Visita a San Antonio de los Alemanes y San Plácido 5


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San Antonio de los Alemanes

Con esta visita iniciamos la serie que tenemos programada para 2017. Tendrá lugar el viernes 27 de enero, a las 10.15 horas, y en ella contemplaremos la iglesia de San Antonio de los Alemanes y la vecina iglesia del convento de San Plácido. El punto de encuentro será la Corredera Baja de San Pablo 16, esquina a la calle de la Puebla, en la hora citada (10.15 horas). Si vais en Metro, las estaciones más próximas (a 10 minutos andando) son la de Tribunal o la de Gran Vía. La visita tendrá una duración de 2 horas.

La visita está abierta, evidentemente, a socios de Trotea y a familiares o conocidos que les acompañen. Es necesario que confirméis vuestra asistencia con antelación, indicando vuestro nombre y el número de asistentes, a José Luis Díaz de Liaño (teléfono 666 353 221; correo electrónico jdl2008@hotmail.es). El número máximo de asistentes es de aprox. 25 y la lista se formará por orden de recepción de solicitudes. El precio de la visita es de 3 euros por persona (2 euros para la entrada a San Antonio de los Alemanes y 1 euro para la entrada a San Plácido), que abonaremos al llegar al punto de encuentro.

La visita estará conducida por Angela Reina García, profesora de Historia del Arte y guía de la Comunidad de Madrid, que podrá además responder a las preguntas que queráis hacerle.

Para información más detenida sobre la visita, podéis consultar aquí.

Apoteosis del barroco conventual: iglesias de San Antonio de los Alemanes y San Plácido

Empezaremos la visita en la iglesia de San Antonio de los Alemanes (en la Corredera Baja de San Pablo) o, mejor, en las dependencias de la Santa y Pontificia Hermandad del Refugio y Piedad, que es la titular del templo.

La institución nació a principios del siglo XVII, bajo el patronato de Felipe III, como “Hermandad de San Antonio de los Portugueses”, al servicio de los compatriotas que se desplazaban a la villa cuando su país formaba parte de la monarquía española. Al final del siglo, cuando ya se había producido la separación de Portugal, el patronato pasó a Mariana de Austria, por entonces viuda de Felipe IV y madre de Carlos II, como “Hermandad de San Antonio de los Alemanes”, para asistir a las personas de esta nacionalidad. Después, a principios del siglo XVIII, el patronato se cedió a la Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid, que funcionaba en la villa desde un siglo antes.

La Hermandad prestaba ayuda de variadas formas: la “visita” (distribución de limosnas a domicilio), la “ronda de pan y huevo” (recorrido nocturno para entregar a los menesterosos pan y un huevo), las “sillas” (para traslado de enfermos), el “traslado de dementes”, la “acogida de huérfanas”, etc. Con el paso de los años, estas ayudas se han ido adaptando a los tiempos y actualmente la Hermandad regenta un centro de educación infantil, presta servicios de asistencia social y sirve cenas y bocadillos en el comedor, como sustitutivo de la antigua ronda de pan y huevo.

Sus dependencias atesoran pinturas como dos Inmaculadas, una de Francisco Antolínez y otra de Claudio Coello, pero la auténtica joya es la iglesia, construida entre 1624 y 1633 según planos del jesuita Pedro Sánchez. Se ha dicho de ella que constituye una “apoteosis del barroco” y así se advierte en la planta elipsoidal (no hay columnas ni división en tramos, ni por tanto crucero, sino tan solo seis arcos retranqueados que forman otros tantos altares) y en la impresionante decoración pictórica. Los altares albergan cuadros de Eugenio Cajés y de Luca Giordano, y los paramentos murales ofrecen al espectador la fantasmagoría del trabajo de Luca Giordano, realizado ya al final del siglo XVII, con figuras de reyes santos, en la parte inferior, y escenas de la vida de san Antonio, santo portugués, en la parte superior, a modo de repostero. La decoración de la bóveda, anterior en el tiempo, es de Francisco Ricci, que pintó unas bellas “arquitecturas fingidas” en la base del anillo, y de Juan Carreño de Miranda, que cerró el conjunto con la Apoteosis celestial de san Antonio, como remate de tan gigantesco trampantojo. El retablo mayor no es el original, sino uno neoclásico que se ensambló en el siglo XVIII y que tiene una soberbia imagen de San Antonio, del portugués Manuel Pereira. Un conjunto con mucha historia detrás y estéticamente apabullante.

Cuna para expósitos (siglo XVIII) que se conserva en la Hermandad del Refugio

De ahí iremos andando hasta el número 9 de la recoleta y vecina calle de San Roque, para visitar la iglesia del convento de San Plácido.

