Visita a la Bolsa de Madrid



Publicada el 4 de noviembre de 2018

Esta será la octava visita de la serie que tenemos programada para 2018. Tendrá lugar el martes 27 de noviembre, a las 11.45 horas, y en ella conoceremos un recinto que nació tardíamente, a finales del siglo XIX, como Palacio de la Bolsa. Podemos ir hasta 30 personas, que es el tamaño máximo del grupo que admite la Bolsa.

La visita está abierta a socios de Trotea y a familiares o conocidos que les acompañen. Importante: la Bolsa nos exige que facilitemos con 15 días de antelación el nombre y apellidos y el DNI de los asistentes, por lo que es necesario que confirméis vuestra asistencia, indicando esos datos, antes del 10 de noviembre, a José Luis Díaz de Liaño (teléfono 666 353 221; correo electrónico jdl2008@hotmail.es). El precio de la visita es de 3 euros para los socios de Trotea, y 5 euros para los no socios, que pagaremos en el momento de la visita. Recordad llevar el DNI, porque nos lo exigirán a la entrada.

Nos reuniremos frente al edificio de la Bolsa, en la plaza de la Lealtad 1, a las 11.45 horas. La estación de metro más próxima es la de Banco de España (línea 2), pero también es posible llegar en cualquiera de los autobuses que pasan por el paseo del Prado.

Para información más detenida sobre la visita, podéis seguir leyendo.

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Vamos a visitar un edificio emblemático, el Palacio de la Bolsa, en la plaza de la Lealtad. Se llaman Bolsas las entidades privadas que ofrecen las facilidades necesarias para que sus miembros realicen operaciones de negociación de valores mobiliarios, tanto públicos (deuda pública) como privados (acciones, obligaciones). Su antecedente remoto son las Casas o Lonjas de Contratación, de origen medieval, pero su creación en España, como entidades especializadas en ese tipo de valores, es más reciente. Hubo un primer intento en 1809, con José Bonaparte, pero la creación definitiva de la Bolsa de Madrid se produjo en 1831, durante el reinado de Fernando VII, siguiendo los ejemplos ya existentes en París, Londres o Nueva York. Luego nacerían las Bolsas de Bilbao (a finales del siglo XIX) y las de Barcelona y Valencia (ya en el siglo XX).

En la actualidad, estas cuatro Bolsas están integradas en el grupo Bolsas y Mercados Españoles (BME), que es el operador de todos los mercados regulados del país, es decir: a) las Bolsas, b) el Mercado de Renta Fija pública y privada, y c) el Mercado de Futuros y opciones. BME tiene su sede operativa en un edificio del término municipal de las Rozas, pero conserva su sede social en el Palacio de la Bolsa que vamos a visitar.

Treinta millones de reales en un día

Desde su creación, la Bolsa de Madrid contribuyó decisivamente al proceso de difusión de la economía financiera. En la literatura costumbrista de la época se utilizó en ocasiones el término “bolsista” (quien realiza operaciones en Bolsa) con un matiz despreciativo, como hace Antonio Flores (1863) cuando escribe que, en el proceso desamortizador, las ventas de los bienes en poder de las “manos muertas” se hicieron, de hecho, “para pasar de la comunidad de los frailes a la comunidad de los bolsistas”. Pero, en el fondo, las operaciones de Bolsa ayudaron a la conversión de la economía agraria en una economía industrial y permitieron la irrupción de la burguesía financiera como motor de la “burguesía liberal” que dominó la vida española hasta bien entrado el siglo XX.

En este proceso, la Bolsa creó fortunas y acabó con ellas, y el anecdotario al respecto es interminable. Así, en 1844, tras un “pelotazo” bursátil, el futuro marqués de Salamanca ganó en un día 30 millones de reales, cifra astronómica para la época, pero pocos años después, en 1866, el pánico bursátil supuso una pérdida global de valor de los títulos estimada en un 50% en solo un mes. La crisis duró hasta 1868 y se repitió en 1871-74, al encadenarse con una gran depresión económica mundial causada por la quiebra de un banco en Estados Unidos.

