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‘La almendra central’




Publicado el 11 de junio de 2020.

Un relato de Julio V. Martín.

Aurelio se bajó del autobús en el cruce la calle principal con la que había sido su antigua calle, esto es, donde había venido a este mundo allá a finales de los años cuarenta del siglo XX en Ciudad, aquella capital de provincia. Se había propuesto estirar un poco las piernas al tiempo que iría comprobando los cambios que habían acontecido en la calle durante su prolongada estancia fuera del país. Era una forma como otra cualquiera de probar su memoria, o lo que quedaba de ella, así como de medir el paso del tiempo y el modo en que éste había incidido en esa pequeña patria chica de la que aún conservaba fragmentos de recuerdos.

Y así, comenzando por la acera de los pares del principio de la calle fue comprobando cómo determinados establecimientos comerciales habían cambiado sensiblemente desde los tiempos en que los recorría de la mano de su madre. No existía ya aquel almacén de tejidos al que periódicamente acudían donde su madre encargaba los dos metros y medio de tela necesarios para confeccionarse el vestido de la temporada, pues el prêt-à-porter todavía no había hecho su aparición o cuando menos aún no se había generalizado, tejido que junto con sus complementos llevaría después a la modista para iniciar la consabida rutina de toma de medidas, pruebas diversas y posteriores ajustes o rectificaciones hasta dar con la prenda finalmente acabada a plena satisfacción de la clienta, en este caso su señora madre.

Aurelio se limitaba a observar los diversos elementos en juego en toda esta operación: en el almacén de tejidos, los rollos de telas perfectamente alineados en las estanterías y clasificados más o menos por su espesor o calidad: popelines, sargas, vichís, piqués, lonetas, panas, arpilleras, felpas, etc. Le fascinaban especialmente las herramientas u objetos de trabajo del tendero encargado de mostrar los tejidos, aconsejar en función del uso del mismo, si de verano o invierno, o incluso una categoría que se impondría también en la sastrería masculina, el entretiempo. Estos objetos o herramientas eran fundamentalmente tres, el metro, que era una regla de madera de 100 cm., las tijeras que eran enormes, aunque a veces solo se utilizaban para abrir camino con un corte inicial pues el resto lo suplía la habilidad del dependiente tirando fuertemente con ambas manos consiguiendo un corte preciso de la tela. La recogida del rollo demostraba también la habilidad del que está acostumbrado a hacerlo. Dejando para el final el tercer elemento que me siempre le atraía especialmente, el jaboncillo de sastre, especie de tiza con la que marcaba la tela una vez medida y que después vería en las modistas y sastres para el diseño de los patrones.

El panorama en el taller de la modista venía a ser una rebaja en la escala de algunos de los elementos observados en el comercio de telas. Así, la cinta métrica de hule que colgaba del cuello de la costurera contrastaba con la rigidez de la madera. Del brazo de la maestra o aprendiza destacaba el acerico con los alfileres e imperdibles, algunos de ellos de cabeza de colores, los llamados bonis, que también utilizaban tanto niñas como niños para diversos juegos y eran transportados en unos acericos improvisados hechos con papel de periódico que se doblaban en forma triangular. Como era inevitable que algunos alfileres cayeran al suelo, a veces las modistas disponían de un imán para recogerlos. Esto de los bonis, fonéticamente siempre le recordaban a Aurelio, a pesar de sus leves conocimientos del idioma inglés, una vieja canción escocesa que había aprendido hacía años y que solía cantar en compañía de los primeros estudiantes norteamericanos que empezaban a venir a las facultades de letras para aprender o mejorar su español:

My Bonnie lies over the ocean

My Bonnie lies over the sea

My Bonnie lies over the ocean

Oh bring back my Bonnie to me…

Luego estaban las cristalerías que también eran tiendas de regalos y que había que visitar para reponer alguna pieza de la cristalería casera que se habría roto y sobre todo cuando había que hacer algún regalo con motivo de alguna boda o acontecimiento social. Para ello se elegía alguna figura, bandejas de plata o alpaca, juegos de té o café, cuberterías o algo similar, toda vez que la costumbre de recurrir a los grandes almacenes no se había generalizado en todos los hogares fuera de aquellos de clase media o alta, más al tanto de las modas y los usos de otros países.

El tercer elemento que se había transformado eran los bares, que en aquellos tiempos de seguían llamando cafés y eran lugares que constituían una suerte de prolongación del hogar familiar. Estos cafés-salón, posteriormente llamados cafeterías solían ser lugares confortables a los que acudían diversos parroquianos como jubilados, rentistas, negociantes -- más bien estraperlistas --, o vendedores de lotería. En algunos de ellos se daban cita escritores, poetas o actores de teatro o cine pues funcionaban a veces como bolsas de contratación, tampoco faltaba alguna hetaira o mujer de vida alegre, profesional o forzada por su circunstancia personal, viudas, separadas. Y tampoco solía faltar una figura importante, el cerillero-limpiabotas, custodio eventual de secretos de la clientela y suministrador de labores de tabacos fuera de los circuitos oficiales de la compañía arrendataria del monopolio.

