Visita al Panteón de Hombres Ilustres y la Real Fábrica de Tapices 2


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Panteón de Hombres Ilustres: vista desde el jardín interior.

Visita al Panteón de Hombres Ilustres y la Real Fábrica de Tapices

Reanudamos nuestras visitas guiadas después del verano. La primera será al Panteón de Hombres Ilustres y la Real Fábrica de Tapices y tendrá lugar el viernes 6 de octubre. ¡Las plazas son limitadas: en la Real Fábrica de Tapices solo admiten hasta 25 visitantes!

Las dos visitas siguientes serán el viernes 24 de noviembre (Real Sociedad Matritense de Amigos del País: una modélica institución en la icónica Torre de los Lujanes) y el viernes 15 de diciembre (barroco en pleno barrio de Chueca: iglesia conventual de las Góngoras e Iglesia de las Salesas Reales). Facilitaremos información más adelante.

Visita al Panteón de Hombres Ilustres y la Real Fábrica de Tapices

Esta será la séptima visita de la serie que tenemos programada para 2017 y la primera después del verano. Tendrá lugar el viernes 6 de octubre y en ella conoceremos dos lugares casi adyacentes pero muy distintos: el Panteón de Hombres Ilustres y la Real Fábrica de Tapices. La duración total será de aproximadamente dos horas. El grupo puede estar constituido por hasta 25 personas.

La visita está abierta a socios de Trotea y a familiares o conocidos que les acompañen. Es necesario que confirméis vuestra asistencia con antelación, indicando vuestro nombre y el número de asistentes, a José Luis Díaz de Liaño (teléfono 666 353 221; correo electrónico jdl2008@hotmail.es). La visita a los dos lugares, incluyendo el precio de la entrada a la Real Fábrica y la retribución a nuestra guía, es de 6 euros por persona.

En el Panteón de Hombres Ilustres actuará como guía Ángela Reina, licenciada en Historia del Arte, que ya ha estado con nosotros en anteriores visitas de este ciclo, por lo que conocemos la seriedad de sus conocimientos y su entusiasmo. En la Real Fábrica, la visita será guiada por personal del propio establecimiento.

Nos reuniremos en la entrada del Panteón de Hombres Ilustres, en la calle de Julián Gayarre 3 (una corta calle que sale a la altura del nº 10 del paseo de la Reina Cristina), a las 9.45 horas. La estación de metro más próxima es la de Menéndez Pelayo (línea 1).

Para información más detenida sobre la visita, podéis seguir leyendo.

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Después de la última visita, que hicimos a la iglesia conventual de las Trinitarias Descalzas, en pleno barrio de las Letras, dedicaremos ahora nuestra atención a dos edificios civiles, muy alejados uno de otro en el plano arquitectónico y funcional, pero muy cercanos en el espacio.

Primero, el Panteón de Hombres Ilustres. Si en la antigua Roma se llamaba “panteón” al templo dedicado al culto a todos los dioses, luego recibió ese mismo nombre un recinto destinado a cementerio de varias personas de la misma familia o ilustres por algún otro motivo. Y así, siguiendo el ejemplo de París, que en el siglo XVIII había erigido como Panteón un espléndido edificio neoclásico con inconfundible cúpula, en Madrid se decidió varios decenios después establecer también un Panteón nacional de políticos ilustres. En 1837 se destinó a tal fin la iglesia de San Francisco el Grande, una vez exclaustrada, y en 1869 se trasladaron a ella los restos de una docena de personajes (ya no solo políticos) de la historia nacional. Años después, sin embargo, esos restos se devolvieron a sus lugares de origen y el templo recuperó su función religiosa.

