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Visitas guiadas en Madrid




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Iglesia de Santa Bárbara (Convento de las Salesas Reales)

Como ya anunciamos, en Trotea vamos a ofreceros una serie de visitas guiadas en Madrid. Constituirán una prolongación de la que ya hicimos, en la primavera de este año, al Museo Lázaro Galdiano, que tan grato recuerdo nos ha dejado. La organización general estará a cargo de nuestro compañero José Luis Díaz de Liaño, que contará para ello con la colaboración de Angela Reina García, profesora de Historia del Arte y guía de la Comunidad de Madrid.

En nuestro programa no incluiremos visitas “de calle” (las que consisten en un paseo durante el cual se van enseñando sucesivas fachadas) ni visitas “sabidas” (las que muchos de nosotros hemos hecho ya), sino que trataremos de descubrir lugares inhabituales o de acceso restringido, para poner al alcance de todos nosotros un Madrid inédito.

Las visitas presentarán las características siguientes:

Listado de posibles visitas

Incluimos a continuación un listado de posibles visitas que haremos, a razón de una por mes, anunciando las fechas concretas con suficiente antelación.

Esta lista no es cerrada ni exhaustiva, sino que constituye un punto de partida. La elección del orden de las visitas y de las fechas concretas dependerá de la disponibilidad de los recintos, de los horarios, del calendario de días festivos, etcétera.

Apoteosis del barroco conventual: iglesias de San Plácido y San Antonio de los Alemanes

En la recoleta calle de San Roque, una escueta entrada abre paso a la esplendorosa iglesia del convento de San Plácido: las pinturas de Francisco Ricci en las bóvedas y cúpula, los retablos de Pedro de la Torre con lienzos de Claudio Coello (sobre todo, la arrebatadora Anunciación) y las esculturas de Manuel Pereira configuran un espacio sobrecogedor en el que Gonzalo Torrente Ballester ubicó los hilarantes episodios finales de su Crónica del rey pasmado. Un recuerdo inolvidable.

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Altar mayor de la iglesia del convento de San Plácido

En la cercana Corredera Baja de San Pablo, las dependencias de la Hermandad del Refugio y Piedad nos permiten revivir la vida madrileña del siglo XVII y, sobre todo, admirar la iglesia de San Antonio de los Alemanes, auténtica “apoteosis del barroco”: planta elipsoidal, pinturas murales de Luca Giordano, retablos de Vicente Carducho y Juan Cajés, bóveda de Francisco Ricci y Juan Carreño de Miranda. Un conjunto con mucha historia detrás y estéticamente apabullante.

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Cuna para expósitos (siglo XVIII) que se conserva en la Hermandad del Refugio

Bárbara obra, bárbaro gasto”: iglesia conventual de las Góngoras e iglesia de Santa Bárbara

Pocos madrileños conocen la iglesia del convento de las Góngoras, en la calle Luis de Góngora: tras una austera portada, las armoniosas proporciones del templo realzan la ornamentación en yeso, a un tiempo severa y espectacular, en contraste con el cromatismo de los diez retablos barrocos en madera policromada (el central, de Ventura Rodríguez) y la imaginería rococó de Luis Salvador Carmona o Juan Pascual de Mena. El barroco más exaltado en un entorno intimista y sereno.

Retablo del altar mayor de la iglesia del convento de las Góngoras

Muy cerca, en la calle de Bárbara de Braganza, está el convento de las Salesas Reales, que la reina Bárbara de Braganza se construyó para retirarse a él si sobrevivía a su esposo, Fernando VI. “Bárbara obra, bárbaro gasto” se leía en unos maliciosos versos de la época, por la espectacularidad del recinto. Al final, la reina falleció antes y el convento acabó por transformarse, después de una profunda reforma, en las dependencias del Tribunal Supremo. En cambio, subsiste tal cual la iglesia de Santa Bárbara, o de las Salesas Reales, en el estilo tardobarroco de su autor, el francés Carlier. A él se debe también el diseño de los retablos, en mármoles de colores, con pinturas de autores que, como Corrado Giaquinto, realzan la grandeza del conjunto. La riqueza de los materiales y el espíritu de suntuosa religiosidad resultante contrastan vivamente con la contención que se desprende de la iglesia de las Góngoras antes visitada.

