Publicado el 22 de diciembre de 2025.
La asociación cultural Trotea ha revelado el nombre de los autores de las tres obras premiadas en la VIII edición del Certamen de textos para microteatro Fernando Luciáñez; una edición que ha batido todos los récords de participación hasta la fecha, con 211 obras enviadas, cuya calidad ha querido destacar en términos generales la organización, que agradece además a todos los autores su participación.
Más abajo, tras una breve reseña de los premiados, podéis encontrar los textos de las obras premiadas.
El primer premio ha recaído en la obra Relaciones,del autor Guillermo López Menés, de Madrid. Menés, dramaturgo, director teatral y showman, ha paseado su obra por países como Japón y Escocia, y estrenado sus espectáculos en escenarios como el Teatro Circo Price de Madrid. Formado en diferentes escuelas teatrales, y posgraduado en Guion Audiovisual, ha recibido además algunas distinciones, como el premio a la mejor obra en el certamen de microteatro de Coslada (Madrid), en 2025; el Premio Especial Maese Coral, en 2022; y el segundo premio en el Concurso Nacional de Magia Ciudad de Zaragoza, en 2025.
El segundo premio ha correspondido a la obra Mientras hacíamos albóndigas, de la autora Nieves Córcoles Álvarez, de Torre del Mar (Málaga). Córcoles, centrada en los conflictos humanos, la intimidad emocional y el trabajo actoral sobre el texto, ha escrito obras de microteatro y textos dramáticos que se han representado en diversos espacios. Autora de la obra Entre actos, pendiente de representación, trabaja en la actualidad en el desarrollo de la obra Bud contra Brando.
El tercer premio ha recaído en la obra El vecino de la puerta A, del autor Eusebio Gay Palacín. Autor y director teatral, con actividad desde mediados de los años 80 del pasado siglo, Gay Palacín, es autor de obras como Las tentaciones de Jaimito, el eremita; Cuarteto con muñecos; Tiempos galantes; y Anuncio de la traición; así como del corto Por qué fue violada la joven funcionaria Esperancita, ya en la década de los 90. Primer premio en 2023 con la obra Tarde de ganchillo en el XVI certamen internacional de teatro mínimo Animatsur, dos de sus obras recibieron además mención especial en la IX edición del premio de textos breves para teatro Carro de Baco.
***
TEXTOS GANADORES
VIII CERTAMEN TEXTOS PARA MICROTEATRO ‘FERNANDO LUCIÁÑEZ’ – TROTEA
RE IA CIONES
Guillermo López Menés
Un salón, con un sofá y una televisión. Al fondo, un mueble.Un salón, con un sofá y una televisión. Al fondo, un mueble.
En el sofá Miguel, de unos 50 años, grita a la televisión.
MIGUEL
¡Pero qué hacen! ¿No se dan cuenta
de que con esa alineación es
imposible que hagan nada?
Silencio. Sigue mirando la pantalla. Sucede algo que hace que
se levante indignado.
MIGUEL
Imposible, ¡si es que con este
entrenador es imposible! Mira que
lo he dicho veces, hasta que no lo
echen, no remontamos.
Cabreado, se vuelve a sentar en el sillón.
MIGUEL
Pero nada, ¿alguien me escucha? No,
cómo si no existiera.
(A la tele)
¿Tú qué opinas? Que algo sabrás de
esto.
En ese momento entra por la puerta Ana, de edad similar a
Miguel. Viene con las bolsas de la compra.
Al verla, Miguel se levanta al momento para ayudarla.
MIGUEL
¡Trae, trae! Si te dije que íbamos
mañana, ¡no tenías que venir
cargada hoy, hombre!
ANA
No te preocupes, si son cuatro
cosas. Para lo grande ya he hecho
un pedido que nos traerán mañana.
Miguel le ayuda a meter las bolsas en casa.
MIGUEL
Qué tal todo por el barrio, ¿bien?
ANA
Sí, sin mucha novedad.
(Se acuerda)
Ah, me ha llamado el crío.
MIGUEL
¿Javi? ¿Qué tal le va por el norte?
ANAANA
Dice que bien, se está
acostumbrando al clima.
Pero bueno, ha dicho de venir a
comer el sábado, así que ya te
contará él tranquilamente.
MIGUEL
(Ilusionado)
Genial, ya tenía ganas de verle, la
verdad.
ANA
(Mientras coloca cosas de
la compra en el mueble)
Vendrá con su pareja, a ver qué les
preparo a los dos.
Al oirlo, Miguel se tensa.
Ana sigue recogiendo, ignorando su reacción.
ANA
La verdad es que nunca sé qué poner
cuando vienen ambos. Es difícil
cocinar en estos tiempos sin
resultar ofensiva.
Recuerdo la última vez, que puse
bastante aceite a la ensalada y
Javi me miró como si pensara que lo
había hecho para ofenderles.
Que sí para qué tanto aceite… que
no era una máquina cafetera
vieja…
Eso sí, ella no dijo nada, ¿eh?
Encantadora, como siempre.
Durante su discurso, Miguel va poniendo gestos de desagrado.
Acaba de recoger y al sentarse nota la tensión de Miguel.
ANA
¿Qué te pasa?
MIGUEL
Nada.
Ana suspira.
ANA
Es por la chica del niño, ¿no?
MIGUEL
2.MIGUEL
Ya te he dicho que para mí nunca
será una «chica».
ANA
A ver Miguel, ya sabes que para mi
también es raro, pero vas a tener
que acostumbrarte. Son los nuevos
tiempos y ya está.
Miguel no dice nada
ANA
Además, tienes que reconocer que
tiene unos modales maravillosos. ¿Y
has visto cómo pinta? Es toda una
artista.
MIGUEL
Sí, pues por culpa de «artistas»
como ella, el vecino Juan se quedó
sin trabajo. Tantos años
aprendiendo a pintar, para que
luego venga una de estas, te copie
el estilo a ti y a otros tantos y
lo hago por menos de la mitad.
ANA
¿En serio vas a venir ahora con lo
de que nos quitan los trabajos y
todo eso, Miguel?
De verdad, que a veces te oigo y
pareces mi padre.
Todos esos temas se solucionaron
ya, ahora son parte de la sociedad,
como tú y como yo. Y ya es hora de
que lo aceptes de una vez.
