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Trotea publica los textos ganadores del tercer Certamen de textos para microteatro




Publicado el 7 de enero de 2020.

La asociación cultural Trotea, entidad sin ánimo de lucro dedicada a la promoción de la actividad cultural desde 2003, ofrece los tres textos que han resultado ganadores del tercer Certamen de microteatro, tras el fallo del Jurado, reunido el pasado 28 de diciembre de 2020, y la posterior apertura de plicas, realizada el mismo día a continuación.

Los autores galardonados, cuyos premios se entregarán durante la Asamblea General de la asociación en el primer trimestre de 2021, son Juan Carlos Capello, primer premio, por su obra La otra hija (o Mannequin)Antonio Cremades Cascales, segundo premio, por Cuando todo esto pase, y Tomás Afán Muñoz, tercer premio, por Servicios online (teletrabajo).

A continuación ofrecemos los textos íntegros de las obras premiadas.

Primer premio: La otra hija (o Mannequin)

Autor: Juan Carlos Capello

Nacido en 1954 en Rosario (provincia de Santa Fe, Argentina), Juan Carlos Capello cuenta con una larga trayectoria artística. Como actor, ha participado en cine y televisión en numerosos cortometrajes y ha protagonizado series para televisión. En el ámbito teatral, desde 1971 ha participado en diversos cursos y seminarios en la faceta tanto de actor como de director, dramaturgo y docente teatral. Ha escrito La comedia del arte (Apuntes históricos y artísticos) y La commedia dell'arte: Una forma de teatro popular (ambas en colaboración), Mujeres a la espera (comedia dramática, tres juegos dramático-reflexivos para adolescentes (La estrella imaginaria; Libertad, libertad, libertad... y Las hermanas de Cenicienta), etc. Y ha adaptado La comedia de las equivocaciones (de Shakespeare), Calígula (de Camus), etc.

LA OTRA HIJA

o

MANNEQUIN(*)

(*) (No se deben considerar título y subtítulo, ambos son títulos optativos de acuerdo al enfoque de la puesta en escena)

PERSONAJES:

MADRE: Con sus ojos busca en la memoria esquiva, o esquiva con la memoria lo que sus ojos ya no ven.

HIJA: Un deseo que se desliza, una vida suspensa, solo eso.

LA OTRA HIJA: una velada visión, una voz, un poema o un melancólico y manoseado maniquí (*).

(*) maniquí: Del fr. mannequin

1. m. Figura movible que puede ser colocada en diversas actitudes. Tiene varios usos, y en el arte de la pintura sirve especialmente para el estudio de los ropajes.

2. m. Armazón en forma de cuerpo humano, que se usa para probar, arreglar o exhibir prendas de ropa.

3. m. y f. Persona encargada de exhibir modelos de ropa.

4. m. y f. coloq. Persona débil y pacata que se deja gobernar por los demás. (Diccionario RAE, 23.ª edición 2014)


Espacios escénicos diferenciados.

Uno para la HIJA, es su cuarto.

Otro para la MADRE; tal vez una máquina de coser u otros elementos de costura, frascos con pastillas de diferentes colores, y el maniquí.

Son ámbitos totalmente independientes para el accionar de estas mujeres y cargan con la impronta de ellas, sus colores, sus destierros. Una estría azulada y ligera las aísla en sus cosmos inconscientes que no comparten.


LA HIJA

Está en bata o en ropa interior, y hay por allí un vestido colgado, tal vez en el maniquí. Se está preparando para una cita. Habla con la MADRE, a quien no ve por estar en la otra habitación.

- No mamá, hoy es sábado.

- Sábado, por eso no trabajé a la tarde.

- Sí, dejá. Estoy calentando agua.

- Tu comida, mamá. Te dejo un caldo.

- Las tenés que tomar con la cena. Para dormir.

- Con Alicia.

- Mi amiga.

- No, la rubia, la que tiene un hijo.

- No tiene marido. La madre se lo cuida.

- Nunca quiere hablar de él, dice que ya tuvo todo lo que necesitaba de un hombre.

- Mamá... a Ernesto hace como seis años que no lo veo.

- Sí... pasa el tiempo... Me dijeron que se casó con una de un pueblo y se fue a vivir allá.

- No sé, ni me interesa.

- ¡Ernesto se llamaba, mamá! Bah, se llama... no, no lo veo.

- No te dejo sola, viene Berta.

- Ven televisión, charlan, te hace el té antes de dormir. No; no saqués la olla del fuego, ahora voy.

- No, no le pongas nada, yo me encargo.

- Con Alicia.

- No, la rubia, la que tiene un hijo.

- Sábado.

- A bailar.

- No, con Alicia... Ernesto se llamaba.

- Sí, hay un muchacho, bah, un hombre.

- Sí, bailamos y hablamos mucho.

- Alto, pelo negro. Sonríe lindo. Usa un perfume riquísimo.

- Separado.

- ¡Ay mamá, ya no quedan solteros para mi edad1

- 47.

- No, 47. Cuando murió papá, tenía 32.

- Sí, pasa el tiempo. No te pongas a llorar ahora. Papá estaba muy mal, fue mejor así.

- No estás sola, estoy con vos todo el tiempo que puedo.

- Y sí, tengo que trabajar.

- Mamá... es un sábado por mes, no todos los sábados.

- Con Berta. No. Sola no te quedás. No podés.

- Porque sos grande.

- No dije estúpida, grande, mayor, dije. Además no caminás bien.

- Para las piernas no te dio.

- Esas son para dormir.

- De la memoria.

- Para el colesterol, para las piernas no te dio.

(Se coloca el vestido.)

- Ya voy y te la preparo, en un ratito está lista.

- Sábado. A bailar me voy.

- Con Alicia, la rubia.

- Un much... un hombre. Sí, tiene auto.

- Es comerciante.

- No le pregunté qué vende.

- Mamá, no le puedo preguntar si tiene plata.

- Auto, sí.

- Alto, baila lindo. Usa un perfume riquísimo. Debe ser caro.

- Tal vez tenga plata, mamá.

- Cualquiera tiene auto hoy en día.

- Ya fuiste... el lunes... te dio pastillas.

