas ( las plazas) Maggiore y Nettuno (Mayor y Neptuno), estando la extensa plaza Mayor bordeada de columnas, arcadas y cafés. Es en esa zona donde está ubicado el “Palazzo” de Accursio (que fue un famoso jurista, glosador) o “Comunale” (Municipal), renacentista, del siglo XV. Es un Palacio, que presenta una fachada con grandiosa portada, escultura en bronce del Papa Gregorio XIII y una gran ventana con intervención de Miguel Ángel, y, en el interior, un magnífico patio porticado y salas con ricos artesanados donde se exhiben las Colecciones Municipales de Arte, que incluyen pinturas de la escuela boloñesa de los siglos XIV y XVI. Asimismo, en tal entorno se halla la Fontana del Nettuno (Fuente de Neptuno), que da el nombre a la plaza en la que aquella está ubicada, uno de los símbolos de Bolonia, que es una imponente obra en bronce del escultor renacentista Giambologna dedicada al dios Neptuno.



Continuando el recorrido por ese entorno el turista se topará con la Basílica de San Petronio, patrón de Bolonia, del siglo XIV, de gran tamaño, con Campanario adjunto, en estilo gótico tardío -no siendo, desde luego, la arquitectura gótica abundante en Italia, donde es una de las obras más representativas de tal estilo. Tiene la Basílica una austera fachada en la que resaltan magníficas esculturas renacentistas sobre leyendas bíblicas en la portada central, y en donde luce el mármol sólo en su mitad, ya que en su construcción se quedaron sin fondos puesto que las autoridades, al parecer, desviaron dineros para levantar el Palazzo del Archiginnasio. Dispone el templo, en un interior espacioso, pintado en rosa y en blanco, lo que le confiere ligereza y luminosidad, de tres naves, la del centro la más elevada, e impresionante planta, y posee una admirable tribuna en el presbiterio, un gran órgano y bellas vidrieras, así como veintidós Capillas enrejadas con pinturas al fresco, sobresaliendo las Capillas de San Sebastiano, que acoge el “Martirio de San Sebastián”, de L. Costa, y aquella en la que el sol se filtra por un agujero abierto en el techo señalando la fecha exacta en un calendario lineal que hay en el suelo. Allí, en la Basílica se coronó, en 1530, por el Papa Clemente VII a Carlos I de España como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y se trasladó temporalmente, en 1547, el Concilio de Trento, el de la Contrarreforma, debido a la peste. El viajero considerará, en fin, salvo opinión mejor fundada, que la Basílica de San Petronio, aun habiendo otras magníficas iglesias en Bolonia, es el templo por excelencia de Bolonia.

Pero hay más Palacios de los antes enunciados en la almendra central. Es el caso del Palazzo del Podestá, el más antiguo de todos, rehecho en estilo renacentista a partir de 1484, con su almenada Torre dell´Arengo, modelo de estructura fortificada, y el del Palazzo di Re Enzo, almenado, del siglo XIII, con la magnífica sala gótica de los Trescientos (siglo XIV), debiéndose de mencionar igualmente los góticos Palacios dei Notai (de los Notarios), siglos XIV y XV, y dei Banchi (antigua sede de los poderosos banqueros).



Al proseguir el deambular por la zona centro el visitante llega, inevitablemente, al enclave en el que se izan dos emblemas boloñeses, imprescindibles en cualquier postal de la urbe que se precie: la Torre Asinelli, siglo XII, de 97,2 metros de altura, y la Torre Garisenda, siglo XI, de 48,16 metros de altura, con escalera de subida- se advierte al personal -de 498 peldaños que permite, eso sí, disfrutar desde la cima de una espléndida vista. Ambas Torres están inclinadas, siendo la más inclinada de ellas la Garisenda, que no agradó- ya es sabido que sobre gustos no hay nada escrito- a J. W. Goethe (5), que manifestó que “la imagen que ofrece la torre inclinada es espantosa”. Abundando sobre las Torres, hay que apuntar que llegaron a alcanzar en la ciudad la veintena, que eran representativas del esplendor social de sus dueños y que servían de vigía, de refugio y de defensa en tiempos bélicos, consignándose que, de entre las pocas que quedan sobresale por su volumen la Torre Prendiparte, siglo XII, de 59 metros de altura. Estando muy próximo a las famosas Torres es preceptivo, dicho sin exagerar, detenerse para admirar, por ser una joya del arte gótico boloñés, el Palazzo della Mercanzia, con magnífica fachada.

