Publicado el 5 de mayo de 2025.
Queridos troteanos:
¿Por qué conocer una mezquita? Al menos por dos razones: por la actualidad geopolítica de lo relacionado con el “islamismo” (concepto distinto del “islam”) y por nuestra propia tradición histórica.
Para profundizar en estos temas os convocamos a una nueva visita, que tendrá lugar el martes 13 de mayo, a las 10.30 horas y en la que conoceremos el Centro Cultural Islámico de Madrid (en otras palabras, la “Mezquita de la M30”), c/ Salvador de Madariaga 7. Una buena ocasión para conocer algo del mundo islámico, que tan cercano nos es a los españoles y que, sin embargo, entendemos don frecuencia desde ópticas preconcebidas.
La visita está abierta a socios de Trotea y a familiares o conocidos que les acompañen. Los interesados debéis comunicar vuestra asistencia, no después del viernes 9 de mayo, a José Luis Díaz de Liaño (teléfono 666 353 221; correo electrónico jdl2008@hotmail.es).
La entrada es gratuita, pero, para sufragar los gastos de preparación a cargo de nuestra guía habitual, Ángela Reina (aunque la visita no será realizada por ella, sino por personal del propio Centro), los socios de Trotea tendremos que abonar 3 euros y los no socios 5 euros, que haremos efectivos al llegar al punto de encuentro.
Nos reuniremos, pues, el martes 13 de mayo, a las 10.30 en la puerta del Centro Cultural. Está justo al lado del Tanatorio de la M30. Las estaciones de Metro más cercanas son las de Parque de las Avenidas y Barrio de la Concepción, ambas en la línea 7.
Para información más detenida sobre la visita, podéis seguir leyendo.

Mezquita de la M30: exterior
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¿Por qué la visita a una mezquita?
Si nos preguntamos qué sentido tiene para nosotros la visita a una mezquita, como lugar de culto del islam, aparecen al menos dos razones principales.
Razones geopolíticas: islam e islamismo
La primera de esas razones está vinculada a la actualidad geopolítica. El crecimiento de la población en los territorios de religión musulmana, la riqueza de algunos de esos países (sobre la base del petróleo), su influencia en el juego de las alianzas internacionales (íntimamente relacionada con el movimiento político del islamismo), los movimientos migratorios o el fenómeno del terrorismo han contribuido a poner en primer plano todo lo relacionado con el islam. Pero antes de seguir con el tema se imponen algunas precisiones lingüísticas.
El islam como religión
Conviene distinguir ante todo los términos islam e islamismo. El islam es una religión monoteísta cuyo dios es Alá, su profeta es Mahoma y sus enseñanzas vienen recogidas en el libro sagrado del Corán. Sus practicantes son los “musulmanes” (no deben confundirse con los “árabes”, que son simplemente los originarios de la península arábiga y hablan árabe). El término “islámico” es, pues, sinónimo de “musulmán”.
En esencia, el islam tiene cinco pilares o principios fundamentales que son obligatorios para sus practicantes:
- La profesión de fe, según la fórmula “No hay más divinidad que Alá y Mahoma es su Mensajero”
- La oración: cinco postraciones al día, en dirección a La Meca
- La limosna
- El ayuno en el mes del Ramadán
- La peregrinación a La Meca una vez en la vida (siempre que se tengan los medios económicos y las condiciones de salud necesarias)
El islam no es, sin embargo, un bloque monolítico. En él existen tres grandes ramas o corrientes, y dentro de estas, así como fuera de las mismas, aún cabe distinguir todavía un sinnúmero de grupos, escuelas o sectas.
Las tres grandes ramas son las de los suníes, chiíes y jariyíes, surgidas como cisma original, tras la muerte del profeta Mahoma. Mientras que los suníes (del término sunna, “tradición”, por alusión a las enseñanzas de Mahoma) defendían que el líder del islam debía ser un árabe varón de la tribu a la que pertenecía el Profeta, los chiíes (del término chía, “facción”) sostenían que debía ser alguien perteneciente al linaje familiar del Profeta, en concreto Alí, su primo y yerno, y los jariyíes, apartándose de unos y otros, sostenían desde una posición rigorista e intolerante que el líder debía ser el más digno, elegido como tal por la comunidad, aunque se tratase de un “esclavo negro”. Entre estas tres ramas hay, además, diferencias doctrinales, como las relativas a la función de los imanes, que para los suníes son simplemente quienes dirigen la oración en las mezquitas, mientras que para los chiíes son líderes espirituales infalibles y alguno de ellos volverá el día del Juicio Final para gobernar el mundo.