Nave central de la iglesia de las Salesas Reales

Continuación de Sorolla: Fundación Manuel Benedito

En la calle de Juan Bravo pasa casi inadvertida para el viandante la Fundación Manuel Benedito, un espacio de imprevista belleza que ocupa el lugar donde estuvo la casa-estudio del pintor y que hoy se dedica al estudio y exposición de su obra. Benedito, nacido en Valencia y discípulo de Sorolla, cultivó el retrato, el bodegón, el paisaje y las escenas costumbristas. De talante académico en algunos de sus retratos más conocidos, como el de Concha Piquer, está más cerca de Zuloaga o de Gutiérrez Solana en las obras costumbristas o los bodegones. En todo caso, un artista a descubrir.

Fragmento de una pintura de Manuel Benedito

En pos de la tumba de Cervantes: convento de las Trinitarias

Hace unos meses ha sido noticia el convento de Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, en la calle de Lope de Vega, por las excavaciones (semifallidas) para localizar la tumba de Cervantes. Pero el templo tiene entidad suficiente para justificar por sí una visita: aunque de reducidas dimensiones, evoca serenidad y ese recogimiento tan propio de la arquitectura conventual. Los seis retablos auxiliares dan un tinte emocional a la regularidad arquitectónica y ayudan a concentrar la atención en el retablo mayor, de inspiración churrigueresca.

Completaremos la jornada con una visita a la cercana Casa de Lope de Vega, cuyo interior ha sido recreado para expresar cómo pudo ser realmente su vivienda.

Nave central de la iglesia del convento de las Trinitarias

Fundación Gómez Pardo: el Museo Félix Cañada

En la calle de Ríos Rosas, concretamente en el bloque de inmuebles de la Escuela de Minas, nos aguardan más sorpresas: un lienzo con la Virgen del Carmen, del taller de Alonso Cano; otro con el Niño de la espina, del taller de Murillo; naturalezas muertas de Juan de Arellano y del círculo de Jan van der Hamen; una escultura de San Francisco Javier, de Luis Salvador Carmona; una copia de época de la Madonna de la silla, de Rafael; un Arlequín, de Juan Gris; más de 40 delicadas figurillas en bronce Art Nouveau, y mucho más.

Es la colección que acoge la Fundación Gómez Pardo, cuyas dependencias se reinauguraron en 2012 y que reúne más de 500 obras del legado de Félix Cañada, doctor ingeniero de minas y gran aficionado al arte. Un recinto amplio y luminoso que puede valer como perfecto documento de la historia del arte desde la Edad Media hasta nuestros días.

Vista del Museo Félix Cañada

Dos desconocidas: iglesia de la Buena Dicha e iglesia de San Martín de Tours

En la angosta calle de Silva, la iglesia de la Buena Dicha, levantada a principios del siglo XX sobre los restos del convento anterior, no destaca por su portada ni por un interior esplendoroso, sino por su aspecto reservado y un tanto extraño: la bóveda estrellada pintada en color azul celeste resulta sorprendente.

Altar mayor de la iglesia de la Buena Dicha

La iglesia de San Martín de Tours, en la cercana calle del Desengaño, participa también de ese carácter reservado, aunque su historia es mucho más agitada. Parece segura la intervención de José de Ribera en su proyecto, al menos en lo que respecta a la fachada. Son del siglo XIX los retablos, entre ellos el del altar mayor, un relieve pintado de Ricardo Bellver y Ramón, el mismo escultor que nos dejó la estatua del Ángel Caído en el Retiro.