Pero la alusión anterior a los Palacios boloñeses no queda completa sin hacer una referencia al Palazzo dell´Archiginnasio, siglo XVI, anejo a la elegante piazza Galvani, con señas de identidad renacentistas, que fue sede, lo que da idea de su relevancia, de la Universidad desde 1563 a 1803. Consta de un patio con gran pórtico de treinta arcos ricamente decorados, así como de una galería con innumerables escudos heráldicos y conserva el espectacular Teatro Anatómico, revestido en madera, que era lugar reservado a la enseñanza de la Anatomía y que acoge la Biblioteca Municipal, la Biblioteca Municipal, se dice, más importante de Italia por la riqueza y variedad de los textos antiguos que atesora, disponiendo de más de un millón de volúmenes. Será, por otra parte, un buen momento para que el visitante se dirija desde allí a la hermosa piazza Cavour, sembrada de edificios porticados.

Y a partir del número sin fin de monumentos religiosos de Bolonia hay que aludir, expresamente, al complejo arquitectónico de Santo Stefano, compuesto en su momento por siete iglesias y que ha quedado reducido a cuatro templos, siendo la del Santo Sepulcro, del siglo XII, la más bonita de ellas, que guarda la urna de San Petronio y que en un patio exhibe la Fontana di Pilato, del siglo VIII. Asimismo, ha de mencionarse la iglesia de San Giacomo Maggiore (Santiago el Mayor), románico-gótica en la fachada, con estructura renacentista en el interior y decorada en estilo barroco, con frescos de L. Costa y Francesco Francia y pinturas de L. Carracci, y que alberga la tumba de A. G. Bentivoglio -familia líder en el Mecenazgo boloñés-, que es un espléndido monumento del escultor J. della Quercia, y la Capilla de la misma familia, del siglo XV, con un gran retrato de los mecenas por L. Costa, y no se puede olvidar tampoco la Basílica de San Domenico, del siglo XIII, que es, se dice, el templo dominico más importante de Italia, que muestra el famoso Arca del Santo (Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden), con relieves de N. Pisano y esculturas de Miguel Ángel: ”Ángel”, ”San Petronio” y “San Próculo”, destacando también un coro taraceado renacentista, un gran retablo y obras de L. y A. Carracci, F. Albani, G. Reni, Guercino



En la via Zamboni, por otra parte, plagada de edificios monumentales y bellos pórticos, se halla el Teatro Comunale, del siglo XVIII, en forma de herradura, que es la Casa de Ópera de la urbe y uno de los proscenios líricos más importantes de Italia. Y no muchos metros más allá, se yergue la Cattedrale (Catedral) o Metropolitana, reconstruida en el siglo XVII, que luce fachada de estilo barroco y tres portales, con Campanario románico, y que, en el interior, impactante, dispone de una nave única, de capillas laterales y de una bóveda que tiene iluminación natural. Y el viajero, a pesar del apabullante interior de la Metropolitana, seguirá prefiriendo-qué quieren que les diga-la Basílica de San Petronio.