A su vez, entre los suníes cabe distinguir cuatro escuelas de interpretación de la ley islámica y hasta seis escuelas teológicas diferenciables. Y entre los chiíes hay un número mayor de escuelas o sectas. En la práctica, las diferencias entre unos y otros grupos pueden ser muy importantes y en ocasiones llegan a la exclusión por heterodoxia o a la condena a muerte por apostasía.
Territorialmente, el islam suní agrupa al 90% de los musulmanes del mundo y predomina en Arabia Saudí (donde están los Santos Lugares: La Meca y Medina), Siria, África oriental y Sudeste asiático, mientras que el islam chií (el 10% restante) se asienta en Irán, Irak, Azerbaiyán y Líbano. Los jariyíes tienen una presencia puramente testimonial.
El islamismo como ideología política: corrientes
Distinto del islam es el islamismo, es decir, el movimiento político que pretende adaptar los principios del islam a todos los ámbitos de la vida pública. El término “islamista” remite, pues, a una corriente ideológica de carácter político y, en este sentido, cabe precisar que solo una minoría de musulmanes son islamistas.
Dentro del islamismo, en la primera mitad del siglo XIX surgió en la península arábiga (de creencia, por tanto, suní), un movimiento fundamentalista, el salafismo, que ante la influencia creciente de los países europeos propugna un retorno a las tradiciones de los «predecesores piadosos» (salaf), es decir, los principales estudiosos del islam de la época inmediatamente posterior a la muerte de Mahoma, rechazando las “interpretaciones” posteriores.
En la actualidad, dentro de ese movimiento salafista cabe distinguir tres tendencias:
- “Salafismo quietista”, basado en el compromiso exclusivamente religioso, dirigido a la creación de una estructura de la sociedad acorde al islam originario. Ha sido propugnado por algunos regímenes del Magreb como instrumento de control social y de contención.
- “Salafismo político”, que percibe la política como un instrumento para transmitir y propagar el islam originario y que se sirve, por ejemplo, de la vía electoral para crear partidos propios o dar un sello específico a otros partidos islamistas. Partiendo de una visión rigorista y “literalista” del islam, es el principio que guio, por ejemplo, la fundación de los Hermanos Musulmanes en Egipto en 1927, y asimismo el que sirvió de inspiración para la creación de la Liga del Mundo Islámico, una ONG internacional con sede en La Meca, creada en 1962 por iniciativa de Arabia Saudí y bajo tutela de este Estado, que, aplicando lo que podría denominarse “diplomacia religiosa”, tiene como misiones declaradas luchar contra el extremismo y el terrorismo, establecer el diálogo con todas las religiones y culturas para fomentar la comprensión y la paz, y desarrollar acciones humanitarias para todos.
La tendencia del salafismo político no es exclusiva de los países musulmanes. En España, según estimaciones del Ministerio del Interior hay 98 mezquitas y centros islámicos con estas características, de los cuales 50 se encuentran en Cataluña.
- “Salafismo yihadista”, o yihadismo, surgido al final de la “guerra fría” y que da prioridad a la yihad (literalmente, “el esfuerzo”, aunque en países occidentales se tiende a identificar con la “guerra santa”) sobre la predicación religiosa y que se manifiesta en grupos terroristas como Al Qaeda o el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, por sus siglas en inglés)
Razones históricas: el islam en España
Pero la visita a una mezquita tiene interés también por razones histórico-culturales autóctonas: tras el hundimiento del reino visigodo en 711, la casi totalidad del territorio peninsular quedó bajo gobierno musulmán (al-Ándalus), con lo que el islam se convirtió en la religión dominante en él y pasó a ejercer una influencia masiva en el arte, la arquitectura, el lenguaje, las ciencias y las más variadas manifestaciones de la vida.
Esa posición se mantuvo durante centurias, aunque a partir del siglo X fuera aminorándose su ámbito de aplicación a medida que se reducía el territorio de al-Ándalus como consecuencia del empuje de los reinos cristianos. Esta evolución culminó a finales del siglo XV, con la conquista de Granada como último reducto musulmán. En un principio se dio a los musulmanes sometidos el estatuto de “mudéjares”, en virtud del cual se les instaba a convertirse al cristianismo, aunque se les permitía asimismo la práctica abierta de su religión, si bien debían vivir recluidos en “morerías” y sometidos a control político. A partir del siglo XIX se designa también como “arte mudéjar”, con un significado distinto, el estilo artístico desarrollado en los reinos cristianos que incorporaba influencias, elementos o materiales del estilo musulmán.

