Publicado el 11 de septiembre de 2026.
Aconteció-las cosas que pasan-que el viajero se encontraba en Napoli (Nápoles), capital de la Región Campania, que es una Ciudad que está asentada, como presidiendo la escena, en una suerte de balcón sobre una espectacular Bahía, enmarcada ésta, a su vez, en el Golfo de Nápoles. Nápoles se presenta, así, encarada con todos sus sentidos, al Mar Mediterráneo, al Mar Tirreno exactamente dicho. Un Mediterráneo que es un mar de muchos mares, con orillas en tres Continentes, y en el que hay hombres que escriben de izquierda a derecha y hombres que escriben de derecha a izquierda, pero ello no impide la existencia de un implícito código común, si bien complejo, con vigencia en las gentes que habitan en sus múltiples orillas.
Estaba, pues, el que esto firma en el epicentro del Golfo de Nápoles, que está servido de lugares bellos e inolvidables, de ahí que J.W. Goethe, con motivo de un viaje a esa zona, exclamara que “esto es superior a todo. Las orillas, la Bahía, el Golfo, El Vesubio, la Ciudad, los arrabales, los Palacios, los paseos. Es la Región más extraordinaria del mundo” y que O. Wilde sostuviera que “San Francisco tiene los más bonitos alrededores de una ciudad, excepto Nápoles”, remachando, por su parte, el escritor Henry James esas opiniones al aludir a “la despiadada belleza del Golfo de Nápoles un atardecer de junio”.

Y es que el Golfo de Nápoles, ciertamente uno de los más bellos del mundo, alberga localidades de ensueño como Sorrento, glamurosa, e importante centro de vacaciones con buenas playas que muestra su trazado griego original, o Caserta, con su imponente “Reggia” (Palacio real), de estilo barroco, y considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997,e Isolas (Islas) como Ischia, con sus fuentes termales, sus grandes atractivos naturales y el Castello Aragonese (Castillo Aragonés); como Capri, de singular belleza, aguas cristalinas, con sus villas romanas y la famosa “Grotta Azzurra” (Gruta, Azul); como Procida, y sus coloridas casas, fértiles tierras y el vistoso poblado de pescadores Marina Corricella, y como Nisida, pequeña Isla de origen volcánico, muy próxima a Nápoles, y que está unida al Continente por un puente de piedra. Pero el Golfo de Nápoles acoge además enclaves como las descubiertas ciudades romanas enterradas-declaradas en 1997 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco-de Herculano, bien conservada que deja entrever que fue una localidad residencial, de Pompeya, de mayor tamaño, que viene a comportar la exhibición de un cuadro casi completo de una ciudad en la época romana, y de Oplontis, con sus espectaculares villas romanas, sitios en los que el visitante se sumerge en la Historia y capta la fuerza desbocada de la Naturaleza, lo que tuvo lugar tras la erupción del Vesubio en el año 79, e.c., un Vesubio, gigante dormido, que domina el paisaje, inspirando, al mismo tiempo, temor y fascinación, y cuyo último estallido se produjo en 1944.
Pero es que hay más atractivos en esos lares: en el contiguo Golfo de Salerno el viajero se encuentra con la Costa Amalfitana-que es una de las más bellas de Italia-declarada, en 1997, por la Unesco Patrimonio de la Humanidad-y ante la que, se ha dicho, el escritor estadounidense John Steinbeck no pudo evitar llorar cuando la vio por primera vez. Una Costa, la Amalfitana, que presenta un paisaje en cierto modo salvaje, rocoso, pero contrastado, aligerado, por el esplendor de la vegetación, y en donde las poblaciones allí levantadas parecen estar literalmente suspendidas sobre acantilados y como si fueran sorprendidas zambulléndose en aguas transparentes.

Es el caso de lugares como Amalfi, con una potente historia a sus espaldas, derivada de la época medieval cuando imperaba en aquellos lugares la República de Amalfi en pleno apogeo de su poderío mercante, y que dispone de un espectacular Duomo (Catedral) en estilo ecléctico; como Ravello, que reposa en un espolón a gran altura sobre el nivel del mar dispensando grandes vistas y magníficas Villas ( Cimbrone y Rufolo, por ejemplo), o como Positano, con casas de tonos rosados y pastel, hermosas playas y la Chiesa (Iglesia) dell´Asunta, con cúpula revestida de azulejos, o, en fin, como Paestum, localidad algo más al interior, con tres templos griegos, dóricos, que están increíblemente bien conservados, como espectaculares vestigios de lo que fue la Magna Grecia.