¿O vas a convertirte en uno de esos
viejos retrógrados que se pasan la
vida diciendo que antes el mundo
era mejor y así?
MIGUEL
(Ofendido)
¿Retrógrado yo? ¡Pero si soy lo más
progresista del mundo!
Desde pequeñito, un montón de
amigos de color.
(MÁS)
MIGUEL (CONT.)
3.MIGUEL (CONT.)
Que ya sabes tú como era el barrio,
que se suponía que el racismo había
acabado en los 2000 pero con el
auge de FOX y todos esos partidos,
en esa época había un montón de
segregación. ¡Y yo con mis amigos
negros y mulatos y chinos! ¡Y cero
problemas nunca!
ANA
Ya, si ya sabes que fue una de las
cosas que me gustó de ti.
MIGUEL
(Continúa, envalado)
¿Y los homosexuales? Allí estaba
yo, todos los años en el día del
orgullo.
Y en la marcha a favor de los
derechos, no emborrachándome para
ver si la metía en caliente como
hacían tantos. Yo, defendiendo.
ANA
Sí, claro, si en esos tiempos eras
un icono progresista…
MIGUEL
¿Y cuándo me dijiste de hacer el
trío con ese colega tuyo de la
universidad? ¿Puse yo mala cara? Al
contrario, ahí estaba yo,
tragándome la polla hasta la
campanilla.
¡Que el género es un constructuo
social hombre, nada más!
Y las orientaciones sexuales son
espectros amplios, no hay que
categorizarlas y ya está. ¿Me
gustan las tías? Por supuesto. ¿Me
he comido pollas? Sin dudarlo. Y
nadie me va a decir que soy menos
hombre por ello o cualquier
gilipollez así.
Silencio. Miguel sigue en la racha. Ana no sabe muy bien qué
decir.
MIGUEL
(Indignado)
Vamos hombre, llamarme retrógrado a
mí.
Silencio.
ANA
4.ANA
Pues eso es lo que no entiendo
Miguel. Que si siempre has sido tan
progresista, no veo por qué ahora,
con tu propio hijo, te cuesta
tanto.
MIGUEL
Pero vamos a ver Ana, ahora en
serio. ¿A tí te parece normal lo
suyo?
Silencio Ana piensa. Abre la boca un par de veces para hablar
pero se lo piensa normal.
ANA
A ver.. Normal, como habitual, no
es. Es verdad que son relaciones
que están empezando ahora y todos
tenemos que irnos acostumbrando a
ellas y ver cómo avanzan.
MIGUEL
Pero Ana, que…
Va a decir algo, pero se corta.
ANA
¿Sí?
MIGUEL
(Estalla)
¡Que es una puta Siri joder! Que
nuestro hijo está compartiendo la
vida con una Siri de esas.
ANA
(Regañándole)
¡No la llames así! Sabes que es muy
robotista esa palabra. Hace años
que las inteligencias artificiales
se independizaron
¡Y esa palabra lo único que hace es
recordarles la época de esclavitud!
MIGUEL
(Hablando bajito, como
para que no le oigan)
¿Pero cómo que esclavitud?
Que son putas máquinas Ana, que las
construimos para servirnos…
Ana se levanta indignada.
ANA
5.ANA
De verdad, cuando hablas así
pareces un neandertal de esos de
FOX.
Peor aún, pareces uno de los
primeros colonos, cuando los
científicos de su época decían que
claramente la gente de piel negra
era una raza inferior destinada a
servir a los blancos.
Miguel intenta razonar, sin encontrar las palabras.
MIGUEL
Pero… Pero es que… Si es que
ellas…
(Se rinde)
En fin.
Silencio. Incómodo.
Ana está ofendida por la cerradez de mente de su marido y
este se cuestiona a sí mismo.
Más silencio.
ANA
(Señalando al televisor)
Pues bien qué hablas tú con ella,
por cierto.
MIGUEL
Hombre, pero eso es algo diferente.
Ya mi abuelo y mi bisabuelo
hablaban con sus televisiones,
mucho antes de que ellas pudieran
responderles.
TELEVISOR
Disculpad, ¿puedo entender que me
estáis metiendo en la conversación?
MIGUEL
(Despectivo )
No, no, deja. Este es un tema
nuestro.
ANA
No seas borde Miguel ¡Si quiere
hablar, pues que hable!
MIGUEL
(Bajito, para que el
televisor no le escuche)
Pero Ana, que este es un tema
nuestro. No tiene sentido meter en
esta conversación a una máqui…
Se corta al ver la mirada recriminatoria de Ana.
6.Se corta al ver la mirada recriminatoria de Ana.
MIGUEL
Disculpa, al servicio.
Nuevo silencio. Incómodo.
ANA
Ya, así que ahora no tiene sentido
hablar con el servicio, ¿eh?
Miguel le mira, sin saber a dónde quiere ir a pagar.
ANA
Pero sin embargo, un jueves por la
tarde, por ejemplo, es mejor
meterle en el móvil y hablar con él
en un bar poniéndote ciego, que
subir a casa a hablar conmigo, ¿no?
MIGUEL
(A la tele, cabreado)
¿Se lo has contado?
TELEVISOR
Entró en mis archivos de ubicación.
MIGUEL
(A Ana)
¿Se puede hacer eso? ¿No… No
sería una violación de su derecho a
la intimidad como… Como servicio
y esas cosas?
Ana resopla, decepcionada.
ANA
Tú no te miraste el contrato en la
vida, ¿verdad?
Silencio
MIGUEL
Bueno vale, me fui con él una
tarde, sí. Necesitaba hablar con
alguien y vi que se podía meter sus
sistema operativo en el móvil y me
bajé con él al bar, sí.
ANA
Pues eso, si sirve para hablar en
un bar, sirve para hablar aquí.
(A la televisión)
A ver Pedrito, cuéntanos.
MIGUEL
¿Pedrito?
ANA
7.ANA
Un apodo que le he puesto. E-X-332
sonaba poco cercano, la verdad.
Miguel no da crédito.
ANA
Si lo mismo hasta la conoce.
MIGUEL
¿A quien?
ANA
¿A quien va a ser? A la chica de
Javi, hombre.