Después el turista se dirigirá a la Basílica de San Francisco, siglo XIII, en estilo gótico francés, reconstruida, mereciendo ser mencionados los dos campanarios y los dos claustros. En el exterior, frente al ábside de la Basílica, se presentan las tres magníficas Arcas/ Tumbas con baldaquino, con techo piramidal y elegantes columnas, de los Accursio, padre e hijo, de Odofredo y de Rolandino dei Romanzi, que eran los Glosadores, los cuales aplicaban un método exegético para comentar textos del Derecho Romano. Y, siguiendo la ruta prevista se llegó, a renglón seguido, a la Pinacoteca Nazionale, instalada en el edificio del Noviciado jesuítico de San Ignacio, que está dividida en tres Secciones: la de los Primitivos, con artistas boloñeses, toscanos, umbros y venecianos, léase Giotto, Giovanni da Modena, Iacopino da Bologna…; la del Renacimiento, con artistas como Perugino (“La Virgen en la Gloria”), Parmigianino, Francesco del Cossa, Rafael (“Éxtasis de Santa Cecilia”), G. Reni… y la del Barroco, con los tres Carracci, Annibale, Agostino y Ludovico, Guercino…), constituyendo, pues, esta Galería una visita imprescindible en aras al conocimiento de la pintura ejecutada en Bolonia durante los siglos XIV a XVIII.

La Ciudad boloñesa encierra una curiosidad: la Finestrella da via Piella, que es una pequeña ventana desde la que se puede observar uno de los antiguos canales de Bolonia- algunos de ellos eran navegables -canal que, al estar serpenteado por coloridos edificios, produce la sensación al observador de hallarse en una pequeña Venecia y ofrece, por lo tanto, una bella imagen inédita de Bolonia. Y no podía faltar acercarse al universitario “Collegio di Spagna” (Real Colegio de España), del siglo XIV, que es el más famoso de los Colegios fundados en Bolonia entre los siglos XIV y XVI, con fachada remodelada-en estilo renacentista-y que cuenta con una apreciada portada y pórtico estructurándose en dos plantas con un patio central, alrededor del cual se distribuyen las estancias y que conduce a la iglesia gótica y con la parte externa del edificio que parece fortificada, como si se quisiese poner de relieve la autonomía, el poder del Real Colegio. Y era el momento, abrumados por la monumentalidad existente, de decir adiós- esperemos que sea un hasta luego -a Bolonia, la “Dotta”, la “Rossa” y la “Grassa”, una Ciudad sobre la que sentenció favorablemente el poeta Carducci cuando afirmó que “Bolonia es bella”. (6)


Imagen: Herbert Ortner, Vienna, Austria

RECORRIENDO FERRARA

Y la ruta a seguir por el Centro de Italia llevaba al abajo firmante a Ferrara, capital de la Provincia homónima, que es una ciudad de la que fue especial protagonista la familia/dinastía de los Este al mando del Ducado desde el siglo XIII hasta 1598, cuando la Ferrara renacentista, que fue un importantísimo centro humanístico a nivel europeo, conoció su máximo esplendor. A partir de esa fecha, 1598, Ferrara pasó a depender de los Estados Pontificios, ya que el Papa declaró feudo vacante la ciudad, al no haber descendencia masculina en los Este, y, de esa manera, puso, como consecuencia, punto final al Ducado de Ferrara, obligando a la referida dinastía a emigrar y a establecerse en Módena, dando ello idea del creciente poder temporal asumido, ¡ay! por los Papas, por los Estados Pontificios (y es que qué decir de aquello de “al César lo que es del César y …) en lucha por la hegemonía con los Señoríos, lo que llevó a la dependencia del Papado no solo de Bolonia y de Ferrara, sino también de Rávena y de pequeños Señoríos. Ferrara, que había comenzado su decadencia en el siglo XVI, confirmó su declive estando controlada por los Estados Pontificios, situación de dependencia que finalizó en 1832, año en el que cayó en manos de Austria, hasta que, en 1859, pasó a formar parte del reino de Cerdeña y, finalmente, en 1860, del Reino de Italia, al incorporarse al proceso de Unificación.