Y, ATENCIÓN, ANTE USTEDES: NÁPOLES
No lo duden. Entren los visitantes resueltamente en la Ciudad y asistan a esa inigualable representación en vivo, en directo, que viene a constituir Nápoles. Una Nápoles, empecemos, que es la Neápolis de la antigua colonia griega-con más de dos mil quinientos años de historia a sus espaldas-y que está ubicada geográficamente hablando en el Mezzogiorno italiano, esto es, en “la tierra del sol de Mediodía”. Allí se comprobará, ya en una primera sensación, que se respira, sí, como suena, un rabioso azul del cielo bajo un aplastante Sol, tonalidad azul que se combina con el color turquesa del Mediterráneo, encerrando ese cuadro, desde luego, no pocas dosis de sensualidad, hasta de voluptuosidad. Y todo eso sucede en un escenario formado por una particular conjunción telúrica de cegadora luz, de contrastados colores, de agrestes olores y de calores a menudo abrasadores, lo que llevó a este viajero a rememorar aquellos magistrales versos de V. Aleixandre (1) que dicen así: “la luz, la hermosa luz del Sol, / cruel envío de un imposible / dorado anuncio de un fuego hurtado al hombre, /envía su fulgurante promesa arrebatada, / siempre, siempre en el cielo, serenamente estático”.
Nápoles, prosiguiendo con el relato, es un Municipio que disfruta de un clima benigno, con una población cercana al millón de habitantes (el Area Metropolitana alcanza más de tres millones), estratégicamente posicionado en el Mediterráneo-luciendo como seña de identidad su condición mediterránea por los cuatro costados-lo que queda corroborado al constituir Nápoles la sede de la Asamblea Parlamentaria del Mediterráneo-que dispone de un gran puerto y en el que las gentes que lo habitan, que se sienten orgullosas de su muy ajetreado pasado, no han sido, sin embargo, rehenes del mismo. Un pasado que muestra que fueron múltiples las civilizaciones, pueblos y dinastías que han transitado, dominado y dejado huella en ese enclave, como es el caso de griegos, romanos, bizantinos, normandos, suabos, angevinos (de la dinastía Anjou), la Corona de Aragón, los virreyes de la Monarquía Hispánica, los Austrias, la dinastía de los Borbones (portando consigo el Despotismo Ilustrado), la República Partenopea de la mano de tropas galas, los Reyes napoleónicos (para entendernos), José Bonaparte y J Murat, y, de nuevo la dinastía de los Borbones, finalizando ese trajín con la anexión, tras plebiscito, del Reino de las Dos Sicilias, del que Nápoles era la capital, al proceso italiano de Unificación en 1861 y sin olvidar la ocupación de Nápoles, en 1943, por las tropas alemanas nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y los duros bombardeos sufridos por los napolitanos en el citado conflicto bélico.
Muestra claramente lo antes expuesto cómo Nápoles ha sido un lugar especialmente ambicionado y conquistado por toda suerte de pueblos y potencias, circunstancia que, asimismo, se ha repetido en el resto del territorio italiano, tanto continental como insular, constituyendo ello , pues, una constante en la Historia de Italia, lo que ha de tenerse en cuenta, ineludiblemente, si se aspira a entender bajo qué parámetros se ha forjado Europa a lo largo del tiempo y cómo Italia ha estado habitualmente presente en esa gran aventura y escenario que ha sido Europa.
Pues bien: los napolitanos han sido capaces, tal y como se significó líneas atrás, y tras tiempos pretéritos colmados de volcanes, epidemias, terremotos, turbulencias, guerras e invasiones, no sólo de no dejarse llevar absolutamente por una mirada nostálgica hacia un ayer que ha sido no pocas veces ciertamente brillante, como su papel protagonista en el Humanismo y en la Ilustración, sino tampoco de dejarse conducir por un mirar apesadumbrado a causa de un pasado en algunas circunstancias con notas desalentadoras. Para ello las gentes de Nápoles no han dudado en dar un paso al frente, mirando hacia adelante, sin afanes de desmantelar lo que aconteció en tiempos pretéritos, respetados, y en aras a la construcción de un crisol, una propia cultura en su más amplio sentido.
ALGO DE LO QUE SE HA DICHO SOBRE NÁPOLES Y SOBRE LOS NAPOLITANOS
Se han dicho sobre Nápoles y los napolitanos muchas cosas y por muchos, pero pueden ser ilustrativas algunas opiniones, aquí recogidas, que reflejan el interés que ha suscitado y suscita la Ciudad. Así J. W. Goethe (2), tras realizar un viaje a Italia en el siglo XVIII, manifestó, entusiásticamente, que “uno nunca podrá ser completamente desgraciado mientras se acuerde de Nápoles”, añadiendo que “Nápoles se nos presenta alegre, libre, animada” y diciendo, rotundamente, que “Nápoles es, por todas partes, bella y magnífica” y Edward Gibbon, siglo XVIII, historiador, a su vez, manifestó que Nápoles es “Paraíso e Infierno”, contraponiendo la Ciudad y el Vesubio, mientras que Stendhal, siglo XIX, se pronunció al efecto en estos términos: “a mis ojos Nápoles es la ciudad más bella del mundo sin comparación”.