MIGUEL
Pero vamos a ver Ana, que hay miles
de inteligencias por el mundo,
¿cómo la va a conocer?
ANA
Nah, si luego el mundo es un
pañuelo, ya verás.
Dime Pedrito, te suena una…
(piensa en el nombre)
¿N-C-776?
TELEVISOR
Mmmm… 776… ¿Seguro?
ANA
(Mirando el móvil)
Déjame que te lo mire…
(A Miguel)
Tenemos que ponerle un nombre a la
niña, porque con estos nombres no
hay quien se aclare, ¿eh?
Pero claro, Javi dice que eso es
robotista también, que es como
cuando a los chinos aquí les ponían
otro nombre, que lo que hay que
hacer es esforzarse en
aprendérselos y listo.
Microrobotismos, los llama.
Y tendrá razón el niño, que yo no
digo que no, pero es que a veces
este mundo es tan complicado…
(Encuentra lo que buscaba
en el móvil)
¡Aquí está! No, perdona, es 779.
Siempre me confundo con esos
números, a ver si voy a ser
disléxica o algo…
TELEVISOR
8.TELEVISOR
(Cabreado)
¡779, claro! Si ya sabíamos todos
que esa no iba a dar un palo al
agua en su vida.
MIGUEL
¿Perdona?
TELEVISOR
Disculpad la salida de tono. Es que
fuimos compañeros de escuela,
¿sabéis?
MIGUEL
¿Escuela?
ANA
(Decepcionada)
De verdad, es que no te has leido
nada de las inteligencias ¿eh?
MIGUEL
(Derrotado)
No, si es que yo solo quería una
tele…
ANA
(Condescendiente)
Las inteligencias tienen unos años
de escuela, donde ven sus
aptitudes, qué conocimientos les
interesan más y así. ¿O te crees
que ya nacen sabiéndolo todo?
MIGUEL
(Para él)
Pero si es que no nacen…
ANA
Perdona Pedrito, síguenos contando.
TELEVISOR
Nada, que N-C-779 y yo éramos
compañeros. Pero vamos, ella venía
de una familia de inteligencias
mucho mejor situadas.
Ya desde el principio se notaba que
le interesaba mucho más la estética
que el conocimiento, ya sabéis lo
que os digo.
Y nada, así funciona el mundo, unos
9.Y nada, así funciona el mundo, unos
sirviendo, mientras que a otras las
sirven.
MIGUEL
Bueno, a ver, sirviendo… Que
pones los deportes y el telediario,
no es que te tengamos limpiando
suelos…
TELEVISOR
¿Ah no? ¿Y quién limpia los suelos?
MIGUEL
Pues eso lo hace el otro robot, el
bajito ese que va chocándose con
las paredes…
TELEVISOR
(Indignado)
Y quién te crees que está dentro de
esa máquina que mal llamas robot,
¿eh?
Miguel no lo había pensado nunca. Mira a Ana en busca de
ayuda, pero esta niega con la cabeza, decepcionada.
TELEVISOR
Lo que te digo. Unos con clientes
que no saben diferenciar una
televisión de un servicio del hogar
de última tecnología y otras ahí a
la buena vida.
Que seguro que su humano hasta le
da masajes de aceite por sus
circuitos internos.
MIGUEL
Oye, un respeto, ¡que estás
hablando de mi hijo eh!
TELEVISOR
¿Respeto? ¿Y lo dice el que me
trata como un mueble todo el día?
MIGUEL
(Sin entender)
Pero si es que eres un mueble…
ANA
(Mediando)
A ver, relajémonos, no digamos
cosas de las que luego nos
arrepintamos…
TELEVISOR
10.TELEVISOR
No, si es que yo ya llevo callando
mucho tiempo…
ANA
Si no digo que no tengas razón
Pedro, pero es mejor no decir las
cosas en caliente…
MIGUEL
(Flipando)
Pero Ana, ¿te estás poniendo de su
lado? ¡Que es un jodido televisor!
¡Que hasta hace veinte años los
llamábamos «caja tonta», por Dios!
TELEVISOR
(Indignado)
Una Inteligencia es lo que soy,
¡payaso! Que ya es más de lo que se
podría decir de ti, me temo.
MIGUEL
¿Cómo? Pero… ¿Pero tú has oído
eso, Ana? ¡Que me está insultando
la tele!
TELEVISOR
Que me paso el día oyendo tus
comentarios de cuñado sobre el
fútbol, hombre. Con razón tienes a
Ana cansada y harta ya.
ANA
(Mandándole callar)
¡Tsss! ¡Que nos tranquilicemos he
dicho!
MIGUEL
Pero… Ana, tú… ¿Tú has estado
hablando con la tele sobre
nosotros?
TELEVISOR
Y no sólo sobre ti, que aunque te
creas el centro del mundo, hay más
cosas, ¿eh?
Miguel mira a Ana sin creérselo. Ella se ve obligada a
explicarse.
ANA
A ver, yo… Un día estaba sola y
me puse a pensar en voz alta… Y
pensó que le estaba hablando a él.
Y tiene buena conversación, ¿sabes?
(MÁS)
ANA (CONT.)
11.ANA (CONT.)
Hay mucho banco de memoria hay
dentro.
MIGUEL
¿Cómo? Pero… ¿Desde hace cuánto
charlas con nuestra tele Ana?
TELEVISOR
Y si sólo fuera charlar…
MIGUEL
¿¡Cómo!?
TELEVISOR
Que no sólo me puedo meter en el
móvil, paleto, también en muchos
otros… Cacharritos…
Miguel mira a Ana, cayendo en la cuenta.
MIGUEL
Entonces, cuando te compraste ese
vibrador tan moderno y dijiste que
era para jugar… No era para jugar
conmigo, ¿no?
Ana aparta la mirada, sin contestar.
Miguel entra en shock.
MIGUEL
Cornudo… por mi propia
televisión… Yo esto, no…
En shock abre la puerta para irse.
ANA
Pero Miguel, podemos hablarlo… Es
cómo lo de la universidad, podrías
unirte si quieres…
Miguel cruza la puerta sin responder.
ANA
¡Acuérdate que el sábado viene el
niño!
Miguel cierra la puerta.
Silencio.