En todo caso, al margen de esta evolución histórica, la Bolsa de Madrid no tuvo durante décadas una sede acorde con su importancia. En el momento de su creación compartió con el Ateneo Científico y Literario la llamada Casa del Consulado, en la plazuela del Ángel (esquina con la calle Carretas), donde el Tribunal de Comercio celebraba sus audiencias. Luego ocupó otras dependencias públicas o privadas (incluso cafés o un circo ecuestre), como un inmueble de la Compañía de Filipinas y, tras la desamortización, antiguos conventos como el de San Martín, el de las Bernardas o el de los Basilios. Por fin, en 1878, en una época de bonanza económica, se decidió la construcción del actual edificio, levantado como Palacio de la Bolsa, en el solar que ocupaba antes el cuartel de artillería del Buen Retiro.

Convocado el pertinente concurso público, el proyecto se adjudicó a Enrique María Repullés y Vargas. Tras una difícil financiación, para la que llegaron a emitirse acciones de la Bolsa y luego dos series de obligaciones hipotecarias, el edificio fue inaugurado en 1893 por la regente María Cristina, madre del futuro Alfonso XIII. Las dificultades financieras todavía perduraron, hasta que en 1921 el Estado tuvo que aprobar un crédito extraordinario para cubrir la deuda y el inmueble pasó a ser propiedad de Patrimonio Nacional.

Un edificio ecléctico de porte monumental

En sus obras, Repullés se adscribe al eclecticismo monumentalista que le relaciona de algún modo con Velázquez Bosco, autor del actual Ministerio de Agricultura. Como él, demuestra una gran potencia en los recursos empleados, aunque su eclecticismo es de más amplio espectro, sobre todo en algunas obras realizadas fuera de la capital: por ejemplo, fue neogoticista en determinadas restauraciones y neoplateresco en el espectacular Ayuntamiento de Valladolid. En este madrileño Palacio de la Bolsa, Repullés muestra un clasicismo atemperado, el mismo que se advierte en otras sedes bursátiles europeas del siglo XIX.

El edificio es de planta irregular. La fachada principal presenta tres cuerpos verticales y cinco horizontales, de los cuales los extremos son saledizos, los intermedios están retranqueados y el cuerpo central vuelve a avanzar sobre la línea de fachada. Este último tiene un pórtico hexástilo, como el de Juan de Villanueva en el Observatorio Astronómico, de orden corintio, que llega a la segunda planta y se corona con un ático y un escudo.

Detalle de la fachada

En planta, tras la fachada se disponen una crujía paralela, un vestíbulo y la amplia Sala de Contratación o Parquet. Esta última, con aspecto de basílica romana, tiene dos plantas, ambas separadas del espacio central, en todo su perímetro, por sendos deambulatorios con amplios arcos apoyados en pilastras (en la planta primera) y columnas (en la planta segunda) también de orden corintio. Unos lunetos en la parte alta y la vidriera plana del techo, soportada por una estructura de hierro, dan amplia luz al interior.

Sala de Contratación, o Parquet

Tiene interés la decoración, muy cuidada y variada, obra del escultor Francisco Molinelli, que intervino también en la decoración de la basílica de San Francisco el Grande, y del pintor Luis Taberner, afamado retratista del que se exhiben varios lienzos en el Museo del Prado. Un motivo omnipresente es el caduceo, la vara del dios Mercurio, patrón del comercio, rodeada por dos serpientes y coronada por dos alas. En el mundo de la Bolsa, la vara significa el árbitro, las serpientes prudencia y las alas velocidad. En las enjutas de los arcos de la planta superior se disponen los nombres de las ciudades con las que España mantenía en aquel momento relaciones comerciales destacables y los escudos heráldicos de los países correspondientes. En torno a la vidriera del techo, una serie de pinturas evocan la economía española del XIX a través de los escudos e imágenes características de las provincias españolas más representativas del momento, presidiendo la leyenda: “La paz protege a España y al comercio”. 

 

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