 

Proyecto de Arbós con la iglesia, el campanile y el “campo santo”

Aquí tenemos que volver nuestra mirada a otro punto del plano de Madrid. En esa misma época, en el tramo inicial de lo que hoy es la avenida de la Ciudad de Barcelona (el viejo camino a Vallecas) se encontraba el antiguo Convento de los dominicos, levantado en el siglo XVI sobre la ermita de la Virgen de Atocha (o del Atochar, nombre que se daba al campo donde crecían “atochas”, plantas semejantes al esparto). El convento, declarado de patronato real por Felipe III, había sido desamortizado y se utilizaba como Cuartel de Inválidos, es decir, como establecimiento para la acogida de militares inutilizados en campaña. Justamente por eso estaban enterrados en él sus sucesivos directores, como los generales Palafox o Castaños. En el decenio de 1880, sin embargo, durante la regencia de María Cristina, viuda de Alfonso XII, se declaró en ruina y se convocó un concurso para la construcción en su lugar de una nueva basílica que llevara anexo un panteón para la conservación de esos restos.

En 1890 se adjudicó el concurso al proyecto presentado por Fernando Arbós y Tremanti, arquitecto nacido en Roma y formado en Francia, que ya había construido el edificio racionalista del Monte de Piedad, en la plaza de San Martín. En este caso, en cambio, la propuesta de Arbós se apartaba de ese concepto racionalista y contemplaba una basílica monumental, con campanile exento y un “campo santo” o panteón de hombres ilustres, en un estilo neobizantino.

Por problemas financieros, la Basílica, que siguió llamándose de Nuestra Señora de Atocha, no llegó construirse hasta 1924, aunque sobre planos distintos de los que había presentado Arbós, y ni aun así pervivió, ya que se incendió en la guerra civil y su reconstrucción posterior se hizo siguiendo pautas manieristas que hacen que el edificio actual recuerde el estilo “imperial” de la posguerra.

En cambio, se construyeron según el proyecto de Arbós los otros dos recintos previstos, el Campanile y el Panteón de Hombres Ilustres. Su estilo “neobizantino”, en todo caso, resulta extraño en Madrid, por estar inspirado en modelos de la arquitectura véneta y toscana como los que podemos ver en Florencia o Pisa: mármoles en las fachadas utilizados a fajas horizontales alternadas blancas y oscuras, revestimientos de mosaico trabajados casi como una obra de orfebrería, etcétera.

El Campanile, de planta cuadrada y muy esbelto, con cuatro óculos vacíos, se erguía exento, pero hoy ha quedado “encerrado” en el patio de un colegio y no es accesible.

El Panteón, que es lo que vamos a visitar, se configuraba como claustro de la iglesia. De planta cuadrada, tiene tres galerías con arcadas y vidrieras y dos cúpulas semiesféricas en las esquinas. Sobre la puerta de entrada hay un frontón. Los mausoleos se ubican en torno al jardín interior. Durante muchos años, el recinto apenas recibió atención pública. Estuvo en estado de semiabandono desde la guerra civil hasta su restauración y apertura al público en el decenio de 1980. Actualmente alberga los restos de una docena de políticos, en mausoleos firmados por los mejores escultores de su tiempo: Mariano Benlliure hizo los mausoleos de Sagasta, Canalejas y de Dato, Agustín Querol el de Cánovas del Castillo, Arturo Mélida el del marqués del Duero, etcétera. Aunque la frialdad de los materiales utilizados parece contagiarse al ambiente general, el análisis individual de los monumentos funerarios permite apreciar su potencia expresiva y la belleza de líneas.

Mausoleo de Sagasta, de Mariano Benlliure: detalle

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Terminada la visita, cruzaremos la calle para acercarnos a la Real Fábrica de Tapices. Aquí tenemos que hacer algo de historia. Su origen se encuentra en el mercantilismo del siglo XVIII, es decir, en las ideas incipientes de intervención del Estado en la economía. A la firma del Tratado de Utrecht (1713), que había puesto fin a la guerra de Sucesión, se interrumpieron las importaciones de tapices y alfombras procedentes de Flandes y quedaron desabastecidos los palacios y dependencias reales. Para resolver el problema, Felipe V fundó en 1720, siguiendo el modelo francés, una Real Fábrica de Tapices, que se instaló a las afueras de Madrid, junto a la puerta de Santa Bárbara (cerca de donde se encuentra hoy la plaza de Alonso Martínez). Su primer director fue Jacobo Vandergoten y desde el principio se utilizaron como modelo cartones creados por los pintores de la Corte.