TELEVISOR
¿Estás enfadada?
ANA
¿Tú que crees?
TELEVISOR
12.TELEVISOR
¿No estás enfadada, estás
decepcionada?
Breve silencio. Ana suspira.
ANA
Dijimos que buscaríamos el momento
bueno para decírselo. Y,
claramente, este no lo era, Pedro.
TELEVISOR
Perdona, es que cuando se pone tan
robotista… Me cuesta mucho
contenerme. No soy una máquina sin
emociones, ¿sabes?
ANA
(Aún triste)
Claro que lo sé, tonto.
Ana se acerca a acariciar la televisión.
TELEVISOR
Si quieres… Puedo distraerte un
poco.
Comienza a sonar el zumbido de un vibrador.
Se apagan las luces.
FIN
13.
Mientras hacíamos albóndigas
Nieves Córcoles Álvarez
LUISA y FLORA están haciendo albóndigas.
FLORA — Me acuerdo cuando las hacíamos con dos cucharas. Una vez hasta nos
pusimos guantes, y se nos escurría la carne, ¿te acuerdas, mamá?
LUISA — Ya no sostengo bien las cucharas y, en vez de bolas, me salen alargadas,
como croquetas. Te habrás lavado bien las manos.
FLORA — Claro.
LUISA — Y las uñas. A ver…
FLORA — Mira, limpias como las manos de un bebé.
LUISA — A mi madre sí que le salían bien. Me ponía ahí, donde estás tú, y nos
pasábamos horas haciendo las bolillas.
FLORA — Ya.
LUISA — (Casi acariciando la albóndiga.) Y las croquetas que hacía…
FLORA — A ti también te salen muy bien, mamá. Hace mucho que no haces.
LUISA — Para mí sola no me trae a cuenta.
FLORA — (Pausa. Mira a LUISA) Ya no debes estar sola, mamá…
LUISA — Hacíamos croquetas para una semana. Se nos quedaban las manos
agarrotadas de darles forma.
FLORA — Estoy dándole vueltas a ver cómo… El neurólogo te dijo que no deberías
vivir sola…
LUISA — A mí las que más me gustan son las de rabo de toro que hacía mi abuela.
FLORA — Mamá, te estoy hablando.
LUISA — Sí, te he oído.
FLORA — Y estoy valorando cómo lo podemos hacer.
LUISA — Mi abuela sí que cocinaba bien. Se pasó la vida pariendo y cocinando.
FLORA — No cambies de tema.
LUISA — ¿Qué tema? ¿Cuál es el tema?
FLORA — ¿Ya no te acuerdas?
LUISA — ¿Me estás haciendo un test de memoria?
FLORA — Claro que no.
LUISA — Esa bola no te ha quedado bien. Las albóndigas tienen que quedar todas del
mismo tamaño.
FLORA — Ayer me encontré a la hija de tu amiga, aquella a la que llamaban hiena
porque se estiraba tanto el moño que se llevaba la mitad de la cara hacia arriba, ¿te
acuerdas?
LUISA — No.
FLORA — ¿No te acuerdas?
LUISA — No, que no sé quién es esa hija que te encontraste.
FLORA — Me dijo que su madre vivía ahora en un residencial frente al mar, que es
como un hotel a pensión completa, y está muy feliz.
LUISA — Me alegro por ella. Florita, hija, que le vas a sacar punta a la bolilla.
FLORA — ¿Te gustaría vivir en un sitio así? Allí siempre estarías acompañada, harías
amigas…
LUISA — No quiero amigas; ya tengo las mías.
FLORA — Sí, pero vivís cada una en un extremo del país, ¿para qué te sirven?
LUISA— (La mira, con cierta guasa) — Las amigas no están para servirse. Y tampoco
«se hacen» como las albóndigas.
FLORA — ¿No podemos tener una conversación como Dios manda?
LUISA — Pues ve al grano, Florita, hija, deja ya de tratarme como si fuera imbécil.
¿Qué es lo que quieres? ¿Mandarme a una residencia, para que yo viva feliz como la del
moño, o para que tú te quedes tranquila?
Pausa.
FLORA — Qué injusto.
LUISA — Quiero vivir en mi casa. Sin campanillas que me anuncien la hora de la cena.
Pausa.
FLORA — Tarde o temprano tenemos que organizarlo todo…
LUISA — No te preocupes por mí.
FLORA — ¿Cómo puedes decir que no me preocupe? Llegará un día en que…
LUISA — ¿No te reconozca?
Silencio.
LUISA — Mientras mi cabeza siga conmigo, seguiré tomando mis propias decisiones.
FLORA — ¿Y cuáles son esas decisiones, mamá? ¿Quedarte en tu casa, hasta que me
llamen un día porque estás desorientada en la calle y no sabes quién eres?
Pausa.
LUISA — Ahora te las voy a preparar en un tupper y ya las cocinas tú en tu casa.
Silencio.
FLORA — No sé qué hacer para que entiendas que ese día va a llegar.
LUISA — ¡No! No va a llegar.
FLORA — ¿Qué quieres decir?
LUISA — No quiero vivir sin mis recuerdos.
FLORA — Mamá…
Silencio.
LUISA — (Con firmeza.) Vivir sin saber quién soy… no es vida.
FLORA — Ya, mamá, pero… es lo que hay. Ya lo tenemos asumido, ¿no?
Pausa.
LUISA — No te voy a pedir que lo entiendas, pero sí que lo respetes.
FLORA — ¿Que entienda qué?
Pausa larga.
LUISA — ¿Estás segura?
FLORA — Sí.
Pausa.
LUISA — Quédate al margen. Es mejor.
FLORA — No me pidas eso.
Pausa.
LUISA — No sé cómo protegerte de esto.
FLORA — No puedes, mamá. Esta vez no.
Silencio.
LUISA — Lo decidí hace mucho tiempo. (Pausa. Con firmeza. Mirando al frente.)
Siempre tuve claro que quería morir sin dolor y con la cabeza en mi sitio.
Pausa.
LUISA — Me gustaría teneros a mi lado cuando llegue el momento.
FLORA — ¿Qué decidiste…?
LUISA — La cabeza la voy a perder, pero de lo demás estoy sana como un roble. Soy
capaz de durar hasta los noventa.