El historiador F Braudel (4) por su parte, apuntó, en el siglo XX, que Nápoles “siempre ha escandalizado y seducido a la vez (…) es excesiva en todos los aspectos (…) la ciudad más asombrosa, fantástica y picaresca del mundo”. Y J. Caro Baroja (5) señaló, en la segunda mitad del pasado siglo, e invitando a una mirada desprovista de prejuicios y de hipocresía, que “había algo que no existe en otras partes en la dosis que allí se da: belleza física de una parte, genialidad de otra, un brío vital difícil de intuir desde lejos. En Nápoles alternan de modo peregrino la pasión y la razón”. Y advertía que “en Nápoles hay que dejar a un lado la tartufería nórdica, la moralina, sea protestante o católica y el utilitarismo campanudo que hoy es una plaga que llega a las droguerías del barrio. Y nada más”.
El filósofo B. Croce, el pasado siglo y en otra perspectiva, concibió a Nápoles como un epicentro de la filosofía mediterránea y el escritor M. Siviero (6) recientemente ha sostenido que “Nápoles es una ciudad diferente a cualquier otra. Creo que no existe ninguna otra en el mundo que se le pueda parecer”.
En lo que se refiere a puntos de vista sobre los napolitanos el mismo M. Siviero ha afirmado que “el napolitano es alguien muy diferente al resto de italianos”, opinión que es compartida, por ejemplo, por el productor cinematográfico Carlo Ponti, casado con la famosa actriz Sophia Loren, tan vinculada a Nápoles. Pero otras voces han venido a decir que los napolitanos, con su propia manera de ser, son, sin duda, italianos y hasta constituyen un germen relevante de la idiosincrasia, de la condición de italiano, habiendo de tenerse en cuenta, en todo caso, que, por la gestación tardía de la Unificación de Italia, con la confluencia de italianos de diferentes procedencias, puede haber varios tipos de italianos, pero conformando, en todo caso, el Estado italiano. Por lo demás las calificaciones sobre los napolitanos son variadas y así son considerados como extrovertidos, hospitalarios, pasionales, sentimentales, solidarios, gesticulantes, ruidosos, desorganizados en el espacio público, fogosos, con vitalidad volcánica, acaso como influencia del Vesubio, caóticos (pero todo ello dentro de un orden) y orgullosos de su identidad local.
Y si se contextualiza lo que ha implicado históricamente Nápoles puede observarse cómo la Ciudad gozó de una época de gran esplendor siglos atrás, sobre todo durante los siglos XVI, con los virreyes españoles, y XVIII y XIX, con la dinastía de Borbón-Dos Sicilias y la capitalidad del Reino de las Dos Sicilias. Y será a partir del último tercio del siglo XIX cuando se perfile un período de decadencia en lo político, en lo cultural y en lo económico, acentuado acaso por el proceso de Unificación italiana, que potenció, que sacó a la palestra, a otros actores territoriales potentes perdiendo protagonismo Nápoles.
Dicha decadencia se empieza a contrarrestar con un crecimiento de la población napolitana después de la Segunda Guerra Mundial y, más en concreto, a partir del terremoto de 1980, cuyos efectos forzaron a realizar importantes transformaciones en la Urbe, y también de la Cumbre del G 8, celebrada en Nápoles en 1994, que sirvió de escaparate de la Ciudad al mundo. Y así Nápoles se ha ido modernizando y, por ejemplo, se ha dotado de un potente distrito financiero, el Centro Direzionale, con originales rascacielos, así como del tren de alta velocidad y de una red de Metro en expansión (los funiculares urbanos ya supusieron un avance al respecto para solventar los grandes desniveles de las colinas) debiéndose de hacer constar, asimismo, el compromiso, en los últimos años, de la ejecución de importantes inversiones de la Unión Europea en infraestructuras y en proyectos de rehabilitación. Y como muestra de ese dinamismo, de ese vigor modernizador, en 2017 el arte de los “pizzaioli” napolitanos fue galardonado por la Unesco considerándolo Patrimonio Inmaterial de la Humanidad
Ello se ha ido gestando y materializando a pesar de sombras-que si bien no han conseguido eclipsar totalmente los progresos alcanzados-se han proyectado sobre Nápoles: de una parte las acusadas diferencias sociales existentes-la Desigualdad, en suma-que se observan entre los barrios y en ellos mismos y, de otra, la presencia secular del crimen organizado y así, por ejemplo, entre 1994 y 2012 en Nápoles hubo un estado de emergencia relativo a la gestión de las basuras, que controlaba en parte el crimen organizado, con la interrupción del servicio, colmándose como consecuencia los vertederos, lo que dio una imagen muy negativa de la Urbe.