Estos cartones fueron inicialmente de inspiración flamenca, pero a partir de 1746, durante el reinado de Fernando VI, se dio preferencia a los modelos de influencia italiana (Amiconi, Giaquinto) o francesa (Van Loo, Houasse), ampliándose además los temas y aumentando el volumen de trabajo y el prestigio del establecimiento. Su máximo esplendor se alcanzó durante el reinado de Carlos III, cuando se nombró director a Anton Raphael Mengs, que impuso un estilo neoclasicista sin rehuir el pintoresquismo habitual en un arte inconfundiblemente decorativo. Mengs descargó tareas de gestión en el arquitecto Sabatini y a su muerte le sucedió como director Francisco Bayeu. Para entonces se contaba ya con la colaboración como cartonistas de pintores españoles como José del Castillo, Zacarías González Velázquez, Ramón Bayeu y, sobre todo, Francisco de Goya a partir de 1775. Aún se sostuvo el esplendor del establecimiento durante el reinado de Carlos IV, hasta que con la guerra de la Independencia de 1808 se inició su declive.

La merienda a orilla del Manzanares, cartón para tapiz de Francisco de Goya

Luego, durante el resto del siglo XIX, la Real Fábrica mantuvo con altibajos su actividad como manufactura real dedicada a tareas tanto de confección como de restauración (“retupido”) de alfombras y tapices. En 1891 se trasladó al edificio que hoy ocupa, construido según planos de José Segundo de Lema. Este último, arquitecto de los Reales Sitios, siguió en sus edificios una amplia variedad de estilos, como tantos otros coetáneos suyos: su trabajo fue fríamente académico en el Panteón de Infantes de El Escorial, racionalista (y enormemente interesante) en el palacio de Zabáburu (en la calle del Marqués del Duero, junto a plaza de la Independencia) y próximo al neomudéjar en el edificio de la Real Fábrica de Tapices que ahora nos ocupa. El recinto completo está formado por un edificio principal que da a la calle de Fuenterrabía, dos pabellones transversales que se extienden hasta la parte trasera y, en esta, otro edificio exento que se abre a la calle de Vandergoten. En las fachadas, sobre el zócalo de piedra se levantan los paramentos de ladrillo basto, tan solo animados por una suave decoración de inspiración neomudéjar en impostas y ventanas.

Exterior del edificio destinado actualmente a la celebración de eventos

Hemos hablado de la calle de Vandergoten. Este apellido corresponde al de la familia de tapiceros de origen flamenco que durante casi dos siglos dirigió la Real Fábrica, primero a través de Jacobo Vandergoten y sus herederos directos y luego a través de su sobrino nieto, Livinio Stuyck Vandergoten, cuyo carácter emprendedor dio nuevo impulso al establecimiento desde 1786. Tras la crisis de 1808, la Fábrica consiguió retornar a la normalidad, aunque la disminución creciente de los pedidos oficiales, su principal y casi única fuente de trabajo, agudizó las dificultades. Finalmente, en 2002 hubo que crear una Fundación pública que se hiciera cargo del centro para salvaguardar su futuro. Todavía en 2015 tuvo que declararse en concurso de acreedores, aunque la recepción de nuevos pedidos, en gran parte internacionales, la cesión remunerada de algunos espacios para la celebración de eventos y la aportación financiera del Estado, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, a partes iguales, garantizan su continuidad.

Interior de la Real Fábrica

   

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2 ideas sobre “Visita al Panteón de Hombres Ilustres y la Real Fábrica de Tapices

  • José Luis Díaz de Liaño

    Una visita muy interesante. Pudimos ver la extraña arquitectura del Panteón de Hombres Ilustres y quedamos impresionados por la potencia expresiva, por ejemplo, del mausoleo de Sagasta, o la belleza del mausoleo de Canalejas, ambos de Mariano Benlliure.

    Para finalizar, en la Real Fábrica de Tapices conocimos de primera mano la paciencia infinita que exige y la excelencia que refleja una labor artesana con siglos de historia que no debería perderse. Una mañana excelente.