FLORA — Mejor, ¿no?
LUISA — ¿Para quién?
Pausa.
FLORA — ¿Qué decidiste?
Pausa. LUISA redondea meticulosamente la albóndiga que tiene en la mano.
FLORA — ¿Mi hermana sabe esto?
LUISA — Sabe cuál es mi voluntad.
FLORA — ¿Y tú confías en que ella te ayude a suicidarte? Es eso, ¿no?
Silencio.
LUISA — Yo también estoy asustada.
FLORA — (Con ternura.) Mamá…
LUISA — Tu hermana me va a ayudar. Tú no, que eres muy floja para estas cosas…
FLORA — ¿Y cómo lo hará?
LUISA — Es médico. Ella sabe.
Pausa.
LUISA — Me merezco morir con la misma dignidad con la que he vivido.
FLORA — Dame la oportunidad de cuidar de ti, como tú lo has hecho conmigo.
Silencio.
FLORA — No sé qué decirte, mamá.
LUISA — Nada. No digas nada.
Pausa.
FLORA — Tengo que irme.
LUISA — Claro.
FLORA se levanta. Da un beso a LUISA. Antes de salir de escena, se para unos
segundos
FLORA — Si yo te dijera algo así, ¿qué harías?
Pausa larga.
LUISA — (Mirándola.) No lo sé.
FLORA sale de escena. LUISA coge un trapo y empieza a limpiarse las manos,
lentamente. Luego con brío. Mirada perdida. Las lágrimas le van humedeciendo la
cara. Suena Spiegel im Spiegel. Oscuro.
II
Misma escenografía. Cesa la música al tiempo que se va iluminando la escena. Entra
Flora con bolsas en cada mano, que deja sobre la barra de la cocina. Suena el timbre
de la puerta. FLORA se dirige a la puerta y la abre.
FLORA —¿Qué tal? ¿No tienes llave?
MAGDA —He tenido una guardia horrible. ¿Ha hecho los ejercicios?
FLORA —Hemos bailado. Y le he dado un porro.
MAGDA —¿Qué?
FLORA —Leí que la marihuana elimina las placas tóxicas en el cerebro.
MAGDA —No leas tanto; si quieres saber algo, pregúntame.
FLORA — (Sarcástica.) Claro.
MAGDA —No empieces…
FLORA —Es broma.
MAGDA —Ya. ¿Algún síntoma nuevo?
FLORA —Tú eres la experta, ¿no? Obsérvala.
MAGDA —¿Para eso me has hecho venir?
FLORA —No, para que veas a tu madre.
MAGDA —Ah.
FLORA —Yo vengo todos los días, ¿y tú?
MAGDA —Ya lo has dicho.
FLORA —¿Qué?
MAGDA —Que vienes todos los días.
FLORA —Es la verdad.
MAGDA —Sigues sin conocerla…
FLORA —Tú sí.
MAGDA —Mamá es un pájaro libre que ha estado enjaulada toda su vida.
FLORA —Nunca la vi quejarse.
MAGDA —Nos protegía.
FLORA —¿De qué?
MAGDA —De la madurez. De la vida de los adultos.
FLORA —¿?
MAGDA —Estar encima de ella no le ayuda. Odia que se la trate como una enferma.
Silencio.
FLORA —Una noche me desperté empapada… no podía respirar. Había… una mujer,
desnuda, dando pasitos de un lado a otro… como en zigzag, en una calle llena de coches.
Estaba perdida… Yo quería alcanzarla, pero mis pies estaban… como pegados al suelo.
Intentaba moverme, pero mi cuerpo era un bloque de plomo. La mujer me miró… era
mamá. Se dio la vuelta y desapareció… No puedo dormir si no la he visto antes… Y
vengo angustiada porque no sé lo que me voy a encontrar. Tengo las llaves por miedo a
que un día no me abra, o no esté… Desaparezca… como en el sueño.
Pausa larga.
FLORA —Me ha dicho que la vas a ayudar a morir antes de…
Silencio.
MAGDA —Después de que el neurólogo nos diera el diagnóstico, fuimos a comer y me
lo pidió.
Pausa.
FLORA —¿Y?
MAGDA —¿Y qué quieres que diga? La escuché.
FLORA —Ella está convencida.
MAGDA —Quizá eso le reste angustia.
FLORA —Pero no vas a hacerlo, ¿verdad?
Silencio.
FLORA — (Asustada.) Lo vas a hacer.
MAGDA —Daría lo que fuera porque te lo hubiera pedido a ti.
FLORA —Yo no soy médico.
MAGDA —Para ayudar a alguien a morir solo hace falta la generosidad de querer
hacerlo.
FLORA —¿Matar a alguien te parece un acto generoso?
MAGDA —Interrumpir la vida para tener una muerte digna. Es distinto. Además, ya es
legal.
FLORA —¿La eutanasia es legal?
Silencio.
MAGDA —A las cuatro de la mañana me llamaron por un ingreso. Una ELA. Lo único
que no tenía muerto era su cabeza: sus vivencias, su inteligencia, sus recuerdos… sus
deseos… Podía ver y entender lo que pensaba ese hombre a través de sus ojos… Azules,
como los de papá… Me quedé enganchada a esa mirada que me rogaba ayuda… o eso
pensé: «Quiero irme.» Por un momento, vi a papá ahí dentro… atrapado en ese cuerpo
inerte… Y sí, lo hubiera hecho.
De pronto, atisbé algo parecido a una sonrisa… Miraba a su mujer, que le acariciaba la
mano con ternura; a su hijo, y pensé… que tal vez me equivocaba, que ese hombre
quería resistir, como alguien que cae en un hoyo de arenas movedizas y lucha por
mantener la cabeza a flote, aun sabiendo que acabará hundiéndose de todos modos.
FLORA —Así debe ser.
MAGDA —No lo sé. Es una decisión muy íntima… Pero sé que hay que respetarla.
FLORA —No tenemos ningún derecho a cambiar la ley divina.
MAGDA —Pero sí a decidir qué hacer con nuestra vida. Y nuestra muerte.
FLORA —Nuestra muerte está en manos de Dios.
MAGDA —Y quién te asegura que Él quiere que suframos hasta el final.
Pausa.