Ferrara, durante el siglo XIV, conocerá, a partir de su prototipo de ciudad medieval, consistente en estrechas calles y retorcida geometría, un desarrollo urbanístico bien distinto a partir de la “Addizione Ercole”, gobernando Ercole I, que era un plan regulador, racional, bajo la dirección del gran arquitecto Biagio Rossetti, previendo calles rectas para facilitar la movilidad, sirviéndose de la perspectiva, tan del Renacimiento. Ello aconteció en plena efervescencia renacentista cuando Ferrara era gobernada por la familia de los Este, siendo el momento ya de aludir a Lucrecia Borgia, hija del poderoso renacentista valenciano Rodrigo Borgia, que llegó a ser Papa como Alejandro VI, y hermana de César Borgia, el famoso condotiero, y que fue Duquesa de Ferrara al casarse con uno de los Este, no guardándose en Ferrara, ni mucho menos, un mal recuerdo de ella, a pesar de haber sido un personaje teñido de prejuicios y de tintes novelescos, y de haber sufrido una suerte de “pena del telediario” con insuficientes pruebas documentales sobre sus presuntas fechorías, lo que dificulta disponer de una opinión objetiva acerca de Lucrecia Borgia.

El planeamiento urbanístico, tan novedoso como tal, comportaba añadir un nuevo núcleo urbano que ampliaba la ciudad, duplicándola, y que respondía a la concepción de la Ciudad como una cuadrícula integrada por grandes avenidas y extensos espacios verdes, lo que, al pergeñarse el plan, convirtió a Ferrara, se decía, en la “Primera ciudad moderna de Europa”. Así el visitante tendrá ocasión de comprobar, efectivamente, la existencia de los dos modelos ferrareses de urbe: el medieval y el renacentista. La Unesco, finalmente, reconocerá el centro histórico de Ferrara como Patrimonio Mundial de la Humanidad, en 1995, reconocimiento que se amplió en 1999 al Delta del Po, impresionante paraje natural de fauna y flora.


Imagen: Ввласенко

Es Ferrara, que está situada en la llanura padana junto al río Po, una urbe con una historia intensa, un importante centro agrícola, pesquero, industrial, comercial y cultural y también, dicho sin exageración, el paraíso de las bicicletas y es que gentes de todas las edades, y en cantidad, circulan en bicicleta, sirviéndose de su perfil llano. El ambiente que se aprecia en Ferrara es relajado, apacible- diferente, pues, al tono bullicioso de Bolonia- lo que no implica, en modo alguno, falta de dinamismo en la sociedad civil ferraresa.

Se trata de una Ciudad que cuenta con una impresionante muralla de más de nueve kilómetros, construida durante los siglos XV y XVI, que tiene un destacado patrimonio artístico, mostrando, en ese sentido, un inconfundible aire renacentista y por esa circunstancia ha sido denominada, ¡ahí es nada!, “la Florencia de la Emilia Romagna”. Ese patrimonio cultural se forjó cuando la Corte de los Este, en su papel de Mecenazgo- figura tan presente en la época renacentista y practicado por familias/dinastías, lo que no significa deducir que todos sus miembros fueran benéficos, supieron atraer a Ferrara a escritores como Petrarca, Ariosto y Tasso y a pintores como Mantegna, Tiziano, Bellini…, habiendo sido morada, por ejemplo, de L. B. Alberti, van der Weyden y Piero della Francesca y de haber contado con magníficos arquitectos. A señalar, en ese contexto cultural, el relevante rol jugado en la sociedad ferraresa por la Universidad, creada en 1391, donde estuvieron como alumnos N. Copérnico y Paracelso.

Ya al arribar a Ferrara ésta sorprende al recién llegado con el Palazzo dei Diamanti (Palacio de los Diamantes)-acaso el más bello Palacio ferrarés- de los siglos XV y XVI, elegante, con fachada en piedra de sillería almohadillada con puntas en forma de diamante (de ahí viene el nombre del Palacio) en las que están cortados los bloques de aquella, puntas que por su orientación permiten captar mejor la luz. El Palacio es sede de la Pinacoteca Nacional, en la que se exponen pinturas locales a partir del siglo XIV, sobresaliendo las figuras de Andrea Mantegna, de C. Tura y de Garofalo.