NÁPOLES: SU ARQUIECTURA DE EXTERIOR Y DE INTERIORES
Atesora Nápoles, cambiando de tercio, una grandiosa arquitectura. Y, como se ha dicho (7), aunque quizás exageradamente, “durante docenas y docenas de años la Ciudad tuvo la cara que le dio el rey Carlos, que después fue Carlos III de España”, si bien sin responder, apuntamos, a un plan urbanizador global. La adornan, así, infinidad de Palazzos, Fontanas, Chiesas o Basilicas, Giardinos, Piazzas, Museos, Guglies, Portas… a lo largo y ancho, fundamentalmente, del Centro Storico (Centro Histórico) urbano, que es, se dice, el más grande de Italia y que, en 1995, fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Y para no abrumar al lector con la descripción de ese enorme bagaje monumental napolitano ( no todo está, ni mucho menos, restaurado), lo que sería más propio de una Guía turística al uso, se van a mencionar a continuación solamente algunos de los ítems que lo integran-aunque la relación ha de ser, inevitablemente, de cierta extensión- pretendiendo que pueda ser, de alguna manera, indicativa de la gran riqueza artística existente en Nápoles. Ahí va la propuesta.

Empecemos con los Palacios: el Palazzo Reale, en ladrillo y piperno (piedra volcánica grisácea), de fachada en estilo renacentista, con monumental escalera interior, que contiene el precioso Teatro di Corte, y la Biblioteca Nazionale; el Palazzo dello Spagnolo, rococó, con original escalera externa en alas de halcón, y el Palazzo delle Poste e Telegrafi, de 1936, fruto de la arquitectura fascista, pero que incorpora en estilo modernista elementos innovadores y en mármol y diorita. Continuando con los Castillos (en Nápoles hay siete Castillos, lo que da idea de su singular sistema defensivo) son a citar el Castel Nuovo, con un Arco de Triunfo en puro mármol blanco, conmemorativo de la conquista de Nápoles por parte del Rey Alfonso V de la Corona de Aragón, que es un símbolo de la Ciudad; y el Castel de Sant´Elmo, suntuoso, con su Torre del Reloj, configurado en estrella de seis puntas, el cual desde allí, en lo alto de la Ciudad, regala a sus visitantes grandes vistas.
Prosiguiendo con la relación antes apuntada hay que referirse a los Museos: el Museo di Capodimonte, encuadrado en un Palazzo, que exhibe espléndidas pinturas, de todos los tiempos, nutriéndose de la Colección Farnese, pinturas llevadas a instancias del Rey Fernando desde Parma a Nápoles siguiendo las prácticas anteriores de su padre, Carlos, como se explica más adelante. Sirvan de ejemplo de su riqueza las obras expuestas de Botticelli(“La Virgen y el Niño con dos Ángeles”), de Bellini (“Transfiguración”), de Caravaggio (“Flagelación de Cristo”)-haciéndose consignar la existencia de otras obras de Caravaggio en Nápoles: “El Martirio de Santa Úrsula”, en la Gallerie d´Italia, y el retablo “Los Siete Actos de Piedad”, en el Pio Monte della Misericordia,-de Miguel Ángel y Rafael (sus Cartones), de Ribera, afincado en Nápoles, de la tan presente en Nápoles Artemisia Gentileschi (“Judit decapitando a Holofernes”), de Tiziano (“Dánae”), de Brueghel, el Viejo, de El Greco, de Sofonisba Anguissola (“Niño mordido por un cangrejo”), de Rembrandt, de retablos de L. Giordano, gran artista del barroco, de Andy Warhol…
Y siguiendo con los Museos hay que referirse al Museo Archeologico Nazionale, gran Museo, que contiene importantes antigüedades griegas y, sobre todo, romanas, éstas en gran número, destacando las esculturas en mármol, copias romanas de obras griegas, tales como “Toro Farnesio”, “Hércules Farnesio” o “Atlas Farnesio” y los impresionantes mosaicos. Por cierto, que nuestro Rey Carlos III, antes de serlo, cuando era Duque de Parma y pasó a ser Rey de Nápoles, se llevó consigo una parte de la magnífica Colección Farnese, en concreto la que a esculturas se refiere, y fue su hijo Fernando IV, Rey de las Dos Sicilias, el que remató la susodicha operación, como se apuntó antes, portando también a Nápoles la otra parte de la Colección: la Sección de pinturas. Ello no ha ayudado a concitar, desde luego, hacia Carlos de Borbón-que fue el que inició ese peculiar trasiego artístico-excesivas simpatías por parte de los parmesanos. Asimismo, es preciso aludir al Museo Capella di Sansevero, que cuenta con la impresionante escultura barroca creada por el escultor G. Sanmartino, “El Cristo Velado”, que representa a Cristo acostado en un lecho, en alabastro, bajo un velo esculpido en mármol que no parece tal sino un tejido real. Sin olvidar, en fin, en este apretado catálogo museístico, la presencia en Nápoles del Arte Contemporáneo con un Museo dedicado expresamente al mismo: MADRE, esto es, Museo d´Arte Contemporanea Donna Regina.