Poco después, sin embargo, se endureció ese régimen, ofreciéndoles como únicas alternativas el exilio (más ficticio que real) o la conversión al cristianismo, con lo que pasaban a convertirse en “moriscos”. Se adoptaron en este sentido varias pragmáticas, primero en la Corona de Castilla en 1502, bajo los Reyes Católicos, y luego en la de Aragón en 1525, reinando ya Carlos V. El islam quedaba así prohibido en la monarquía hispánica. El círculo se cerró un siglo después, entre 1609 y 1613, cuando, durante el reinado de Felipe III, se dictaron en los distintos reinos de la Corona sucesivos decretos de expulsión de los moriscos, por causas que cabe intuir, aunque nunca fueran bien aclaradas: dudas sobre la sinceridad del cristianismo de los moriscos, resquemor por su permanencia como grupo social aparte, temor a su posible colaboración con el Imperio turco, radicalización religiosa de algunos círculos gobernantes, etc.

La consideración a partir de entonces de la religión católica como elemento esencial de la cohesión territorial y política explica que durante los siglos siguientes se prohibiera cualquier otra religión. Solo en el siglo XIX empezó a cambiar el panorama, a partir del debate entre los conservadores (defensores de la confesionalidad del Estado y la intolerancia frente a la práctica privada del culto) y los progresistas (partidarios del regalismo, o supremacía del poder civil sobre el religioso de la Iglesia, y la tolerancia del culto privado). Quedaba vedada, en todo caso, la práctica pública de los cultos no católicos.
Ese esquema quebró al fin con la Constitución de 1869, que, aprobada tras la forzada salida de Isabel II, garantizó el “ejercicio público o privado” de cualesquiera cultos. Se proclamaba así un principio que venía difundiéndose desde mediados de siglo. En el caso específico de la religión musulmana, la situación había cambiado ya en la práctica en 1860 con la firma del Tratado de Wad-Ras, con el que se ponía fin a la “primera guerra de Marruecos” desarrollada con el sultanato marroquí desde 1859. En ese Tratado se fijó el trazado definitivo de los límites fronterizos de Ceuta y Melilla y se autorizó el libre asentamiento de musulmanes en esos territorios, iniciándose así una dinámica que desde entonces no ha hecho sino ampliarse en escala: un número creciente de habitantes de las zonas cercanas comenzaron a establecerse en esas dos ciudades y crearon asociaciones que en principio eran de carácter gremial pero que aspiraban también a velar por sus intereses y satisfacer sus necesidades en ámbitos como el social, el religioso, etc. Así, ya en el decenio de 1870 se abrió un oratorio (mezquita) en el barrio melillense del Mantelete para la práctica de las oraciones diarias y de los ritos funerarios de los musulmanes de la ciudad.
Este período de avance en la libertad religiosa se cerró con la Constitución de la Segunda República, de 1931, en la que se proclamó la aconfesionalidad del Estado.
El franquismo supuso un paso atrás, al retornar al principio de confesionalidad, apenas mitigado por una “tolerancia privada” de cultos que en la práctica fue más aparente que real. Tampoco supuso un cambio radical la Ley de libertad religiosa de 1967, ya que, tras reconocer tal derecho, atenuaba su alcance al declarar que su ejercicio debía ser “compatible” con la proclamada confesionalidad del Estado.
Tras ese paréntesis, finalmente la actual Constitución de 1978 garantiza “la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades”. Este principio se ha desarrollado mediante la Ley orgánica de libertad religiosa, de 1980, que faculta al Estado para firmar Acuerdos con Cooperación con las confesiones o comunidades religiosas que, una vez inscritas en el Registro de Entidades Religiosas, hayan alcanzado en la sociedad española “un arraigo que, por el número de sus creyentes y por la extensión de su credo, resulte evidente o notorio”. Este es el carácter que tiene el islam, representado por cualquiera de las muchas comunidades pertenecientes a las federaciones inscritas en el citado Registro y que cuentan como órgano representativo con la Comisión Islámica de España, nombrada en 1992 para la negociación, firma y seguimiento del Acuerdo de Cooperación firmado con el Estado en 1992, actualmente vigente.
En la actualidad (2025) están inscritas en el Registro 2.127 comunidades islámicas, agrupadas en 55 federaciones y 21 asociaciones. Suman un total de más de 2,4 millones de miembros (aproximadamente un 5% de la población del país), de las que casi la mitad tienen nacionalidad española, mientras que el resto son inmigrantes.