Imagen: Vanni Lazzari

Y al acercarse uno al centro del Municipio, con calles empedradas, una suerte de empalme entre los barrios antiguos medievales y los renacentistas, se divisa el Castello Estense (Castillo Estense)- de los siglos XIV a XVI y renacentista en su interior -una mole, de estampa imponente, dominante en el escenario urbano, que fue construido por el Duque Nicoló II para proteger a su familia estense de un eventual levantamiento popular y que se transformó, siendo Duque Ercole I, en la residencia oficial de los Este, habiendo sido, asimismo, prisión. El Castillo presenta una fusión entre la tipología de una fortaleza medieval y elementos decorativos renacentistas que resulta particularmente feliz. Es de planta cuadrada, de ladrillos rojos, con cuatro torres defensivas y está rodeado por un gran foso con los consabidos puentes levadizos. Destacan en el Castillo el patio de honor, la Galería de los Naranjos con jardín colgante y las pinturas al fresco en las Salas, sobresaliendo de entre ellas el Salón y la Salita de los Juegos, la Capilla Renata de Francia, esposa de Ercole II, con decoración de mármol policromado, y el corredor de las Bacanales. Próxima al Castillo se halla la estatua del predicador dominico G. Savonarola, que da nombre a la plaza en la que está ubicada, nacido en Ferrara, fraile que desafió al Papado y al Poder de Florencia y que terminó en la hoguera de la Inquisición florentina.

Paseando se llega enseguida al Palazzo Comunale, o del Comune (Palacio Municipal), siglo XIII, reconstruido en el siglo XX, que fue la primera sede de gobierno, antes que el Castillo, de la dinastía de los Este, edificio al que se agregó la Torre della Vittoria., y que cuenta con un espectacular arco, atribuido a L.B. Alberti, flanqueando el “volto del Cavallo”, que es el pasaje de entrada a un patio porticado, bordeado por una logia y adornado por una hermosa escalera exterior, la “escalera de honor”. Presenta el Palacio en la fachada -una de las más bonitas de Ferrara- dos esculturas de L. B. Alberti, que son copias, la ecuestre del Duque Nicoló III d´Este y la del Duque Borso d´Este, sentado. Está, asimismo, ubicado en ese entorno el Palazzo della Ragione (Palacio de la Razón), del siglo XIV, lugar donde se celebraban los juicios, de estilo gótico y de ladrillo rojo, reconstruido sin excesiva gracia después de la Segunda Guerra Mundial tras un incendio, y donde se halla la Torre dei Ribelli, siglo XIII, con Campanario.


Imagen: Herbert Ortner

Y en esa zona céntrica ferraresa se erige una de las máximas creaciones arquitectónicas medievales existentes en Italia: la Cattedrale (la Catedral), o Duomo, sobre la cual Ch. Dickens (7) dirá que es “una antigua Catedral gótica insólitamente bella”. Se inició el Duomo por Wiligelmo, escultor/arquitecto, y se levantó durante los siglos XII-XIV, majestuosa, en estilo románico-lombardo. Está consagrada a San Jorge, patrón de la ciudad, con preciosa fachada de mármol (una lástima porque estaba con andamios para su restauración y no se pudo admirar aquella en toda su plenitud y tampoco el interior, en el que se optó por el estilo barroco al restaurar, en 1712, el templo después de un desastroso terremoto ocurrido en 1570). La fachada exhibe unas elegantes galerías de columnillas y arcadas con arcos apuntados en la parte superior y tres portadas, disponiendo la central de esculturas del siglo XII y de un atrio rematado en una galería gótica. Adosado al ábside, obra maestra de B. Rossetti, se levanta un fantástico Campanario en mármol, de los siglos XV-XVI, renacentista, y, en el lateral derecho del templo, hay elegantes soportales bajo los que se abren tiendas, lo que constituye ciertamente una originalidad. Y en ese privilegiado, por lo monumental, centro de la ciudad se encuentran también la atractiva Torre del Reloj, del siglo XVII, neoclásica, emblema de Ferrara, con campana y reloj de esfera luminosa que opera desde el siglo XIX, y la iglesia de San Francisco, del siglo XVI, renacentista, una de las geniales realizaciones de B. Rossetti, con pilastras de mármol sobre ladrillo en la fachada, produciendo un efecto de gran belleza arquitectónica y con interior en cruz latina, que se conforma en tres naves y ocho capillas, destacando una pintura al fresco de Garofalo.