Continuando con esta descriptiva tarea ha de aludirse, en cuanto a Arquitectura religiosa, a algunas de las Chiesas o Basilicas (Iglesias o Basílicas)-al parecer en Nápoles hay más de cuatrocientas-como es el caso del Duomo (Catedral), de fachada neogótica, un interior repleto de extraordinarios frescos, mármol y metales preciosos, y que alberga la Cappella del Tesoro di San Gennaro, apoteosis del barroco, que acoge ampollas de la sangre coagulada del Santo que se licúa (considerado milagro) tres veces al año, así como la antigua Basilica di Santa Restituta y el Baptisterio, con excepcionales mosaicos. Y es el supuesto de la Basilica de San Francesco di Paola, neoclásica, una rareza en Nápoles, con espectacular columnata en hemiciclo y una cúpula que viene a evocar al maravilloso Panteón romano y también de la Basilica de Santa Chiara, que dispone del claustro de las Clarisas decorado con bellísimos azulejos de mayólica pintados por grandes artistas, o de la Cappella di Sansevero, con la impresionante escultura barroca del gran escultor G. Sanmartino el “Cristo Velato”, acostado en un lecho, en alabastro, y bajo un velo esculpido en mármol, que no parece tal sino un tejido real, y de la Basilica de San Domenico Maggiore, gótica, que en su sacristía acoge los sepulcros de los Reyes de la Corona de Aragón que gobernaron Nápoles, o de la Chiesa de Gesú Nuovo, con fachada renacentista y un interior barroco que está servido de mármoles multicolores y de impresionantes obras de arte.
En otro orden de monumentos deben mencionarse la Galleria Umberto I (Galería Humberto I) innovadora construcción decimonónica con cubierta en hierro y en vidrio y suelo de mármol, así como el Teatro di San Carlo, de magnífica acústica, inaugurado en el siglo XVIII cuando Nápoles era una referencia cultural en Europa, siendo este coliseo lírico precursor de los Teatros de Ópera y decisivo para la difusión de la misma Ópera , y en el que triunfaban los “castratis” y, de entre ellos, especialmente Farinelli, cantante que estuvo al servicio de Felipe V de España. Y ha de hacerse, igualmente, una referencia a las Fontanas (Fuentes), de Nápoles como la de Nettuno, con intervención de Bernini; o a la dell´Immacolatella, también de Bernini, o a las Piazzas (Plazas) del Plebiscito, Dante o Bellini, o a los Giardinos (Jardines) de la Villa La Floridiana y del Real Bosco di Capodimonte; o a los Cafés, por ejemplo el Gran Café Gambrinus, de 1860, de la “belle époque”, que conserva gran parte de su decoración original; o a las Portas (Puertas), renacentistas, Capuana, de gran elegancia, con un Arco enmarcado por dos Torres de piedra y Nolana, ésta con Torres fortificadas a sus lados, y, en fin, a las “Guglie”( Agujas o Columnas), de los siglos XVII y XVIII, como las dedicadas a San Gennaro, a Santo Domingo y a la Inmaculada Concepción, sin olvidar los restos de murallas griegas, por ejemplo los existentes en la Piazza Bellini.
En fin, Nápoles presenta una gran variedad de estilos artísticos que van, por ejemplo, desde el románico al gótico francés pasando por el renacentista florentino y por el “Art Nouveau” y hasta por el Neoclásico, llegando al arte contemporáneo, si bien predomina el arte barroco-lo que se visualiza especialmente en las iglesias-pero se trata de un barroco napolitano, con sello propio, identitario, que exhibe una ornamentación sobrecargada en estuco y mármol, líneas curvas, hasta tortuosas, cierta exageración en las pasiones expresadas, una atrevida exuberancia, y acusados contrastes de luces y sombras. Todo eso es, en fin, Nápoles, que es, en el terreno monumental y dicho sin exageración alguna, un imponente Museo, tanto interior como “open air”, a cielo abierto, y que presenta una de las mejores ofertas culturales de Europa.
EL PARTICULAR PAISAJE URBANO DE NÁPOLES
Pero Nápoles es mucho más que un gran Museo. Efectivamente, a la admiración provocada por su grandiosa Arquitectura hay que añadir la fascinación suscitada por la especial “atmósfera” perceptible a nivel de calle, siendo ambas circunstancias, Arte y un peculiar Escenario, dos de los ejes principales sobre los que se yergue y se proyecta Nápoles con un propósito de progreso, pero latiendo un trasfondo de decadencia.