- Para la memoria son esas...

- Para el colesterol.

- No te dio.

- No vamos a ir otra vez... fuimos el lunes.

(Se le rompe el cierre del vestido.)

- ¡Ay, mierda! ¡Qué suerte la mía!.. El lunes pasado.

- Sábado. A bailar.

- Con Alicia, sí la rubia.

- Con Ernesto no.

(Suena el teléfono.)

- Hola. Sí, me estaba preparando... (Decepcionada.) No, está bien, no se preocupe. No tiene por qué disculparse... Que no, le digo… que no es un problema... Con una amiga, nada importante... por ahí a tomar algo, nada importante... Además se me rompió el cierre del vestido... (RÍE SIN GANAS.) No, gorda debo estar. No era nuevo, por eso se rompió... Mañana lo arreglo. Quédese tranquila, ya veo qué hago, no me pierdo nada importante. Que se mejore. En la semana hablamos. Gracias, sí le digo.

- No, mamá, no era Fernando. Berta, te dejó saludos.

(Se ha quedado inmóvil, a medio vestir. Hace una llamada.)

- Ali, no te puedo acompañar... Sí, Berta. Sí claro, a esta hora imposible. Voy a estar bien... vos andá, debe estar esperándote... Claro, si está recaliente con vos... No, no, no le digás nada... bueno, sí. .. si lo ves, decile que... (A la Madre.) ¡Sábado, mamá!... (Vuelve a la llamada.) Decile... (Nuevamente a la Madre.) ¡El lunes fuimos!... (Vuelve a Alicia.) Nada, dejá... algún día... Pasala bien. (Corta.) (A la Madre.) ¡Alicia!

- No, la rubia.

- El lunes fuimos.

- De esta semana.

- Sí… te dio.

- Esas son de la memoria...

- ... esas del colesterol.

- Sí, ya te preparo.

- No, mamá, no te dejo sola. Siempre estoy.

- Vemos televisión... me arreglo un cierre que se me rompió.

- ... del vestido azul.

- Sábado, mamá... sábado...


LA OTRA HIJA

LOH: Te quedaste sola sin darte cuenta...

HIJA: Sí que me di cuenta, pero es más fácil ahogar las verdades que aceptarlas...

LOH: ¿Lo amaste?

HIJA: ¿A Fernando? Creo que sí, pero el rencor...

LOH: Vos sabías ¿igual te ibas a casar con él?

HIJA: Sí, no era un mal...

LOH: ¿Lo extrañás?

HIJA: Extraño un hombre, sentir manos de hombre, un perfume, alguna palabra... ¿A él...? No sé.

LOH: ¿Y a mí? ¿Me extrañás?

HIJA: Entonces el mundo tenía mi tamaño, y vos eras tan chica... tan silenciosa, encerrada siempre con tus libritos y tus cuadernos... No tuve tiempo...


LA MADRE

Cose una prenda, lenta y amorosamente, mientras habla con la HIJA, a quien no ve por estar en otra habitación. Un costurero, telas, el maniquí…

- (A la Hija.) Tengo que comprar hilo amarillo... Necesito un carretel de hilo... amarillo... Andá a_ la mercería y tráeme uno bueno, no barato... ¿Hoy es viernes? No, hoy es viernes, Chichita debe tener abierto...

- Está bien, dejá, ya veo cómo me arreglo.

- Falta de voluntad, eso es lo que pasa. Se abusa porque no puedo caminar bien... Ya le hubiera hecho algo así a mi madre ¡ja! El sopapo que me cruzaba, llorando de vergüenza con la cara colorada, hacía el mandado...

(A la Hija.) - Tengo hambre... ¿pongo algo para cocinar?

- ¿Para qué calentar agua?

- Caldo, caldo... se piensa que soy una enferma. Como si estuviera internada. Por suerte, nunca me dejás sola (Acomoda la prenda que estaba cosiendo al maniquí. Es un vestido de fiesta.) Todavía sos chica… y siempre vas a estar...

(A la Hija.) - Como si las necesitara... yo duermo bien. (Al maniquí.) Vos sabés ¿cuántas veces te quejás que ronco, eh? No, vos no, nunca, ni respirar te escucho...

(A la Hija.) - ¿Adónde vas?

- ¿Con quién?

- ¿Cuál... la petiza?

- Sí, Alicia la del hijito... ¿El marido la deja salir sola?

- ¿Qué le pasó al marido?... Es linda... que se consiga otro...

- ¿Vos vas con Ernesto?

- ¿Tantos?... cómo pasa el tiempo... ¿Y se casó?

- ¿No averiguaste?

(Al maniquí.) - Agria como el padre salió ésta. Vos no, vos te parecés a mi familia, suave y calladita como mi mamá...

(A la Hija.) - ¿Te vas con ese y me dejás sola?

- Sí, claro, Berta... No sé qué voy a hacer con la vieja ésa, decime.

- Tengo hambre.

- ¿Le agrego unas papas?

- ¿Con quién dijiste que salís?

- La petiza...

(Para sí.) Necesito más hilo... (A la Hija.) ¿Qué día es hoy?

- Ah... ¿Dónde me dijiste que ibas?

- Sí, sí, me dijiste. (Para sí.) Qué cosa la memoria, me distraigo y me olvido de... (Al maniquí.) Tranquila que el vestido va a estar listo... Linda, una muñeca... ¡cómo te van a mirar todos!

(A la Hija.) - ¿A bailar con ese muchacho vas?... ¿Cómo era...?

- Ernesto, sí, sí... (Al maniquí.) ¿Te acordás de Ernesto?... Claro, él venía cuando vos ya...

(Cambio rápido, a la Hija.) ¿Y no conociste a otro?...

- ¿Y? ¿Cómo es?

- Soltero...

- ¿Casado?... Ay nena, los separados ya vienen con carga a cuesta. (Al maniquí.) Vos nunca hablaste de algún... , sí, eras chica. Ahora querés tranquilidad, acá, al lado mío... Tenías 14... sí, te faltaban 3 meses para cumplir los... (A la Hija.) ¿Vos tenés 35, nena?

- No puede ser...