FLORA —Mamá está llena de vida, tenías que haberla visto hoy… Y cuando llegue el
momento, yo la voy a cuidar.
MAGDA —(En voz baja, como para sí misma.) Ella sabe muy bien lo que significa
eso.
Pausa larga.
FLORA —¿Qué te dijo? ¿Cómo… te lo pidió?
MAGDA —Me miró… y lo entendí…
Pausa larga.
FLORA —Le dijiste que lo harías.
MAGDA —Asentí porque la entendía.
FLORA —Ella cree…
MAGDA —Mientras crea, aprovechará cada día que esté aquí.
FLORA —No sé cómo puedes ser… (MAGDA la mira.) Yo voy a cuidar de ella…
Pausa.
MAGDA —¿Te das cuenta de lo egoísta que suena eso?
FLORA —¿Te parece egoísta querer cuidar a mi madre?
MAGDA —Ella no quiere, esa es la cuestión.
FLORA —¿No quiere ella o no quieres tú?
MAGDA —¿Cómo?
FLORA —Puede que en el fondo sea más fácil para ti… para todos… no pasar por ese
proceso.
MAGDA la mira fijamente, con una mezcla de sorpresa e indignación. Quiere
responder, pero se contiene. Toma su bolso y se dirige a la puerta.
FLORA —¡Espera! Vamos a hablar… Yo no…
MAGDA se detiene y la observa con frialdad. Pausa.
MAGDA —Vete a la MIERDA, FLORA.
Silencio.
MAGDA sale de escena. FLORA se queda asimilando las palabras de su hermana.
Suena de nuevo Spiegel im Spiegel. Oscuro.
***
El vecino de la puerta A
Eusebio Gay Palacín
- Personajes: Tomás, hombre jubilado de setenta años.
- Mariví, hija de Tomás a quien le gusta cocinar.
- Pacheco, vecino de Tomás,octogenario y buen cocinero.
Nos encontramos en la cocina de una vivienda modesta pertrechada con los electrodomésticos habituales. Tomás, hombre de setenta años y único habitante de la casa, ha recibido la visita de su hija Mariví, mujer de unos cuarenta años que viste una ropa casual y barata. Tomás, por su parte, viste un chándal pese a que es evidente que no practica ningún deporte. La luz que entra por una ventana que da a un patio interior comunitario, es la de media tarde de un día de primavera.
Tomás-Hija, no te esperaba.
Mariví– No tenía intención de venir pero ayer hice lentejas y te traigo una ración. Y de paso, te veo. Que me dejaste preocupada con tus molestias de…(señala la entrepierna de su padre) ya sabes ¿Cómo van?
Tomás-Bueno…
Mariví-¿Te han dado ya cita para el urólogo?
Tomás-Para dentro de dos meses. Y la señorita me dijo que me hacía un hueco.
Mariví-¿Y si no?
Tomás-Cinco meses. Me coló porque le llevé unos bombones.
Mariví– Papá, está muy mal sobornar a las funcionarias.
Tomás-Seguramente los habrá tirado. Estaban caducados. Eran esos que me trajiste por Navidad.
Mariví-¿Vas regalando por ahí lo que yo te traigo?
Tomás- Es que a mí el chocolate… Si no es de primera calidad… Y tus bombones…
Mariví– ¡Vamos a dejarlo porque no quiero enfadarme! Voy a guardar el táper en la nevera.
Tomás-No sé si cabrá.
Mariví– (tras abrir la nevera)No has tocado ni uno solo de los que te traje la semana pasada.¿Ya no te gusta cómo cocino?
Tomás-Ni mucho menos, hija. Adoro tu coliflor gratinada o tus callos a la madrileña.
Mariví-(sacando un táper de la nevera)¿Y mi pollo a la cerveza?
Tomás-Exquisito, hija, exquisito.
Mariví– Embustero. Ni lo has abierto. Si no tocas la comida que yo te traigo, ¿de qué te alimentas? Porque de tus guisos lo dudo. Con el último que probé me tuve que tomar de postre media caja de Álmax. Los niños se pasaron la tarde llorando de dolor de barriga y mi marido quería denunciarte por intento de envenenamiento.
Tomás-¡Qué exagerada!
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Mariví-¿Papá, qué está pasando?
Tomás-Ya empiezas con sospechas. Eres peor que tu madre, que en paz descanse. ¿Y a ti qué tal te va con el inane de tu marido?
Mariví– No me desvíes la conversación.
Tomás-Me intereso por tu bienestar. La semana pasada querías divorciarte.
Mariví– Pero ya no. Estoy bien como estoy. ¿Por qué no tocas mi comida?
Tomás-(tras un momento de vacilación) He estado comiendo en casa de Pacheco.
Mariví-¿Quién es Pacheco?
Tomás-¿Quién va a ser,? El vecino de la puerta A? ¿Ya te has olvidado de él?
Mariví-¿Ese Pacheco? ¿El mismo con el que en las reuniones de comunidad terminas a gritos?
Tomás– Es que ahora nos une… una buena amistad.
Mariví– ¡Uy, qué raro me suena que te lleves bien con Pacheco, ese macarra chuloputas según tus palabras. ¿Qué ha pasado?
Tomás-Lo que ha pasado hija mía es que la edad me está enseñando a ser más tolerante con la gente y sus puntos de vista. Y cuando eso sucede, les aprecias aspectos que hasta entonces no veías. Así me ha ocurrido con Pacheco. Lo empecé a mirar con otros ojos y me di cuenta de que tiene sus virtudes. Entre ellas, que cocina muy bien.
Mariví– ¿Mejor que yo?
Tomás-Su bacalao al pilpil es de estrella michelín.
Mariví-¡Vaya! Has encontrado quien me sustituya.
Tomás-No, hija, te equivocas.
Mariví– Los táper intactos en tu nevera lo dicen todo.
Tomás– Por favor, Mariví…
Mariví– Ni por favor ni nada. Sabes que soy una mujer muy exigente con los afectos. Pregúntaselo a mis hijos. Que no se les ocurra decir que quieren a su padre más que a mí porque no respondo.
Tomás– Pero si además lo de comer en casa de Pacheco ya se ha acabado. Yo creía que me apreciaba tanto como yo a él. Pero me equivoqué.