Es, pues, en los Barrios y Calles de Nápoles donde se representa a diario una singular performance y es que las gentes viven literalmente, hacen su vida, en la calle-la calle como prolongación de la casa y concebida más para estar que para pasear-siendo ésa una de las características definitorias del modo de ser, del “way of life” mediterráneo, y que lleva al viajero a acordarse de Atenas, con los barrios de Plaka y Monasteraki y Omonia, con un infernal tráfico, multitudes de gentes en la calle, conversaciones entre peatones empleando un elevado volumen de voz y acusada gesticulación…
Muévanse, pues, los visitantes por Nápoles y comprobarán, despojándose de ideas previas, cómo conviven allí una dicotomía de supuestos, acaso en un yin y yang: lo sagrado y lo profano; lo religioso y lo supersticioso (la “jettatura”, la mala suerte); la vida y la muerte; el orden y el caos; lo voluptuoso y lo recatado; la pulcritud y la suciedad; el dinamismo cultural y la atonía económica; el ruido y el silencio; la abundancia y la escasez; lo antiguo y lo moderno; el auge y la decadencia; la creencia religiosa y el escepticismo; lo bello y lo repulsivo; la innovación y el conservadurismo; la restauración de unos monumentos con el deterioro de oros; la pasión y la razón; un ritmo vital trepidante y una recia calma; lo real y lo imaginativo; el urbanismo racional y el desorden urbanístico; espacios ciudadanos repletos de gentes y lugares solitarios; la reflexión y la acción…Todo, en fin, conforma un napolitano complejo caleidoscopio, de mil caras.
En ese contexto el visitante habrá de mirar y remirar la Ciudad de Nápoles para asimilar la gran cantidad de mensajes emitidos desde aquella, tan contradictorios, e intentar ser capaz de describir lo que parece indescriptible, ya que Nápoles se mostrará, simultáneamente, anárquica, esquiva, seductora, melancólica, pícara, pintoresca, polarizante, caótica, magnética vitalista, sentimental, polarizante, caótica, magnética y misteriosa. Y el forastero, ante un decorado que encierra un indudable magnetismo, si no se distancia uno de alguna manera del mismo, puede quedar sumido en no poca confusión y atrapado por un torrente de emociones que dificulten o que enturbien su mirada.
En ese entorno callejero el visitante podrá observar cómo en discusiones acaloradas con un elevado tono de voz, mantenidas entre el vecindario, que llevarían a presumir de las mismas un momento o final dramático, la tensión habida de súbito se rebaja en su punto álgido, con sorprendente naturalidad entre los actores implicados derivando, gracias a la capacidad de los napolitanos de reírse de sí mismos, en un desenlace en clave de Comedia, que no de Tragedia, y ello muy a la italiana, lo que no sucede en otras latitudes, más propensas a un sentimiento tremendista y a una lectura de la Existencia en clave de Tragedia, mostrando una actitud reacia de las gentes de esos entornos a reírse de sí mismos.
LOS BARRIOS DE NÁPOLES
La Urbe se despliega, se extiende desde las colinas, siguiendo un perfil sinuoso y conformándose, de esta forma, los Barrios o Distritos, muy distintos entre sí y colmados de contrastes, proyectándose a la postre en una suerte de gran “Melting Pot”. Y así, en una somera descripción de algunos de esos Barrios el visitante, en su discurrir por la Ciudad, se topará con Vomero, en la colina de tal nombre, un Barrio reciente, residencial, con viviendas acomodadas, limpio y silencioso, con chalets estilo Liberty, modernos Palacios, zonas verdes, buena infraestructura urbana, anchas calles, y bellos panoramas del Golfo de Nápoles (que invitan, por lo demás, a la contemplación y a un “dolce far niente”).

El “Rione” (Distrito) de Chiaia, es, a su vez, un Barrio bonito, hasta sofisticado, cercano al mar, colmado de boutiques de lujo en la Via dei Mille, y que cuenta con el magnífico Parque Villa Comunale, y, como una continuación del mismo, se presenta el Barrio de Santa Lucia, albergando un vecindario de pescadores, vecindario que es de los más antiguos de Nápoles, y alcanzando el pintoresco Islote de Megaride, en el que se localizan el Castel dell´Ovo-gigantesca fortaleza normanda (Catillo) plantada sobre roca marina-y el Borgo Marinari (pueblo de pescadores), que viene a anunciar el Lungomare (Paseo Marítimo), de 2.5 km. de longitud, sitio pleno de magnetismo desde el que Nápoles parece abrazar la Bahía y en el que el olor a salitre parece inundar los pulmones de los viandantes. Y, transitando por el citado Lungomare, al viajero le vendrá a la mente-vaya a saberse por qué-la obra “La Anábasis”, o “Retirada de los Diez Mil”, de Jenofonte, cuando los griegos, describe el autor, en una larga, llena de peligros y heroica retirada, alcanzaron las orillas del Mar Negro e irrumpieron con un gran grito: “Thalatta, Thalatta”(” El mar, El mar”), y es que el mar era la madre, la referencia suprema, de los antiguos griegos.