- Cuando papá... sí tenías 35... cómo pasan los días... el tiempo es la tumba de la memoria. Pobre tu padre... (Al maniquí.) Vos no llegaste a verlo... estuvo tan mal con... no, no, no digo eso, no es culpa de nadie. No nos pongamos tristes, ya pasó, ahora estamos acá... Sos tan linda, tan joven... tu piel blanca, tersa... El vestido te va a quedar de ensueño... siempre... (A la Hija.) Vos que me dejás todo el tiempo sola...

- Sí, sí, a la mañana trabajás y todos los sábados salís.

- Igual me dejás sola... No quiero que venga Berta. No la quiero, no me gusta, pregunta demasiado, me hace pensar en... Llamala, decile que no venga, puedo quedarme sola.

- ¿Por qué? No soy estúpida...

- Sí que puedo caminar. Tengo las pastillas para las piernas que me dio el médico... las verdes.

- Ah, las verdes... ¿y las rojas?

- ... ¿y las chiquititas?... Ah.

-Tengo hambre.

- ¿Preparo algo?

(Al maniquí.) - Piensa que soy tonta... o que puedo tener un accidente... Años cociné para tu padre, para ella; para los cuatro cociné. Limpié, lavé y nunca me pasó nada... Ahora me trata como a una inválida... Por suerte estás... vos tan dulce, calladita, con esa mirada tan... tan... no, no triste, quería decir como... melancólica, sí, tímida eras... y escribías esos poemas... que nunca entendí. (Ríe, con pudor.) Jamás te lo dije, pero yo te los espiaba cuando estabas en la escuela... y a ese librito que siempre leías, también. A mí me parecía que escribías como ella, la autora de ese librito... (Ríe más suelta.) Tampoco la entendía. (Trata de recordar.) ¿Alejandra?... ¿Alejandra?... ya me voy a acordar... (A la Hija.) ¿Qué día es hoy? ¿Vas a trabajar?

- ¿Con quién?

- ¿Tiene auto?

- ¿A qué se dedica?

- Sí, pero ¿qué vende?

- Debe tener plata... si tiene auto.

- ¿Y cómo es?

- Sí, sí... si usa perfumes caros y anda en auto, debe tener plata. (Al maniquí.) Ya termino... y casi... después nos sentarnos a comer... Ella tiene que comprender, no puede dejamos solas todos los sábados. Vos y yo encerradas terminando el vestido de 15 y ella por ahí con ese... ¿Femando?... Ya sé que es el novio, igual, no es justo que no ayude. Me estoy ocupando de todo. No, no, no lo digo por… En tu habitación leyendo tus libros y escribiendo, ésa es tarea de nosotras preparar la fiesta… (Busca un teléfono celular que tiene en su costurero. Habla con cuidado para no ser oída.) ¿Hola, Berta?... y más o menos, vos sabés como es la nena… Buena, sí, no digo lo contrario, con todo lo que trabaja para que estemos bien, pero otra vez me deja sola... sí, es sábado… yo también tengo derecho a disfrutarlo. No sé, ver televisión, charlar. Pero es sábado, Berta, que salga conmigo en vez de su amigota... No, ya no es tan joven. Haceme el favorcito, sí, sí, como la otra vez. Te lo agradezco tanto... vos entendés... sí, los hijos... los tuyos te valoran... para mí, todo cambió desde… Sí, gracias, sos un sol. Berta. (Corta. Al maniquí.) ¿Qué te estaba diciendo? Esta memoria traicionera... (A la Hija.) Me vas a tener que llevar al médico, la memoria me está empezando a fallar...

- No fue este lunes... me acordaría.

(Al maniquí.) - Como estúpida me trata... La vejez no sirve para nada, mejor sería morirse... No, no, no lo dije por... nunca te voy a abandonar, siempre juntas, como ahora. Perdoname. Tu hermana, que me pone nerviosa, me hace confundir, me dice que hoy es... ¿lunes? (A la Hija.) Al final ¿qué día es hoy?

- Sí, sí, ya sé y vos te vas... con ése... (Suena el teléfono de la Hija.) (Al maniquí.) Debe ser ese que llama, o la amigota, la que tiene un hijo de soltera. Por suerte, vos nunca tuviste... sí, tus poemitas y el librito ése de... de... ¡Pizarnik! ¿Ves que me acuerdo?... De todo me acuerdo. Los médicos no saben nada, me llenan de pastillas para mantenerme atontada. De todo me acuerdo... tu cabello, tus manitas tan... no no no, tristes no... pálidas... como maripositas asustadas... De todo me acuerdo... el besito que me diste en la mejilla antes de cerrar la puerta con llave... de la televisión que no me dejó escuchar la ventana que se abría... ni la despedida... como una mariposita espantada... volando hasta... Sí, sí, tu vestido, ya ya ya ya lo termino, así te lo ponés para... Lástima tu padre... él no pudo, no era fuerte como nosotras... siempre tan callado. Se encerraba en el baño para llorar... yo lo escuchaba. Nunca nos dijimos nada. Él pensaba que era su culpa... Yo fui fuerte y... (A la Hija.) ¿Dijiste que el lunes fuimos? ¿Entonces hoy qué día es?

- ¿Con quién hablabas?

- ¿La petiza?

- ¿Segura que este lunes? Entonces se le olvidó de darme los medicamentos... (Rebusca.) Tengo unas pastillas verdes...

- ¿Y las rojas?

- Y las chiquititas tomo también.

- Tenemos hambre, es hora de cenar...

- Sola, como siempre...

- ¿Y qué vamos a hacer?

- ¿El cierre se rompió? ¿Qué vestido? (Al maniquí.) No se lo pienso arreglar, demasiado tengo con tu vestido... que ya casi está... ah y faltan los zapatos para probarte todo. Los zapatos... blancos (Los busca. Hay un destello en su mente.) Los zapatos blancos... llegamos y estaba papá, te los pusiste para mostrárselos... te dijo "ya sos una señorita" y te abrazó fuerte fuerte... ¿te acordás? Fue la única vez que te los... después los guardé y no los volví a ver hasta... al lado de la silla estaban, acomodaditos uno al lado de otro, y por la ventana abierta entraba un frío, helado estaba el aire, yo no sé qué se te dio por salir... era viernes... o... ¿martes?... (A la Hija.) ¿Qué día era cuando tu hermana...?


