Juntos al teatro: ‘La gaviota’


Publicado el 26 de septiembre de 2020.

En la asociación cultural Trotea volvemos al Teatro de la Abadía con el emocionado recuerdo de nuestro compañero Fernando Luciáñez para asistir a la representación de La gaviota, la reinterpretación de Álex Rigola sobre la obra de Anton Chéjov.

La gaviota, de Anton Chéjov

  • Teatro de La Abadía.
  • Autor: Anton Chéjov,
  • Dirección y adaptación: Álex Rigola.
  • Día: domingo, 4 octubre 2020
  • Hora: 19:00 horas
  • Precio: Socios de Trotea: 10,00 euros. No socios: 14,00 euros

Àlex Rigola regresa a Teatro de la Abadía con una versión libre de unas de las grandes obras de Antón Chéjov, La gaviota, a través de una “propuesta escénica que rompe las fronteras del arte y la vida en este espacio ágora que para mí debe ser el teatro”, en palabras del dramaturgo.

Para Rigola, el teatro, debe ser ese “lugar en el que el público es interpelado por las personas que hay sobre el escenario para remover aquello que reconocen en sí mismos. Un espacio en el que los que están encima del escenario mezclan su vida con los personajes de una pieza clásica como es La gaviota”.


Equipo artístico

  • Texto: Anton Chéjov
  • Versión y dirección:  Álex Rigola
  • Espacio escénico: Max Glaenzel.
  • Reparto: Nao Albert, Irene Escolar, Mónica López, Pau Miró, Xavi Sáez, Roser Villajosana.

Rigola, uno de los dramaturgos más innovadores del siglo XXI, como ha demostrado al frente del Teatro Lliure, Teatros del Canal o de Bienal de Venecia, se acerca de nuevo a Chéjov después de haberlo hecho ya con la sorprendente Vania (Escenas de la vida).

Un nuevo acercamiento al texto de uno de los autores más destacados de la literatura rusa y exponente del naturalismo moderno, para hablar sobre amor y teatro. Para ello, tres actrices (Mónica LópezIrene Escolar y Roser Vilajosana), un actor (Xavi Sáez), un actor-dramaturgo-director (Nao Albert) y un autor-director (Pau Miró), hablan en el escenario sobre sus deseos y sobre su amor por el teatro. Los seis protagonistas aparecerán en escena sin vestuario, con la misma ropa con la que llegan al teatro y sin ninguna voluntad de simular que son rusos del siglo XIX; pero mantienen las tramas y los conflictos principales que propone el texto original.

El espectador encontrará en esta versión libre la estructura de La gaviota, dado que sigue el orden de la pieza original. Pero, en esta ocasión, sus protagonistas, se dedican al arte. Y así, nos hablarán del amor no correspondido y de la frustración de la búsqueda utópica del hecho artístico último. De la insoportable ligereza del ser: es decir, como todas las grandes obras de Chéjov, de remover el corazón y el cerebro entorno al existencialismo.

Como ya hiciera en su fantástica aproximación a “Vania”, Rigola vuelve a meter mano a Chéjov para llevar a las tablas otra obra del autor ruso con un lenguaje escénico más contemporáneo y, por qué no decirlo, más acorde con las últimas “modas” teatrales.

Igual que ocurría en el mencionado trabajo anterior, en esta versión de “La gaviota” desaparece la cuarta pared; se rompe la frontera entre la realidad de un puñado de actores que hacen teatro y la ficción de los personajes que han de interpretar; se esfuma el distanciamiento artístico de todo el equipo a la hora de observar y estudiar a esos personajes; y, en suma, se intenta acentuar con todo ello un clima intimista para que el público se sienta cómodo no ya frente a los actores, sino más bien junto a ellos, como si todos compartieran una tarde de conversación en el salón de una casa.

Raúl Losánez. La Razón.



No he escuchado términos tan bien cuajados en la boca de Nina ni en la de Tréplev. No veo perdida a Nina, ni sin amor. Me gustaría saber más de ella. No la que creó Chejov, sino la Nina rigoliana. No veo el desgarro que lleve a Tréplev al abismo. Escolar y Albet habrían bordado esos personajes, porque tienen talento sobrado. Todo el reparto lo tiene. Y me pregunto por qué ha pegado Rigola tajos aquí y allá. Masha tambien hubiera sido una Nina posible, del mismo modo que Escolar, puro poderío, fue una admirable Sonia en su emotiva creación del Vania montado con olé por Rigola. Aplaudí también el retorno hará unos meses de Mónica López, que estuvo soberbia en sus Germanes de Wajdi Mouawad, mano a mano con Lluïsa Castells, en el Tantarantana, aunque también me falta profundidad en su amor con Trigorin. Hablando de Trigorin, en este montaje, tanto él como Tréplev parecen pasar a primer término sus líos profesionales más que sus anhelos amorosos. Véase a Tréplev clichando a su madre (fragmento): “Ella es buena, pero se ha apalancado en un tipo de teatro que a mí, la verdad, no me despierta ningun interés. Hace un teatro infantil para adultos, disfrazados y poniendo vocecitas para darle al público todo bien masticado, para que sepa dónde tiene que reír o dónde estar triste”.

Xavi Sáez (Sorin), otro pedazo de actor, con un retrato de Mónica que da mucho de sí: “Lo que le pasa es que siente celos de que Irene haga de Nina”. Sorin se autorretrata como una mezcla muy verosímil de ironía y enfermedad. O cuando (esto es, obviamente, un golpe de gracia de Rigola) se describe como “un neoyorquino de Malasaña”. Masha empieza a ser narradora en la segunda parte. Prefiero ver las ideas a que me las cuenten, pero hay otro doble bravo para Rigola y Masha: cuando ella anticipa lo que ha sucedido (o puede suceder). Masha podría contarnos al menos un momento de historia de amor

Marcos Ordoñez. El País.



 

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