Visita al Teatro Real


Publicado el 14 de febrero de 2019.

Esta será la tercera visita de la serie que tenemos programada para 2019, tras la realizada (primer grupo) a la exposición “Museo del Prado 1819-2019: Lugar de memoria”. Tendrá lugar el viernes 8 de febrero de 2019, a las 9.45 horas, y en ella conoceremos el Teatro Real . Una ocasión excelente para admirar un prestigioso recinto y los complejos sistemas que permiten su funcionamiento. El número de plazas es limitado, ya que podemos asistir un máximo de 30 personas. Tendrán prioridad los socios de Trotea.

La visita está abierta a socios de Trotea y a familiares o conocidos que les acompañen. Esnecesario que confirméis vuestra asistencia, no después del 2 de febrero, a José Luis Díaz de Liaño (teléfono 666 353 221; correo electrónico jdl2008@hotmail.es). El precio, incluida la entrada, es de 9 euros para los socios y 12 para los no socios, que abonaremos en efectivo en el momento de la visita.

Nos reuniremos frente a la puerta principal del Teatro Real, en la fachada que da a la plaza de Oriente, a las 9.45 horas. La estación de metro más próxima es la de Ópera, con salida a la plaza de Isabel II, en la fachada trasera del teatro.

Para información más detenida sobre la visita podéis seguir leyendo.

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El corral de los Caños del Peral

A principios del siglo XVIII operaban en la villa dos corrales de comedia de administración municipal, el de la Cruz y el Príncipe. En 1708 se dio permiso a una compañía italiana (“Los Trufaldines”) para acondicionar como tercer corral una vaguada que había al final de la calle del Arenal con una “Fuente” o “Lavadero”, llamada de los Caños del Peral. El nuevo corral, que no era de administración municipal, programó sobre todo óperas en italiano y ballets, y estuvo activo hasta 1737. Poco después fue sustituido por un auténtico coliseo o teatro “alla italiana”, arquitectónicamente modesto, aunque en los años iniciales del siglo XIX gozaba de gran prestigio: en 1805, como teatro “de los italianos” o “primer teatro de la nación”, era frecuentado por los “caballeros” y vendía las localidades de patio a dos reales, el doble que el coliseo de la Cruz. Su vida, sin embargo, fue corta. En un primer momento, para allanar el abigarrado tejido urbano que se extendía junto a la fachada este del Palacio Real, José Bonaparte ordenó demoler las construcciones allí existentes y quedó vacía la zona que se extendía hasta el teatro. En un segundo momento, en 1817, se decidió nivelar ese espacio vacío, demoler el teatro en sí y construir otro más representativo.

Treinta y tres años de obras

Se encomendaron las trazas a Antonio López Aguado, maestro mayor de las obras de la villa como sucesor de Juan de Villanueva y fiel heredero del neoclasicismo de este. López Aguado, a quien debemos trabajos como el palacio de Villahermosa (hoy, Museo Thyseen-Bornemisza), parte del “Capricho” de la Alameda de Osuna o la Puerta de Toledo, abordó con entusiasmo el proyecto del Teatro Real, pero las obras, como todo durante el reinado de Fernando VII, se resintieron de la escasez de fondos derivada de la ruina de la Hacienda pública. Se suspendieron en 1820, luego en 1823 y cuando falleció López Aguado, en 1831, apenas se había avanzado. Las continuó Custodio Teodoro Moreno pero no terminaron hasta 1850, ya en el reinado de Isabel II, bajo la dirección de Francisco Cabezuelo.


La misma fachada a la plaza de Oriente, según una fotografía de J. Laurent datada en el segundo tercio del siglo XIX

Un teatro para la alta sociedad isabelina

En ese momento, la sala tenía capacidad para 2 800 espectadores y el escenario era de los mayores de Europa. Contaba además con un café, un restaurante, un salón de baile, varias salas para fumadores e incluso unas caballerizas.

Musicalmente, desde su inauguración con La favorita, de Donizetti, hubo un predominio de la ópera italiana (Bellini, Verdi) y solo en el último tercio del siglo se amplió el interés a compositores franceses (Meyerbeer, Gounod) y más raramente alemanes (Wagner). Fue muy esporádica la presencia de la música española.

En otro plano, el Teatro Real fue idóneo para la sociabilidad de alto nivel. El disfrute de un palco era obligado para quien aspirase a formar parte del “todo Madrid”. Así lo expresaba, en 1857, el escritor costumbrista Antonio Flores: “Y se oyó llamar duquesa, y dio tés y comidas y bailes a todos los jóvenes que la galanteaban siendo soltera…Otros tantos pollos anidaban en su palco en el teatro de la Ópera, y todos a porfía ahorraban al marido la incomodidad, perjudicialísima a sus años, de acompañar a la duquesita a los bailes y a las reuniones”.



El salón Carlos III

Arquitectónicamente, desde el principio el Teatro Real pareció abocado a una sucesión inacabable de obras, algunas motivadas por la adaptación a nuevas funciones pero otras debidas a razones estructurales. Ha habida hasta cinco grandes reformas. De ellas, la cuarta, iniciada en 1966 según un proyecto de José Manuel González-Valcárcel, adaptó el recinto para sala de conciertos, y la quinta, según un proyecto del mismo arquitecto de 1988 completada con otro de Francisco Rodríguez Partearroyo ejecutado entre 1993 y 1995, le devolvió su función primitiva de teatro musical.

La visión actual del recinto se parece muy poco a la del proyecto original de López Aguado. Se conservan la planta pentagonal irregular (“como un ataúd”, se ha dicho gráficamente) y las fachadas laterales, pero han cambiado mucho la fachada a la plaza de Oriente, un tanto maciza debido al pesado pórtico, y la que da a la plaza de Isabel II, más neoclásica, con un pórtico central de columnas toscanas.

El interior está adaptado para atender las prestaciones más exigentes de la representación operística en el siglo XXI. En nuestra visita, que será de carácter “general”, se nos expondrá fundamentalmente la historia del Teatro desde su inauguración en 1850 y conoceremos la estructura del edificio, la decoración de los espacios públicos, el funcionamiento de un teatro de ópera y las muchas curiosidades que en él se alojan.



 

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