LA OTRA HIJA

HIJA: (El vestido a medio poner, el teléfono todavía en la mano.) Sábado mamá... sábado...

LOH: Ay qué cabeza la tuya, mamá.

MADRE: Sí, sábado, qué cabeza la mía...

LOH: ¿Cómo supiste que papá era tu hombre?

MADRE: No sé, nunca me lo pregunté, las cosas solo suceden y hay que...

LOH: ¿Sólo eso es vivir?

MADRE: Bueno, hay otras cosas, qué se yo... ahora no se me ocurre...

LOH: No puede ser solo nacer y esperar a morir.

MADRE: Ay nena, no seas tan dramática.

LOH: ¿Dónde estabas que no me veías?

MADRE: Acá, siempre estuve acá, ocupada, atendiéndote, la escuela, tu ropita, tus cositas...

HIJA: ¿Dónde estabas que no me...?

MADRE: Acá, siempre estuve... ocupada, atendiéndote. De punta en blanco ibas, puntual, a tu trabajo…, nunca me pediste nada más...

LOH: Al final era solo eso vivir...

HIJA: No quiero que terminemos este sábado así. Yo no puedo....

MADRE: Eso no se elige. Yo no elegí que tu hermana se fuera...

HIJA: No se fue...

MADRE: Yo no elegí que tu padre se muriera de tristeza porque ella se fue...

HIJA: Mamá... estaba enferma de melancolía...

MADRE: ¿Enferma? Sanita era, muy sanita. Mi hija...

HIJA: No era ni tu hija ni mi hermana... fue un angelito que nos visitó un tiempo...

MADRE: Mi hija era. Vos no podés saber qué es tener...

LOH: No lastimes mamá...

HIJA: Es verdad, no puedo saber... pero también era mi…

MADRE: No es lo mismo que...

- LOH: Mamá...

MADRE: Tengo hambre...

HIJA: Nunca te conté... cuando dormía, yo leía su cuadernito donde escribía sus poemas...

MADRE: Hiciste mal, eso era algo privado de...

LOH: Mamá...

HIJA: Lo dejó sobre mi cama el…

LOH: Me hubiera gustado tanto...

HIJA: También dejó el librito ese que siempre llevaba de...

MADRE: Alejandra...

LOH: Pizarnik, mamá.

HIJA: Ajado estaba de tanto leerlo. Había un poema marcado y remarcado con lápiz rojo y...

LOH: Negro también.

HIJA: "la vida juega en la plaza / con el ser que nunca fui / y aquí estoy /

MADRE: baila pensamiento / en la cuerda de mi sonrisa / y todos dicen esto pasó y es / mi corazón /

LOH: abre la ventana / vida / aquí estoy /

HIJA: mi sola y aterida sangre / percute en el mundo / pero quiero saberme viva /

MADRE: (Como en un eco o en un rezo, la Hija y La Otra Hija la acompañan.) pero no quiero hablar / de la muerte / ni de sus extrañas manos” (*)

(*) (Fragmentos de "La de los ojos abiertos" de Alejandra Pizarnik)

(Un silencio suave cruza la escena)

HIJA: Te preparo la comida, ya es... (No se mueve.)

MADRE: ¿No ibas a salir con...?

HIJA:... Ernesto me dejó para casarse con otra hace mucho, mamá....

MADRE: Salís con tu amiga la...

HIJA:... rubia, Alicia la que...

MADRE:... tuvo un hijo de soltera. ¿Mañana tenemos el turno de…?

HIJA: Fuimos el…

LOH: Qué cabeza la tuya, mamá...

MADRE: Tengo que tomar las...

HIJA: Te las llevo con un...

(Ninguna de las dos se ha movido y tal vez no…)

MADRE: ¿Qué pasa que Berta no…?

HIJA: Llamó que...

MADRE: Podemos ver una película en...

HIJA: Ahora la enciendo y...

MADRE: Traeme tu vestido, así...

HIJA: Mamá... te...

MADRE:... te arreglo el cierre...

(Las escenas con sus mujeres inmóviles se desvanecen muy lentamente)


Segundo premio: Cuando todo esto pase

Autor: Antonio Cremades Cascales

Nacido en 1960 y residente en Aspe (Alicante), Antonio Cremades Cascales es autor de cincuenta textos teatrales, entre los que destacan: Topos, Después de la señal, Estrecho, El mar de la tranquilidad, Fronterizos, Pasatiempos, La mina de sal, Miércoles, Zeta, En crisis, Mapa de ausencia. Algunos de ellos han sido traducíos al italiano, portugués, catalán y griego. Ha obtenido una veintena de premios teatrales: “Calderón de la Barca”, “Buero Vallejo”, “Juan de Timoneda”, “Eduard Escalante”, “Castelló a Escena”, “Alejandro Casona”, “Barahona de Soto”, “Domingo Pérez Mink”, “Monteluna”, “Parábasis”, “Carro de Baco”, etc.

Cocina de una modesta vivienda de clase media. Mesa en el centro con cuatro sillas. En una de ellas vemos sentado a EDUARDO, un hombre de unos sesenta años, frente a un plato de comida que engulle con cara de circunstancias. En algún lugar de la casa, probablemente el salón comedor, hay una televisión encendida de la que, amortiguada, nos llega la voz de un locutor:

VOZ DE LOCUTOR: Y para terminar, una noticia esperanzadora. Los laboratorios de la farmacéutica FEAM FARMA han logrado con un fármaco en fase 1 frenar la multiplicación del virus... Aunque todavía es pronto para afirmar nada, el epidemiólogo y jefe de la unidad que investiga…

La voz de una mujer, MARÍA, soslaya la del locutor.

VOZ DE MARÍA: Eduardo...

EDUARDO: ¿Sí?

VOZ DE MARÍA: ¿Te falta mucho?

EDUARDO: ¿Para qué?

VOZ DE MARÍA: Para qué va a ser, hombre. Para terminar.