El turista se internará después en el barrio medieval y paseará por la via delle Volte, la calle de las bóvedas, esto es, de numerosos pasajes elevados cubiertos que unían las viviendas de los comerciantes y sus almacenes, bien conservada y con edificios con atractivas portadas de ladrillo, y se dirigirá al barrio judío, en el que se forjó una importante comunidad sefardita, al ser Ferrara tierra de acogida- lo que sucedió durante el mandato del Duque Ercole II- para los judíos expulsados de la Península Ibérica. Vivieron, no obstante, los judíos separados del resto de la población ferraresa, en un gueto, entre los siglos XVII y XIX. Y con las mussolinianas leyes raciales, de 1938, Ferrara sufrió especialmente, ya que fue principal objetivo de persecución y de depuración de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, como narró G. Bassani en su novela “El jardín de los Finzi-Contini”, llevada al cine, en película excelentemente dirigida por Vittorio de Sica que fue muy galardonada.

Ferrara está especialmente nutrida de Casas Señoriales y de Palacios. Es el supuesto, entre muchos otros, de la Casa Romei, ejemplo de Casa Señorial con elementos góticos y renacentistas; de la Palazzina di Marfisa, del siglo XVI, con muy bella portada, así como del Palazzo Pareschi, del siglo XV, sede de la Universidad; del Palazzo Prosperi-Sacrati, de los siglos XV y XVI, con bella portada, y de los renacentistas Palacios, diseñados por el gran B. Rossetti, o sea, del Rondinelli, del Roverella y del de Ludovico il Moro, siendo éste un buen ejemplo del estilo renacentista local, construcción que alberga el Museo Arqueológico Nacional.

Capítulo aparte merece el Palazzo di Schifanoia, que alberga el Museo Cívico, del siglo XIV, renacentista, transformado en el siglo XV por B. Rossetti y erigido por los Este como retiro veraniego, que cuenta con interesante portada y, sobre todo, con la Sala dei Mesi, enriquecida con ciclos de frescos profanos, trasluciendo la cultura esotérica de los Este, tales como “Escenas de la vida de Borso d´Este” y Alegorías de los Meses”, obras de Francesco del Cossa, de Roberti y de otros artistas de la escuela de Ferrara. Y ha de aludirse, igualmente, al Teatro Comunale de Ópera, del siglo XVIII, objeto de varias restauraciones, que tiene cinco pisos, espectaculares pinturas en el techo, y un original patio interior de forma ovalada -la “rotonda Foschini”, por el apellido del arquitecto que lo diseñó-, y que estuvo ligado el inolvidable director de orquesta Claudio Abbado.

Y el viajero se despidió de Ferrara, tan distinta a Bolonia a pesar de haber pertenecido secularmente las dos Ciudades a los Estados Pontificios, con la sensación de que si Bolonia puede entrar al turista a primera vista Ferrara se abre más parsimoniosamente, pero el resultado final es el mismo: ambas dejan un recuerdo indeleble en el visitante.


  1. “El Quattrocento. Arte y Cultura del Renacimiento italiano”. Ed. Acantilado. 2025.
  2. “Bologna”. Ed. Touring Club Italiano. 1995.
  3. “Viaje a Italia”. Ed. B.2009.
  4. “Viaje a Italia”. Ed. B. 2009.
  5. “Viaje a Italia”. Ed. B. 2009.
  6. ¨Bologna”. Ed. Touring Club Italiano. 1995.
  7. “Bologna”. Ed. Touring Club Italiano.1995.

Fernando Díaz de Liaño y Argüelles

Marzo de 2026

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