Pero, antes de entrar, un breve repaso a la historia, ya que el convento fue protagonista de varios sucesos reales o ficticios de la Corte madrileña durante la época de los Austria. Fue fundado en 1622 por Jerónimo de Villanueva, entonces protonotario de Aragón y luego secretario del Consejo de Estado y persona de confianza del conde-duque de Olivares. De hecho, la fundación fue un obsequio de Villanueva a Teresa Valle de la Cerda, antigua prometida suya y la primera priora del convento. Pues bien, un oscuro suceso de posesión demoníaca de las monjas (¿quizá un episodio de histeria colectiva?) producido años después motivó la intervención de la Inquisición, que abrió proceso contra la priora, el padre confesor y el propio fundador, quien salió indemne no sin dificultades. Dice la leyenda que, como expiación, Villanueva encargó a Gregorio Hernández la imagen del Cristo yacente que entregó a las monjas como exvoto y que aún puede contemplarse en una de las capillas.

Menos de historia, y más de leyenda, tiene otro relato referido al convento, este vinculado a la ardiente pasión que, según se dice, sintió Felipe IV por una de las novicias, sor Margarita de la Cruz. Tan ardiente que el monarca llegó a irrumpir en su celda, en connivencia con el fundador Villanueva, a través de un agujero practicado en la pared, aunque el intento quedó frustrado por el fingimiento de su propia muerte por parte de la atribulada joven, advertida de antemano. Nueva expiación legendaria y nuevo exvoto, en este caso nada menos que el Cristo crucificado de Velázquez, que años después aparecería “misteriosamente” en la colección privada de Godoy.

Para remate, todo este clima fue aprovechado por Gonzalo Torrente Ballester para situar en el mismo convento, en su novela Crónica del rey pasmado, un doble y festivo ayuntamiento carnal: del rey con la reina, a la que finalmente podía ver así desnuda, en una celda y del conde-duque de Olivares con su esposa en el coro, ante las monjas vueltas de espaldas, para impetrar el nacimiento de un heredero varón. El episodio, jocoso pero evidentemente falso, se recogió en varios libelos de la época contra el valido.

La verdad es que nada de esto se advierte en la iglesia conventual, mucho más “pacífica” y equilibrada, que se construyó según planos del agustino fray Lorenzo de San Nicolás en la década de 1650, cuando ya habían transcurrido tan tremendos episodios. Al rebasar la portada, sobre la que luce una talla en relieve de la Anunciación de Manuel Pereira, el espectáculo que se ofrece ante nuestra vista es deslumbrante.

El templo tiene planta de cruz latina, aunque las dos naves son muy cortas y sus intersecciones están achaflanadas, por lo que se refuerza la idea de centralidad del espacio. La bóveda y la cúpula llevan pinturas de Francisco Ricci (el mismo artista que colaboró, como vimos, en la bóveda de San Antonio de los Alemanes), en la que destacan los barrocos marcos ficticios y la exuberante decoración vegetal.

Son excelentes las cuatro tallas de santos seguidores de la orden de san Benito que aparecen en los chaflanes del crucero, todas del portugués Manuel Pereira (volvemos a encontrar un nombre conocido: a él se debe, si recordamos, el San Antonio del altar mayor de la iglesia de San Antonio de los Alemanes).

Pero por encima de todo atraerán nuestra vista los tres gigantescos retablos barrocos. Son obra de los hermanos Pedro y Luis de la Torre y destacan por su potencia arquitectónica. Constan de banco, cuerpo (dividido en una calle central y dos laterales por sendas columnas compuestas) y ático, configurando el tipo escultórico que acabaría por llamarse retablo-marco. Su poderosa ornamentación dorada enmarca varias pinturas de Claudio Coello. De ellas, sobresale la Anunciación del altar mayor: pintada por el artista a los 26 años, las figuras de profetas y sibilas de la parte inferior, que remiten a una simbiosis del Antiguo Testamento y la Antigüedad clásica, sustentan una bella imagen de la Virgen, que combina el cromatismo veneciano y la opulencia de Rubens y que tiene una potencia visual sobrecogedora.

Para terminar, en la única capilla del templo, situada a los pies, un retablo de la escuela de Pedro de la Torre con una talla de la Inmaculada. Delante, un Cristo yacente de Gregorio Hernández (ya hemos visto que pudo ser un exvoto del fundador), uno de los mejores de la serie que podemos ver repartida por toda España y que constituye la culminación de su tremendismo barroco.

Altar mayor de la iglesia del convento de San Plácido

 

   

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