EDUARDO: (Mirando a su plato.) Cinco minutos.

VOZ DE MARÍA: Eso es exactamente lo que me dijiste hace cinco minutos. ¿Se puede saber qué demonios te pasa hoy?

EDUARDO: Nada.

VOZ DE MARÍA: ¿Es que no tienes hambre?

EDUARDO: No es eso...

VOZ DE MARÍA: Entonces... acaba de una vez.

EDUARDO: Voy.

VOZ DE MARÍA: Los demás también tenemos que comer. Y mira la hora que se me está haciendo...

EDUARDO: Ya puedes venir cuando quieras.

EDUARDO recoge su planto, vacía el resto de la comida en el cubo de la basura, y lo coloca junto con la cuchara y el vaso de agua en el lavavajillas. Mientras realiza esta tarea, entra por el lateral izquierdo, MARÍA, de unos cincuenta y cinco a sesenta años, provista de guantes de látex y mascarilla, deteniéndose a una distancia prudencial de EDUARDO.

MARÍA: Pero… ¿a qué esperar para ponértela?

EDUARDO: ¿Eh?

MARÍA: La mascarilla.

EDUARDO: Ahora iba... (Lo hace.)

MARÍA: Note olvides de los guantes.

EDUARDO: Los guantes, claro... (De una caja que hay sobre la encimera saca un par de guantes de látex. Al terminar de enfundárselos, extiende las manos ante sí como un cirujano. ) Listo.

MARÍA: La mesa. (EDUARDO se queda mirándola.) ¿La has desinfectado?

EDUARDO: No.

MARÍA: ¿Y a qué esperas?

EDUARDO: Una cosa detrás de otra.

MARÍA: Vamos... date aire... no te quedes ahí parado.

EDUARDO: Solo tengo dos manos.

EDUARDO coge un paño húmedo y se dirige a la mesa.

MARÍA: ¿Qué haces?

EDUARDO: Pero... ¿no me habías dicho que la limpiara? A ver si te aclaras...

MARÍA: ¿Con ese trapo?

EDUARDO: No es un trapo.

MARÍA: ¿Cuántas veces voy a tener que repetírtelo?

EDUARDO: Es un paño de cocina.

MARÍA: Tienes que usar uno limpio. Mira como está ese.

EDUARDO: Si solo lo he usado para...

MARÍA: (Sin dejarle acabar la frase.) Quítalo de mi vista y mételo ahora mismo en la lavadora.

EDUARDO obedece, encogiéndose de hombros en un gesto de resignación, saliendo por el lateral derecho y regresando, al momento, con una bayeta de cocina limpia.

EDUARDO: ¿Te parece bien esta?

MARÍA: ¿Y la lejía?

EDUARDO: ¡Maldita sea! Sabía que se me olvidaba algo. (Sale de nuevo por el lateral derecho y regresa con la botella de lejía, que muestra como un trofeo a su mujer.) Ahora sí... Ya lo tenemos todo.

MARÍA: Es que no puede ser...

EDUARDO: Te he dejado tu plato en el microondas para que te lo calientes y la ensalada en el frigorífico.

MARÍA: ¿Tengo que andar detrás de ti todo el tiempo como si fueras un niño pequeño?

EDUARDO: (Vertiendo un buen chorro de lejía sobre la nueva bayeta y restregando con fuerza sobre la superficie de la mesa.) ¿No te parece… que lo estás llevando demasiado lejos...?

MARÍA: ¿Otra vez...

EDUARDO: Todo esto es...

MARÍA: … vas a salirme con la misma cantinela?

EDUARDO: … descabellado.

MARÍA: Cuidado...

EDUARDO: Desproporcionado.

MARÍA: (Señalándola.) Te has dejado esa esquina.

EDUARDO: Demencial.

MARÍA: ¿Quieres hacer el favor de prestar más atención a lo que haces?

EDUARDO: No tiene ningún sentido.

MARÍA: No corras.

EDUARDO: Pero...

MARÍA: Repásalo.

EDUARDO: ¿No te das cuenta?

MARÍA: Tienes que ser más riguroso.

EDUARDO: Estás llevándolo todo a unos extremos que... va a acabar desquiciándote...

MARÍA: Como no lo desinfectas bien... si te dejas algo... por muy pequeño que sea... no sirve para nada...

EDUARDO: Si no a ti...

MARÍA: Al final me contagiaré por tu dejadez.

EDUARDO: (Intentando una aproximación.)… al menos a mí sí.

MARÍA:... Y si llegara a ocurrir... (Dando unos pasos hacia atrás. Horrorizada.) Pero… ¿qué haces? (Al comprobar que su marido continúa acercándosele.) ¡Detente!

EDUARDO: Por favor, María.

MARÍA: (Señalándola.)¡La bayeta! (EDUARDO la mira como extrañado de llevarla en la mano.) Si has terminado... inmediatamente a la lavadora. Y enjabónate bien las manos. No se te ocurra dejarla en el fregadero, que te conozco.

EDUARDO: (Desoyendo la orden, lanza la bayeta al fregadero, lo que provoca una reacción inmediata en MARÍA: lo fulmina con su mirada.) Cariño... tenemos que hablar.

MARÍA: ¿Y qué estamos haciendo ahora?

EDUARDO: (Inicia una nueva aproximación.) Seriamente.

MARÍA: (Retrocediendo.) ¡Quieto ahí!

EDUARDO: Esto no puede seguir así.

MARÍA: ¿Es que no me has oído?

MARÍA, huyendo de su marido, a partir de este momento y hasta que se indique, rodeará la mesa seguida de este, como si jugaran al gato y al ratón.

EDUARDO: Tienes que ser razonable.

MARÍA: ¡Te he dicho que no te acerques!

EDUARDO: Yo no sé tú...

MARÍA: Estás invadiendo mi espacio.

EDUARDO:… pero yo…

MARÍA: Si das otro paso...

EDUARDO:… ya no puedo más.

MARÍA: Te lo advierto por última vez.

EDUARDO: Esto me supera.

MARÍA: Como des otro paso más,… gritaré.