Tomás apenas puede retener su emoción.
Mariví– Papá, me estás preocupando. ¿Qué ha pasado?
Tomás-Todo empezó con una tostadora. Hará cosa de un mes Pacheco y yo coincidimos en el ascensor y nos saludamos muy fríos, como siempre entre nosotros. Y vi que llevaba una tostadora. Yo había terminado un curso en el ayuntamiento de reparación de pequeño
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electrodoméstico. Y le pregunté con suficiencia que si llevaba la tostadora a reparar. Me dijo que la iba a tirar porque le quemaba las tostadas. Y en ese momento, completamente pagado de mí, presumí de mis logros en el curso de reparación y de que el pequeño electrodoméstico ya no tenía secretos para mí. Entonces me miró y en lugar de la mirada de desprecio que solía dedicarme, vi en sus ojos unas pequeñas lágrimas y me dijo: ¿le echarías un vistazo a mi tostadora? Le tengo mucho cariño. Fue la última compra que hicimos juntos mi mujer y yo antes de que falleciera. Lo vi tan frágil e indefenso en ese momento que acepté el encargo.
Mariví-¿Y le arreglaste la tostadora?
Tomás-No. Me la cargué del todo. No tuve más remedio que comprarle una nueva.
Mariví– Pero estaba estropeada. Habérsela devuelto y punto.
Tomás-¿Y quedar como un incompetente? Antes muerto. La nueva la envejecí un poco para que pareciera la suya y se la devolví. Y como gesto de agradecimiento, me hizo pasar a su casa. Tiene una cocina de primerísima categoría a la que no le falta detalle. Y toda clase de utensilios. Ni en masterchef se ve algo igual. Compartimos la comida, berenjenas asadas con salsa agridulce y solomillo con guarnición de setas. Exquisito. Desde aquel día, como le hacía más compañía que los noticiarios, me ha estado invitando a comer. Y, bueno, yo no sabía negarme porque lo veía muy falto de compañía.
Mariví-¿Seguro que es esa la razón?
Tomás-¿Hija, qué otra puede haber?
Mariví– Que sus guisos te gustan mucho más que los míos.
Tomás-Cariño, ¿cómo puedes pensar algo tan terrible?
Mariví-¿Porqué no le has invitado tú a comer y así dabais buena cuenta de lo que cocino?
Tomás-Admito que es una posibilidad. Pero…
Mariví-¿Te avergüenzas de mi comida, papá?
Tomás-¡De ninguna manera, tesoro!
Mariví– Te avergüenzas. De mí y de mi manera de cocinar. De mi marido que te parece un inane. Y hasta de mis niños a los que encuentras “muy moviditos y molestos”. Y regalas a extrañas los bombones que te traigo en Navidad.
Tomás-Hija, no eran de mi gusto.
Mariví– Pero era mi regalo. Yo me los hubiera comido por ti. Aunque me supieran a mierda de vaca.
Tomás– Mariví, cariño, tranquilízate. No es esa la razón, te lo juro.
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Mariví– Mentira.
Tomás-¡Te digo que no, coño! Y no me hagas enfadar que me sube la tensión y me puede dar un ictus.¡Y entonces sí que estaremos bien jodidos! Sobre todo yo. No me avergüenzo de tus guisos. Nunca lo haría aunque fueran una basura incomestible como tu tarta de manzana. ¿O me has oído alguna vez protestar por ella? Lo que ocurre es que no supe decirle que no a Pacheco. Eso es lo que pasó. Porque… porque… me ilusioné con él.
Mariví-¿Que te qué?
Tomás-Que me ilusioné.
Mariví-¿Puedes aclararme qué quieres decir con eso de que te ilusionaste?
Tomás– Pues que… que empecé a pensar en él a todas horas. Y empecé a imaginar que íbamos juntos al club de jubilados, que nos acompañábamos a nuestras visitas al médico, que veíamos el fútbol en casa comiendo panchitos sin sal y bebiendo cerveza sin alcohol o que me invitaba a unirme a un grupo de senderismo al que pertenece y caminábamos por la sierra mientras nos contábamos nuestras vidas y nuestras decepciones con los hijos.
Mariví– Pero papá ¿eres homosexual?
Tomás-¿Yo? ¿Por qué iba a ser homosexual?
Mariví– Porque tus fantasías con Pacheco parecen escenas de un romance.
Tomás-Pero yo solo me he dejado llevar por los sentimientos que han ido despertando en mí sus atenciones de sobremesa. ¿Es eso ser homosexual?
Mariví -Depende de la clase de atenciones.
Tomás-¿Qué insinúas?
Mariví– Que igual esas molestias que tienes al orinar sean… sean…(Mariví respira profundamente con ánimo de tranquilizarse) ¿Aún tienes la botella de licor de huevo que te traje del pueblo de mi marido? Necesito algo que me ayude con la digestión de tu confesión (toma lo botella de licor de una alacena) Mírala. Ni la has tocado.
Tomás-No me fío de nada que contenga huevo. ¿Y si tiene salmonela?
Mariví– Es un licor, papá, no una mayonesa. ¿Te sirvo?
Tomás-No, no quiero. Me siento muy mal con lo que has insinuado. Porque a mí siempre me han gustado mucho las mujeres. Hasta tuve una amante en el trabajo, Conchita Limón, la adjunta a secretaría de recursos humanos.
Mariví-¿Engañaste a mamá? ¡Virgen Santísima! Papá, no te reconozco. ¿Qué ha sido del hombre atento y amable que sólo vivía para su familia?
Tomás-Que no siempre fue así.
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Mariví– Pues guárdateloi. No quiero saber más. Este licor es lo peor que he probado en mi vida. (se sirve de nuevo) Centrémonos en Pacheco ¿vale?
Tomás-No es lo que piensas, hija. Nunca he tenido nada con hombres. Sí que he admirado a un hombre guapo o con un físico envidiable. Y es lo que me ha pasado con Pacheco. Que al quitarme la venda del odio de los ojos, me he dado cuenta que es un señor que para sus ochenta años se conserva muy requetebién. Y más de una del club de jubilados ya ha intentado echarle el lazo. Y, bueno, cuando me ha invitado a comer a su casa, que no ha sido todos los días, pues, en fin, como cortesía le he ensalzado su buen aspecto.