El barrio Quarteri Spagnoli (Barrio de los Españoles), siglo XVI, fue levantado durante la dominación española. Presenta una gran densidad, ha ido perdiendo su fama de lugar deprimido y hasta peligroso y es hoy, con sus alrededores, una zona turística y vibrante, llena de gentes, auténtica, bulliciosa, ruidosa, inmerso en la espectacular “movida” napolitana.Es un torrente de sonidos, de colores, de algarabía, en suma-y en la que el forastero observa un particular cuadro: la exhibición de ropas tendidas, colgando en barandas hacia la calle tapando el Sol y las habituales charlas entre los vecinos en alta voz-muy hospitalarios, de otra parte-de balcón a balcón. Y, en sus estrechas y empinadas calles-cuando no callejuelas-se advierte un tráfico descomunal de automóviles con conductores tocando la bocina y, sobre todo, de infinidad de motorinos (ciclomotores), con sus conductores ordinariamente sin portar casco y maldiciendo, y no siempre por lo bajini, a causa de que los peatones no se apartan para que ellos puedan pasar por huecos inverosímiles. Y el viajero, entonces, parafraseará a R. Alberti con el dicho de “Nápoles, peligro para caminantes”, pero, al comprobar que los peatones napolitanos cruzan tranquilamente y por todas partes en ese tumulto, cavilará, para sus adentros, aliviado ya que ese caos es un caos que, piensa, parece, en última instancia, organizado, como si interviniera una suerte de “mano invisible” que dirigiera el cotarro desde una sofisticada trastienda y solventara toda suerte de riesgos y peligros para los viandantes.
Y es que el tráfico va en Nápoles a la suya, paralizándose a horas punta las arterias de la Ciudad, formándose un carrusel ensordecedor de coches que parece invitar y hasta a empujar a arriesgadas demostraciones de audacia y de habilidad de los conductores para sortear los atascos. O lo tomas o lo dejas.

Este Barrio, el Quartieri Spagnoli, presenta, además, algunos lugares que son emblemáticos, como es el caso del Largo Maradona, con varios murales de Diego Armando Maradona-el “Pibe de Oro”, leyenda futbolística ligada al Napoli SCC, cuyo Estadio lleva su nombre, y vinculada a Nápoles-y que es un espacio que ha resultado ser un lugar de peregrinación de los napolitanos, lo que ha llevado a que J. Basté (8) haya sostenido que “en Nápoles nació el dios Maradona”. Y en el mismo Barrio está la Via Toledo, que es la calle comercial y cultural napolitana por excelencia, repleta de tiendas, de restaurantes y de Palazzos. Pero es que, y ello es toda una sorpresa, en esa área y alrededores se encuentran igualmente la Piazza del Plebiscito, el Palazzo Reale, la Basilica di San Francesco di Paola, la Piazza Dante…, ejemplos de un urbanismo más racional, hasta modernizador, bien distinto al que se visibiliza, sin ir más lejos, en los Quartieri Spagnoli.
El Barrio Centro Storico (Centro Histórico) es, por su parte, el corazón palpitante de la Ciudad, está colmado de historia y refleja, también, ese dinámico modo de vivir napolitano y el aludido caos paradójicamente tan organizado. Hay, pues, una multitud de personas en continuo movimiento por calles adoquinadas, una algarabía por doquier, un ruido con un alto grado de decibelios, un tráfico muy intenso, y se encuentra ahí, como estrella destacada, la Via San Gregorio Armeno (o “Via dei Pastori”), de gran colorido, con el callejón de los acreditados artesanos y que es una formidable exposición de los famosos “presepi” (belenes) napolitanos.
Por este Distrito discurren, asimismo, la Via Spaccanapoli (la antigua “Decumano Inferior”), eje que parte por el medio el casco antiguo mostrando sus lados norte y sur, que está plagada de tiendas, de restaurantes y de pequeñas obras de arte callejero, siendo el tramo más popular y animado de la Via Spaccanapoli la Via San Biagio dei Librai, en la que el visitante se encontrará con un espacio que viene a personificar y revelar esa alma, ese especial espíritu de la Ciudad. Ha de consignarse igualmente, que por el Distrito opera la Via dei Tribunali (la pretérita “Decumano Maggiore”), con muchos comercios y Palacios nobles.
Y Nápoles esconde, asimismo, no se olvide y como contrapunto, una zona oscura y misteriosa en el subsuelo que es la “Napoli Sotterranea”, poblada de túneles, cisternas y pasajes y que contiene un teatro romano y una calzada romana.
El Rione Sanitá es otro Barrio histórico, cuna de grandes artistas, con autenticidad y carácter, popular, de gran tradición, que transporta al Nápoles del siglo XIX, y que ha experimentado un revival en lo cultural y en lo turístico combatiendo su degradación. Abundan en esa área-mostrando la gran vitalidad del barrio-los mercadillos de frutas, de verduras y de ropa, y el arte callejero, las representaciones escenificadas por las rúas, algunas de gran calidad (formando parte todo ello de esa gran performance al aire libre que es habitualmente Nápoles) e infinidad de murales que consiguen hacer “hablar”, sí, a los edificios, y, de entre ellos, destaca el dedicado al actor Totó, que se debe al español Tono Cruz (y hablando de murales hay que mencionar el hiperrealista, realizado por el napolitano J. Agoch, de San Gennaro, en el barrio de Forcella). A este barrio, Sanitá, popular, se ha de acudir, téngase en cuenta, y una vez más, con el corazón y los ojos bien abiertos, sin juicios previos.