EDUARDO: Hace más de cinco meses que no pisas la calle.

MARÍA: Eso es...

EDUARDO: Ni una sola vez.

MARÍA: Te juro que monto un espectáculo.

EDUARDO: ¿Te parece eso normal?

MARÍA: Veremos entonces qué explicación les das a los vecinos... y... y... y a la policía.

EDUARDO: Y cuando lo hago yo, me obligas a quitarme toda la ropa en el zaguán, entrar desnudo al aseo y ducharme de arriba abajo. Por no hablar de tu manía de comer por turnos, desinfectarlo todo cada cinco minutos y dormir en camas separadas. ¿Quieres que siga?

MARÍA: ¿Manías?

EDUARDO: Tú que no te pierdes un solo telediario deberías estar al corriente de la situación.

MARÍA: Los seiscientos cincuenta mil contagiados en estos meses... ¿también son manías mías?

EDUARDO: La gente está volviendo a recuperar sus vidas.

MARÍA: ¿Eh?

EDUARDO: Poco a poco...

MARÍA: Contesta.

EDUARDO:…regresando a la normalidad.

MARÍA: ¿También son manías mías?

EDUARDO: ¿Cuándo vamos a hacerlo nosotros?

MARÍA: Los más de treinta y cinco mil muertos...

EDUARDO: Estás estancada...

MARÍA: ¿También son manías mías?

EDUARDO: Encerrada en tu miedo.

MARÍA: ¡Vamos, responde!

EDUARDO: Crees que te protege.

MARÍA: He perdido a mi padre...

EDUARDO: Pero estás equivocada.

MARÍA: A mi tía y a mi hermano...

EDUARDO: Eres tú la que se has convertido en su esclava.

MARÍA: ¿También eso es producto de mi imaginación? No quiero ser la siguiente víctima.

EDUARDO: Sólo vives por y para él.

MARÍA: ¿Tan difícil es de entender?

EDUARDO: Hace más de dos semanas que apenas ha habido nuevos contagiados.

MARÍA: No será por la gente como tú.

EDUARDO: Tienes que parar. No podemos seguir así eternamente.

MARÍA: Ya te lo he dicho un millón de veces. Cuando encuentren la vacuna... solo entonces estaremos a salvo.

EDUARDO: Debes tranquilizarte.

MARÍA: Ya lo haces tú por los dos. (Cogiendo un cuchillo de cocina. Y amenazando con él a su perseguidor.)¡Detente!

EDUARDO: (Se detiene en seco.) María...

MARÍA: Sal ahora mismo de la cocina. Pero antes coge la bayeta y llévala a la lavadora.

EDUARDO: ¿Qué pretendes hacer con eso?

MARÍA: Vamos...

EDUARDO: ¿Serías capaz de utilizarlo contra tu propio marido?

MARÍA: No me obligues.

EDUARDO: Esto es ridículo. Mírate. Anda, deja en paz el dichoso cuchillo y entra en razón de una vez.

MARÍA: Lo dejo si me prometes...

EDUARDO: Prometido.

MARÍA: Solo te pido un poco de comprensión...

EDUARDO: Y ahora...

MARÍA: … de colaboración por tu parte.

EDUARDO: …hazme caso y deja inmediatamente ese cuchillo donde estaba.

MARÍA: ¿Tan difícil es para ti?

EDUARDO: Vamos...

MARÍA: Parece que no te importe...

EDUARDO: ¿Quién ha dicho eso?

MARÍA: Y yo...

EDUARDO: Claro que me importa, mujer.

MARÍA:… estoy cansada... ¿me oyes?..

EDUARDO: (Extendiendo el brazo.) El cuchillo.

MARÍA: Muy cansada...

EDUARDO: Dame el cuchillo.

MARÍA:… de llevar esto sola.

EDUARDO: Por favor, María...

MARÍA: No puedo más...

EDUARDO: (Acercándose con precaución a su mujer, que permanece estática y sin oponer resistencia, le coge el cuchillo y lo deja sobre la mesa, fuera de su alcance.) Ya está.

MARÍA: No puedo más...

EDUARDO: (La estrecha entre sus brazos en el momento en que MARÍA se derrumba entre sollozos.) Ya pasó.

MARÍA: No puedo más…

EDUARDO: Tranquila. Confía en mí. Ya verás... todo volverá a ser como antes. Y esto... lo recordaremos como un mal sueño...

MARÍA: Una pesadilla.

(Durante unos segundos, los dos se abandonan al calor del cuerpo del otro.)

EDUARDO: Hacía tanto tiempo que soñaba con...

(Pausa breve.)

MARÍA: Perdóname...

EDUARDO: No hay nada que perdonar.

MARÍA: Te prometo que...

EDUARDO: Ahora...

MARÍA:... voy a intentarlo...

EDUARDO:…solo tienes que calmarte.

MARÍA: Sí.

(Pausa breve.)

EDUARDO: (Aspirando su perfume.) Había olvidado lo bien que hueles.

(Del salón comedor llega la voz del locutor de televisión.)

VOZ DE LOCUTOR: Interrumpimos la programación para dar paso a nuestros servicios informativos.

(Sintonía musical.)

VOZ DE LOCUTORA: En breves instantes tiene prevista su comparecencia el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad para informar sobre un posible rebrote vírico. Según ha podido saber esta redacción, varios hospitales de Madrid y de otras capitales de provincia han visto sensiblemente incrementados el número de ingresos hospitalarios por contagio en las últimas horas...

(MARÍA empuja violentamente a EDUARDO a la vez que retrocede unos pasos. Vemos en su rostro reflejados la angustia y el horror producidos por la noticia. Ante la atenta mirada de desconcierto de su marido, saca un frasco de hidrogel del bolsillo de su blusa y se frota con ahínco rostro, brazos y manos. Acto seguido, impelida por la urgencia de su desesperación, se desprende de la ropa que arroja al suelo y sale corriendo, desnuda, por el lateral izquierdo. Mientras que lentamente se hace el oscuro escuchamos, amortiguadas por la distancia, las recomendaciones del responsable administrativo que, segundos después, es solapado por el inconfundible sonido del agua de la ducha.)