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Dos retablos del crucero de la iglesia de San Martín de Tours

Del ducado de Alba a las Fuerzas Armadas: palacio de Buenavista

En 1777, la XIII duquesa de Alba (la que conocemos inmortalizada por Goya) dispuso la construcción en el “altillo de Buenavista” (el altozano que hay en la calle de Alcalá con vistas sobre la plaza de la Cibeles) de un palacio para su vivienda. Hoy es el imponente Palacio de Buenavista, que, con algunos cambios, como la adición de las dos alas y del ático, acoge el Cuartel General del Ejército, tras una vida no poco azarosa: entrega mediante legado a los médicos y sirvientes que atendieron a la duquesa en su última enfermedad, compra por el ayuntamiento de Madrid, donación a Manuel Godoy, reversión al ayuntamiento, cesión al entonces llamado Ministerio de la Guerra, etcétera.

Más notable, y poco conocido, es el interior, concebido como museo palacial. Junto a curiosidades como el sofá donde se practicaron las primeras curas a Prim tras su mortal atentado, los elegantes salones acogen tapices sobre cartones de Goya, lámparas de la fábrica de La Granja, relojes de colección, muebles de época y retratos de pintores como Van Loo, Jean Ranc o Federico de Madrazo (Isabel II con su primogénita Isabel, la Chata, de niña). La obra señera es, en todo caso, otro retrato (Fernando VII) del propio Goya.

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Fachada principal del palacio de Buenavista

San Francisco y “San Francisquín”: San Francisco el Grande y la Capilla del Cristo de los Dolores

Todos conocemos la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, que es el nombre oficial de San Francisco el Grande, en la Gran Vía de San Francisco. No está de más recordar que su gigantesca cúpula central atravesó serias dificultades de construcción, que la portada fue sobrepuesta por Sabatini, que con la desamortización pasó a ser panteón nacional y que a finales del siglo XIX se decidió finalmente la decoración actual, realmente bella en las pinturas de Goya o de Mariano Salvador Maella que adornan algunas capillas y menos valiosa en otras capillas.

Pero pocos conocen el Museo de la basílica (con obras de Zurbarán, Vicente Carducho o Alonso Cano) y menos aún han visitado la Capilla del Cristo de los Dolores, o “San Francisquín”, como se la conoce coloquialmente: una iglesia anexa sin culto, que fue levantada en el siglo XVII por el jesuita Hermano Bautista y por Sebastián de Herrera Barnuevo. Del propio Hermano Bautista es la mejor pieza del interior, un sorprendente retablo-baldaquino de aspecto arquitectónico que acoge una imagen sobrecogedora del Cristo de los Dolores: Cristo resucitado, con la corona de espinas pero erguido, sosteniendo en la mano izquierda la cruz mientras pisa una calavera, símbolo de la muerte.

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Nave central de la Capilla del Cristo de los Dolores, con el baldaquino al fondo

Una fachada clásica para un templo financiero: la Bolsa de Comercio

La Bolsa de Comercio, en la plaza de la Lealtad, es uno de los proyectos de Enrique María Repullés, arquitecto que trabajó en los años de transición del siglo XIX al XX y que se distinguió por su flexibilidad estilística: fue neoplateresco en el imponente ayuntamiento de Valladolid, neogoticista en la reforma del interior de la iglesia madrileña de los Jerónimos y clasicista en este edificio de la Bolsa.

La fachada, con tres cuerpos verticales, de los cuales el central reproduce el esquema que utilizó Juan de Villanueva en el Observatorio Astronómico (seis columnas con capitel corintio), es de espíritu clásico sobriamente enriquecido. En el interior, la estancia principal es la sala de contratación, en la que Repullés vuelve a los principios clásicos: el aspecto es el de una basílica, con un espacio central cuyo perímetro acoge una arcada sobre la que se levanta una segunda planta, todo ello, rematado en una vidriera y con decoración ecléctica finamente trabajada. Un ejemplo acabado del arte español en el cambio del siglo XIX al XX.

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Sala de contratación de la Bolsa de Comercio

Descárgate aquí el documento original de la propuesta de Visitas Guiadas, en formato Word (.doc)

 

 

Excerpt: Pincha ahora y conoce la nueva propuesta de visitas culturales con Trotea.


Post date: 2017-06-21 12:28:02
Post date GMT: 2017-06-21 10:28:02
Post modified date: 2017-06-22 08:27:01
Post modified date GMT: 2017-06-22 06:27:01

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