Posillipo, en la colina de este nombre, es, a su vez, un Barrio con el que se ponen de relieve los acusados contrastes entre los Distritos-a veces diferencias abismales-pues se halla aquí una de las zonas más exclusivas con villas señoriales y vistas directas al mar. Y Scampia y Secondigliano, por su parte, como contraste, son barrios que no forman parte de los circuitos turísticos habituales con problemas de exclusión social.
Pero hay que hablar de acciones transversales, generalizadas y de modernización emprendidas en los Barrios, y así hay que aludir a lo que suponen en cuanto a comunicación entre los Distritos los funiculares erigidos y la existencia de una red de Metro, en expansión, ya citada antes, en la que el visitante se topará, en la Línea 1, con el “Metro dell´Arte”, Línea en la que, en sus Estaciones, han volcado su talento artistas locales e internacionales contemporáneos. Es el caso, por ejemplo, de la Estación “Toledo”-denominación como recordatorio del virrey español Pedro de Toledo-y que ha sido brillantemente diseñada por nuestro acreditado arquitecto Oscar Tusquets, concibiendo un “Cráter de luz”, que evoca un viaje submarino.
VER NÁPOLES Y DESPUÉS…¿ MORIR?
Pero, ay, era hora de marchar de Nápoles, que es una Urbe atestada de Historia, de glorias y de dramas, con un pasado esplendoroso en lo cultural-acogió la que fue Universidad laica más antigua de Europa-y lugar en el que han nacido o por el que han desfilado personajes tales como Virgilio, Suetonio, Santo Tomás de Aquino, Donatello, Botticelli, Petrarca, Boccaccio, Caravaggio, T. Tasso, Vico, Plinio el Joven, Donizzetti, Scarlatti, Pergolesi, Mozart, Bellini, Rossini, Verdi, S. Accardo, B. Croce, Enrico Caruso… y que cuenta con escritores contemporáneos como Elena Ferrante, Erri de Luca, Antonio Scurati, Giuseppe Montesano, Mauricio de Giovani, Roberto Saviano…Es una Ciudad, Nápoles, que no permite al viajero-con la continua secuencia de múltiples mensajes, a menudo contradictorios, desde allí emitidos-a permanecer indiferente ante aquella-J. M de Sagarra(9), por ejemplo, se mostró “entusiasmado con la excéntrica grandeza de Nápoles”-sensación que también se produce con Nueva York, y así a Nápoles o te engancha y se le ama, o se la rechaza, o incluso las dos posibilidades a la vez o separadas en el tiempo, ya que hay quien está deseando irse nada más llegar, pero que al cabo de una semana se quedaría allí a vivir.
El viajero, en fin, rememorará aquellas palabras de J. W. Goethe, que, señalaba, se solían oír en tierras napolitanas: “Vedi Napoli e poi muori” (“ Ver Nápoles y después morir”), en el entendimiento de inmortalizar la Ciudad como una suerte de paraíso terrenal. Y ese mismo viajero, aun sin discrepar absolutamente de tal proclama, pero, acaso poco dado a llegar a mayores en un tema tan espinoso como el del deceso, del tránsito, de la Parca, de la despedida, en suma, de este mundo, preferirá-qué quieren que diga-optar por un dicho que venga a decir algo así como “Ver Nápoles y después… volver y volver para admirarla y contarlo”, siendo una empresa harto difícil la de contar con propiedad, de manera desprejuiciada, y transmitiendo certeras sensaciones lo que sea Nápoles, Ciudad de las mil caras, pero habrá que intentarlo, ya que se merece con creces que se realice ese esfuerzo.
Era el momento de partir de Nápoles y el abajo firmante se encontraba en la Piazza Bellini y en un cercano café se oía, en una grabación, al gran tenor lírico Giuseppe Di Stefano cantando, con su bellísima e inconfundible voz y perfecto fraseo, la celebérrima canción napolitana “O Sole Mio”. Algo, créanlo, definitivo.
Fernando Díaz de Liaño y Argüelles, Septiembre de 2026
Foto de cabecera: Nápoles desde el mar, de Miguel Hermoso.
NOTAS
(1) “Vicente Aleixandre”.Del poema “Hijo del sol”. Ed. “El País”. 2009.
(2) ”Viaje a Italia”. Ed. B. 2009.
(3) “Roma, Nápoles y Florencia”. Ed. PRE-TEXTOS.
(4) “El Mediterráneo”. Ed. Espasa Calpe. 1987.
(5) “Nápoles”, artículo en “El País”, 7-12-1983.
(6) Entrevista de2 de febrero de 2023. “Habla el Arte”.
(7) J. Pla: “Les escales de Llevant”. Ed. Destino. 1969.
(8) “El Santo que Nápoles no quiere enterrar”. La Vanguardia. 22-08-2026.
(9)”Memories”. II. Ed. 62. 1981.