Tercer premio: Servicios online (teletrabajo)

Autor: Tomás Afán Muñoz

Nacido en 1968 y residente en Jaén, Tomás Afán Muñoz es dramaturgo de la compañía La Paca.  Con una treintena de libros editados y estrenos en numerosos países, ha sido ganador del Premio de Teatro Luis Barahona de Soto, del Premio Raúl Moreno FATEX (en 2 ediciones), del Certamen Ciudad de Bailén, del Premio ASSITEJ  (en 2 ediciones),  del Premio “Serantes” de Santurtzi (en 3 ediciones), del Premio Sta. Cruz de la Palma, del Premio Rafael Guerrero (en 6 ediciones), del Premio Francisco Nieva de Teatro, del Premio José Moreno Arenas, del Premio literario de Amnistía Internacional Andalucía, del Premio Martín Recuerda (en dos ediciones) o del Premio Palencia de Teatro, entre otros, hasta totalizar más de 50 galardones.

Un hombre, a través de su ordenador, trata de concertar un servicio online

VOZ: Esto es una grabación, manténgase a la espera.

USUARIO: ¡Vaya por Dios!

VOZ: Si es usted usuario habitual de la parroquia, pulse aceptar. Si es nuevo cliente, manténgase a la espera.

USUARIO: Aceptar.

VOZ: Si desea escuchar nuestra misa diaria, pulse aceptar. Si desea cualquier otro servicio, manténgase a la espera y enseguida le atenderá uno de nuestros operadores.

USUARIO: ¡Madre mía!

VOZ: Para amenizar la espera le ofrecemos unos minutos de consejos espirituales.

USUARIO:... No, por favor...

SACERDOTE: Buenas tardes.

USUARIO: Menos mal.

SACERDOTE: Le atiende el padre Irureta, ¿en qué puedo ayudarle?

USUARIO: Buenas tardes, padre.

SACERDOTE; ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

USUARIO: Eh... ¿tengo que dar mis datos reales o puedo usar seudónimo?

SACERDOTE: Dígame su nombre de pila, por favor, para poder dirigirme a usted con cierta familiaridad.

USUARIO: Me llamo Ramón.

SACERDOTE: Hola, Ramón, se ha puesto en contacto con nuestro servicio online. ¿En qué puedo ayudarle?

USUARIO: ¿El motivo de mi llamada? Pues verá, padre, tengo entendido que como no podemos acudir, los feligreses, a la iglesia, ofrecían ustedes determinados servicios online.

SACERDOTE: Así es, la pandemia, lamentablemente, ha alterado nuestra labor pastoral, pero no podemos dejar a todos nuestros fieles desatendidos, así que estamos adaptándonos, con ayuda de las nuevas tecnologías, a esta delicada situación.

USUARIO: Entiendo, es normal.

SACERDOTE: Pues usted dirá.

USUARIO: Yo le llamo para pedir cita.

SACERDOTE: ¿Qué desea exactamente, qué servicio concreto?

USUARIO: Una confesión.

SACERDOTE: Ajá, una confesión, pues manténgase a la espera que voy a mirar el cuadrante de las confesiones.

USUARIO: No me vaya a poner musiquita, haga usted el favor.

SACERDOTE: Como quiera.

USUARIO: Y no me vaya a dar una hora muy mala, que tengo el día un poco atareado.

SACERDOTE: Ah no, hoy no va a poder ser, casi seguro.

USUARIO: ¿Qué? Pero hombre, no me diga eso, que soy muy buen cliente, de los de misa semanal.

SACERDOTE: De todas maneras, no adelantemos acontecimientos, primero tengo que tomar nota.

USUARIO: ¿De qué?

SACERDOTE: Pues de lo suyo.

USUARIO: ¿De mis pecados? No, eso no.

SACERDOTE: Vamos por partes, primero tengo que rellenar la solicitud, y me tiene usted que decir...

USUARIO: ¿Qué?

SACERDOTE: ¿Lo va a querer con cámara o en plan incógnito?

USUARIO: Hombre, a mí me da un poco de vergüenza que se me vea durante la confesión. Yo siempre recurría a la rejilla para preservar el pudor.

SACERDOTE: Vale, en este caso lo sustituimos por el pixelado de su imagen.

USUARIO: Ah, mira, qué bien.

SACERDOTE: Y si quiere le podemos modificar la voz, incluso, esto de las nuevas tecnologías abre un abanico enorme de posibilidades.

USUARIO: No, hombre, eso ya me parece una exageración. Además, es como muy irreverente que usted me esté escuchando mis intimidades con voz de pito, por ejemplo.

SACERDOTE: Sí, a mí cuando el usuario escoge ese filtro, siempre me da la risa. Je, je, je, je, je, je, je, je, je…

USUARIO: Padre.

SACERDOTE: Je, je, je, perdone, es que me acuerdo y no me puedo aguantar la risa. Bueno, ya, ya se me pasa.

USUARIO: Vale, pues, empezamos, entonces ¿no?

SACERDOTE: Perdón, que tengo un niño con el traje de primera comunión esperándome, la criatura, en la otra línea.

USUARIO: Ah, pero ¿también hacen comuniones?

SACERDOTE: Sí, claro, enviamos la Sagrada Forma por mensajería urgente, la bendición no caduca hasta las 48 horas.

USUARIO: ¡Qué morro! ¿De marinerito? ¿Padre? ¿Está usted ahí? ¿Yo también quiero, entonces, un pedido de Sagradas Formas? Un lote, si es posible. ¿Se pueden congelar? ¿Padre? ¿Dónde se ha metido?

SACERDOTE: Ya estoy de nuevo con usted, perdone, estaba tomando nota de la dirección del niño para enviarle su paquete. A ver que me centre… Ah sí, estábamos con su confesión. Le voy a enviar un test preliminar y usted me lo va rellenando con sus datos personales y con los pecados más habituales, y en cuanto tengo un hueco me pongo en contacto con usted y procedemos a la confesión propiamente dicha.

USUARIO: ¿Un test en el que aparezcan mis pecados? Esto atenta contra el derecho a la intimidad.