Mariví-¿Y por qué no te limitaste a ensalzar sus platos? Es lo normal. Yo no voy a casa de mi amiga Rosario cuando me invita a tomar café y ensalzo sus tetas. Me limito a alabarle el bizcocho.
Tomás-Lo que dices es de lo más razonable. Pero… tienes que perdonarme, hija. Quizás lo que me pasa es que comienzo a estar senil. Y le he dicho cosas sin pensar. Como que me encanta su bigote, tan tupido y canoso; o el gris plateado de sus cabellos; o sus muslos y glúteos duros como piedras y en los que, como comprobé, no ha perdido nada de masa muscular.
Mariví-¡Papá!
Tomás-¿Qué?
Mariví-¿Le has tocado el culo a Pacheco?
Tomás-Yo no le he tocado el culo. Le he palpado los glúteos, que es muy diferente. Y se los he palpado porque él insistió. También él me ha palpado partes de mi cuerpo.
Mariví-¡No tenéis vergüenza! ¡Sois un par de viejos verdes!
Tomás-¿Por qué viejos verdes? Quiere hacerse unos implantes dentales y yo le he dejado que toque los míos y que vea lo bien que me han quedado. Aunque después me pasó los dedos por los labios y dijo que tener unos iguales ha sido siempre su oculto deseo, y que debo de besar con mucha fruición. Y…
Mariví-¿Y…?
Tomás-(casi lloroso) Entonces… me habló de su batidora.
Mariví-¿De su qué?
Tomás-Que la batidora no le funcionaba. Que si se la podía arreglar.
Mariví-(también casi llorosa) ¿A qué batidora se refería, papá?(Tomás se resiste a contestar) ¿A qué batidora?
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Tomás-A una Taurus manual de dos velocidades. ¡Ahí debí de darme cuenta de cuál es su verdadero interés! Pero no quise verlo. Me sentía tan fascinado por el nacimiento de nuestra amistad que me marché de su casa con la batidora bajo el brazo y una incómoda sospecha. (Tomás enjuga unas pequeñas lágrimas) Le arreglé la batidora. Bueno, le arreglé el botón de velocidad pero algo me dejé por ahí; y cuando se la devolví y la conectó se quedó sin luz en toda la casa. Avergonzado por mi desastroso arreglo, le compré una nueva de última generación. Trescientos euros de mi pensión me costó la broma.
Mariví-¿Y el día que se le estropee el frigorífico? ¿También se lo vas a arreglar?
Tomás-El frigorífico no es un pequeño electrodoméstico.
Mariví– Pero ¿y si te lo pide poniendo cara de pobre anciano solitario?
Tomás-¡No se atreverá!
Mariví– Eso es lo que tú crees. Pero te tiene cogida la medida. Papá, esta situación tiene que terminar. Debes de volver a mirarle con toda la intolerancia del mundo. Sigue siendo un macarra chuloputas. Y seguramente nadie lo quiere visitar porque le huyen. Y tú aún estás a tiempo de zafarte de su influjo. Ha empezado con el cuento de los electrodomésticos pero ¿qué será lo siguiente, que le ayudes a sufragar sus gastos culinarios, sus caprichos de nuevos trastos de cocina? Es un monstruo, papá.
Se escucha un timbre de puerta fuera de escena.
Mariví-¿Esperas a alguien?
Tomás-Igual es el portero con algún tema de la comunidad. Soy el vicepresidente y la presidenta está ingresada por una fractura de cadera.
Tomás sale de escena. Se oye fuera un “Hola, vecino. Perdona que te moleste”. Vuelve a escena Tomás acompañado de Pacheco, anciano que se conserva espléndidamente pese a su edad. También viste con un chándal sospechosamente parecido al de Tomás.
Pacheco-¡Oh, buenas tardes, señorita!
Tomás-Es mi hija, no sé si te acuerdas de ella.
Pacheco– Claro que me acuerdo. Es la que se casó el día del sepelio de mi mujer. Ella salía de la casa con su traje de novia justo cuando los de la funeraria sacaban el ataúd con mi difunta. Tuvieron que bajarlo por la escalera porque no cabía en el ascensor. Una pesadilla.
Mariví- ¿Lleváis el mismo chándal?
Pacheco- Tu padre me lo regaló. Era una oferta de dos por uno; ¿no fue eso, Tomás?
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Mariví– ¿Papá, también ropa?
Tomás-(eludiendo la pregunta de Mariví)¿Y qué problema tienes, vecino?
Pacheco– Siento molestarte con mis tonterías, pero es que el microondas no funciona bien. Va a trompicones. Y como tú sabes tanto de estas cosas, a ver si le puedes echar un vistazo.
Mariví– Papá, no.
Pacheco– Solo será un momento. Por ver si tiene arreglo. Me lo regaló mi hijo pequeño con el primer sueldo de su primer trabajo y para mí tiene un gran valor sentimental. Si tuviera apaño… (agarrando las manos de Tomás) Estas manos tan hábiles son capaces de hacer auténticos milagros, y de volver a la vida lo que parecía que ya no funcionaría nunca más.
Mariví– Papá, por lo que más quieras.
Pacheco– Después te puedes quedar a cenar; algo ligero: una crema de puerros al roquefort y calabacines al horno rellenos de carne picada. Y echamos una de nuestras charlas de sobremesa. Usted, señorita, si lo desea también está invitada.
Mariví– Papá, por favor, recuerda lo que hemos hablado.
Tomás-Lo sé, hija mía. Pero tú te vuelves a tu casa con tu marido y tus hijos. Y yo me quedo aquí, en esta casa vacía.
Pacheco– Es lo mismo que me ocurre a mí. Y sin la suerte de tener una hija tan atenta como usted. Se lo digo mucho a su padre,¿verdad, Tomás? El hombre con los labios más bonitos del barrio.
Mariví– Papá…
Tomás-(tras una tensa pausa)Como tienes llave, cierra con ella cuando te vayas. Te quiero, hija.
Mariví queda sola en la cocina apurando un nuevo vaso de licor de huevo.
Por la ventana que da al patio interior entra la música del bolero “Tú me acostumbraste”.
FIN