Hay numerosos puntos de coincidencia, pero también de peculiaridades y diferencias entre estas comunidades, la mayoría de ámbito territorial. Puede ser interesante mencionar algún caso concreto. Por ejemplo, el de la “Yamaat Ahmadía del Islam en España”, con sede en la localidad cordobesa de Pedro Abad y que fue fundada en la década de 1940 por Karam Ilahi Zafar, que se ganaba la vida como perfumista artesanal con puesto en el Rastro madrileño y que, como misionero ahmadí, impulsó la construcción de la primera mezquita en España en tiempos modernos en esa localidad, donde sigue abierta. Pues bien, la matriz de esa entidad es la “Comunidad Ahmadía del Islam”, fundada en 1889 en una aldea de la India por Hazrat Ahmad, proclamado Reformador y Mesías esperado y que hoy cuenta con millones de fieles en todo el mundo. Su espíritu pacífico y tolerante la separa de otras comunidades más militantes, pero su rigorismo doctrinal la ha llevado a ser acusada de apostasía, hasta el punto de que la Liga del Mundo Islámico, organización internacional a la que ya nos hemos referido, ha declarado su exclusión de fe islámica.
Mezquitas
El recinto que vamos a visitar es una mezquita, es decir, un local de una comunidad islámica dedicado a la práctica habitual de la oración, formación o asistencia religiosa islámica. Es además una mezquita aljama, o mezquita congregacional, por su mayor espaciosidad, con lo que brinda a los fieles la posibilidad de practicar en ella la “oración de los viernes” (preceptiva para los varones adultos) y les ofrece también otros servicios sociales y formativos. Es, de hecho, una de las 12 mezquitas de este tipo que hay en España, característica que comparte en Madrid con la Mezquita central, o Mezquita Abu-Bakr, inaugurada en 1988 y llamada también Mezquita de Estrecho por encontrarse cerca de la estación de Metro de este nombre, en el distrito de Tetuán. De este tipo de centros se distinguen las “mezquitas privadas”, pequeños oratorios abiertos por otras comunidades en bajos comerciales, garajes o apartamentos particulares.
Aunque las mezquitas iniciales, construidas ya en tiempos de Mahoma, eran básicamente patios abiertos para la práctica de la oración, con el tiempo fueron ampliándose y enriqueciéndose con otros recintos, aunque siempre acomodándose a los usos arquitectónicos de los territorios donde se ubicaban. En esencia, las partes fundamentales de toda mezquita son un patio (para las abluciones), una sala cubierta para las oraciones y un alminar o minarete (torre situada en el patio desde la que el almúedano o muecín llama a los fieles a la oración). Se llama alquibla el muro orientado en dirección a La Meca, hacia el que los fieles tienen que dirigir las oraciones, y mihrab el arco o nicho situado en el centro de ese muro que recuerda el sitio que ocupaba Mahoma en su mezquita de Medina.

La mezquita de la M30
El monumento que vamos a visitar es fruto de un acuerdo firmado en 1976 por dieciocho países musulmanes para construir una mezquita en Madrid, para lo que contó con un solar cedido por el Ayuntamiento. Sin embargo, el proyecto quedó postergado durante once años, hasta que el rey Fahd de Arabia Saudí, a través de la Liga del Mundo Islámico, ONG ya mencionada, aportó la financiación necesaria (2 000 millones de pesetas) para la construcción. Esa misma Liga ha desempeñado, al menos hasta 2020, un activo papel financiero en la construcción y administración de centros islámicos en Europa y en países asiáticos y africanos. La mezquita se inauguró en 1992, en una ceremonia a la que asistieron los Reyes Juan Carlos y Sofía, en representación de España, y el entonces príncipe Salmán bin Abdulaziz, actualmente rey de Arabia Saudí (aunque no Primer Ministro, ya que en 2022 cedió este cargo a su hijo Mohamed).
El conjunto, de 12 000 metros cuadrados distribuidos en seis plantas, la convirtió en el momento de su inauguración en la mezquita más grande de Europa. Cuenta además con un colegio, una biblioteca (con fondos árabes, españoles, ingleses y franceses), dos salas de exposiciones, un museo, un auditorio, un gimnasio, las viviendas del director y el imán, un restaurante y una cafetería.
La fachada es de mármol blanco y en ella destaca el alminar o minarete, que se yergue sobre los edificios circundantes, aunque rara vez se utiliza para su función de anuncio de la oración. En todo caso, se recoge así la herencia de otros recintos religiosos de Madrid cuyo campanario actual fue posiblemente en su origen un minarete musulmán, como la iglesia de San Nicolás, en la plaza del mismo nombre (entre la calle Mayor y la plaza de Ramales) o la iglesia de San Pedro el Viejo (cerca de la plaza de la Paja).

El interior está inspirado en la Mezquita de Córdoba y en su impresionante columnario, aunque es más bien una fusión de elementos tradicionales de la arquitectura islámica con conceptos contemporáneos como los de funcionalidad y espaciosidad.