SACERDOTE: Una vez que terminemos el trámite, yo me comprometo a enviar el archivo a la papelera de reciclaje.

USUARIO: Pero ¿qué garantía tengo yo de que ese documento va a desaparecer?

SACERDOTE: Tiene que confiar en mí.

USUARIO: Disculpe, padre, pero soy abogado y no confío ni en mi madre. Y sepa usted que este modus operandi es denunciable por atentar contra la ley de transparencia y la…

SACERDOTE: (Interrumpiéndole.) No, por favor, no nos metamos en líos judiciales.

USUARIO: Y además, yo necesito que me atienda hoy sin falta.

SACERDOTE: Sí, hijo mío, y a mí me gustaría tener tiempo para atender a todos mis usuarios, pero el día tiene 24 horas y yo estoy sobrepasado, porque hay muchos compañeros sacerdotes que no dominan las nuevas tecnologías, de modo que los pocos que podemos prestar este servicio, nos vemos absolutamente desbordados. Estamos teniendo muchísimas solicitudes de confesión y por eso mismo hacemos el test en el que se deben consignar los pecados (a grosso modo, no es necesario especificar), porque dicho documento nos sirve para saber a qué confesiones debemos darle prioridad.

USUARIO: No entiendo.

SACERDOTE: Porque a través del test, seleccionamos los casos más graves, y a esos se les atiende con mayor celeridad.

USUARIO: No estoy de acuerdo, esto, en todo caso, tendría que ir por orden de recepción.

SACERDOTE: No, señor. Y yo le explico por qué y lo va a entender usted, a la primera, de maravilla. Nos corre más prisa, por lógica, confesar a un señor con pecados mortales, pues constituye una urgencia que tenemos que atender con celeridad para evitar la condenación de esa pobre alma, en caso de súbito fallecimiento.

USUARIO: Yo no estoy de acuerdo, está usted priorizando a los peores.

SACERDOTE: Son los que más nos necesitan.

USUARIO: Me parece fatal, ese criterio es totalmente injusto. Tienen ustedes que replanteárselo urgentemente.

SACERDOTE: Oiga, no me joda, a ver si va a saber, usted, más que yo de este oficio.

USUARIO: Padre, no se me suba usted a la parra, y haga el favor de mantener la compostura.

SACERDOTE: Es que le sacan a uno de quicio.

USUARIO: De pecados sabrá usted más que yo, pero de lo otro controlo un poquito más que usted, perdone que le diga.

SACERDOTE: ¡Qué sabrá usted de nuestras necesidades organizativas!

USUARIO: Hombre, claro que sé. Además de abogado soy empresario y sé de administración el doble que usted.

SACERDOTE: Oiga, aquí entran en juego criterios morales.

USUARIO: Precisamente. Está usted afirmando que hay que otorgarles prioridad a los peores. Me está usted diciendo que la virtud, en vez de merecer recompensa, ahora es un lastre.

SACERDOTE: Yo no digo eso.

USUARIO: Sí, señor, sí lo dice. Porque a un criminal o a un asesino lo va a atender usted hoy mismo y a mí, que me esfuerzo por cumplir con devoción y virtud los mandatos y ordenanzas de la Santa Madre Iglesia (y que mi buen esfuerzo me cuesta, que tentaciones tenemos todos y muchas veces resulta la mar de incómodo renunciar a cometer ciertos pecados muy, muy atrayentes), me condena a engrosar las listas de espera.

SACERDOTE: Es por criterios humanitarios.

USUARIO: Pues me invento que soy un genocida, por ejemplo, y me atienden a mí primero.

SACERDOTE: No, señor, me tiene usted que adjuntar un archivo que lo demuestre. Si usted ha cometido un delito, necesito pruebas: una foto, un documento, un recorte de prensa, algo que acompañe la solicitud que me convenza de que usted es tan malo que necesita la confesión-express.

USUARIO: ¿En serio?

SACERDOTE: Nos hemos visto obligados. En este país, ya se sabe, hay mucha picaresca. Necesitamos pruebas del delito.

USUARIO: Pero eso nadie lo va a hacer, es algo autoinculpatorio, puede acarrear consecuencias legales muy serias.

SACERDOTE: Usted no sabe de lo que es capaz la gente, en este país, con tal de avanzar en una cola.

USUARIO: Bueno, pues yo no quiero seguir discutiendo con usted, lo que sí puedo decirle es que, la próxima vez, a la hora de marcar la casilla de la declaración de la renta, me lo voy a pensar, antes de destinar el 0'7 por ciento a la Iglesia, tal y como venía haciendo hasta ahora.

SACERDOTE: Recapacite, hombre.

USUARIO: Recapacite usted.

SACERDOTE: Sea comprensivo, piense en sus semejantes, pecadores graves, que por una demora pueden ir al infierno, que es una condenación horrible y prolongadísima. Mientras que, si usted tiene únicamente pecados veniales y fallece antes de la confesión, solamente le penalizarán con unos meses en el purgatorio.

USUARIO: Pues no estoy dispuesto a sufrir unos meses en el purgatorio por su incompetencia.

SACERDOTE: Pues ¿sabe lo que le digo?, que por su soberbia y su egoísmo y su falta de solidaridad le voy a poner penitencia extra, voy a anotarlo ahora mismo para que no se me olvide.

USUARIO: No se me ponga autoritario.

SACERDOTE: Es que es un pecado muy grave, y me enfada mucho su actitud.

USUARIO: Ah, ¿es un pecado grave?

SACERDOTE: Gravísimo.

USUARIO: Pues entonces me pondrá de los primeros de la lista ¿no?

SACERDOTE: ¿Eh?

USUARIO: Pues fenómeno, me reitero en mi actitud.

SACERDOTE:(Para sí, desesperado.) ¡Madre mía, como se prolongue mucho esta situación yo cuelgo los hábitos! ¡No acabo de pillarle el punto a esto del teletrabajo!

(Oscuro)

Excerpt: El premio incluye el estreno de las obras en una sala teatral de Madrid en 2021.
Post date: 2021-01-08 12:11:23
Post date GMT: 2021-01-08 11:11:23

Post modified date: 2021-01-08 12:12:35
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