Otros establecimientos que habían desaparecido eran las vaquerías, de las que en cada barrio había varias. El suministro de leche debía hacerse de forma tradicional a la caída de la tarde cuando ordeñaban a las vacas manualmente, si bien también existían en las proximidades despachos de leche, pero a veces la pureza no estaba garantizada y siempre existía la sospecha, posiblemente infundada en muchos casos, de “bautismos” clandestinos.

Aunque la compra de alimentos se hacía a diario transportándose en aquellas bolsas de retales de piel omnipresentes en todas las casas, empezó a extenderse el uso de las neveras de hielo, hielo que se compraba en las fábricas que había en cada barrio y que Aurelio recordaba perfectamente porque él, por ser el mayor de los hermanos, era el encargado de comprarlo y aún recordaba su precio: 2,60 pesetas el cuarto de barra.

Y en esas estaba, recuperando sus viejos recuerdos y comprobando la evolución experimentada en su viejo barrio, cuando decidió cambiar de acera para adquirir tal vez una nueva perspectiva. Y entonces pasó algo de naturaleza totalmente fortuita, posiblemente por un exceso de confianza al pisar terreno conocido, un despiste propio o ajeno, el caso es que al llegar cerca de su antiguo domicilio, una furgoneta de reparto efectuó un repentino giro y sucedió lo que nunca debió haber tenido lugar si la atención no hubiera decaído un solo instante. Pero es así como suceden las cosas, un mal cálculo, una distracción, en fin. Él sintió el golpe, se vio proyectado por el aire y fue consciente de su caída, pero eso fue todo, el resto, oscuridad y pérdida de consciencia de lo sucedido.

¿Qué es esto, qué hago yo aquí? Me cago en la puta, ¿quién me ha traído aquí? No entiendo nada, vagamente recuerdo que estaba cerca de mi casa, iba a subir, supongo, mis padres y hermanos me estarían esperando. Pues que me esperen, coño, la verdad es que no estoy mal, no me duele nada y tampoco tengo ganas de comer.

No veo a nadie, solo un pálido reflejo y la aparición gradual de algunas sombras que en lugar de proporcionarme la calma que necesito parecen agitar imágenes que creía olvidadas o al menos no recordaba que hubieran acudido a mi imaginación anteriormente. Pero ello en lugar de inquietarme lo que hacen es espolear mi interés y entonces noto que intento zambullirme en ellas movido por la curiosidad.

Algo debía estar pasando en la evolución del herido de difícil valoración pues lo cierto es que el yacente Aurelio inició una serie de movimientos que pudieran favorablemente interpretarse como si estuviera buscando una postura más cómoda.

Las primeras imágenes que empiezan a formarse en mi coco son la cocina de un piso y un niño andando por ella. La cocina como pieza de la casa está amueblada según la moda o costumbre de la época: una de las llamadas entonces cocina económica, esto es de carbón y leña como combustible, una pila-fregadero de piedra artificial de un color un tanto indefinido tirando a beige, con su correspondiente tabla de madera para el lavado de ropa con una sección central ondulada para mejorar el restregado de la ropa enjabonada; un armario de cocina con la parte superior abierta tipo vasar y dos filas de cajones en la parte inferior. Una repisa en alto cubierta con una especie de blonda que albergaba cacerolas y otros cacharros y, a falta de alacena o despensa, una fresquera que era una concavidad en la parte inferior de la ventana que daba al patio interior de la finca cerrada al exterior por una tela metálica y que se utilizaba principalmente para guardar las latas y alcuzas del aceite y las frutas y verduras, así como algunos utensilios de barro para los asados que por su tamaño no cabían en otras partes de la cocina.

Y recuerdo el suelo de la cocina de baldosas color tierra, ya un tanto desgastadas por el uso y los infinitos fregados con algunas de sus juntas o llagas un tanto abiertas pues habían perdido su antiguo acoplamiento y presentaban huecos que se habían ido rellenando de desperdicios o restos de jabón y polvo. Y he aquí que un buen día, estando yo pululando por la cocina al fijar mi vista en el suelo vi algo que me hizo fijar la vista. Entonces comencé a percibir algo que se me antojó como un punto brillante y que llamó especialmente mi atención, ejerciendo en mi una fuerte atracción, un punto en el que se concentraba todo mi universo conocido. En uno de esos huecos brillaba, más bien destacaba, algo de un color blancuzco casi tirando a crema que yo sin mucho pensarlo identifiqué casi inmediatamente: parecía, no podía ser otra cosa que una almendra, algo que yo apreciaba especialmente. Yo conocía de sobra este fruto seco pues solía acompañar a mi padre a los bares o tabernas donde después de su jornada laboral solía acudir a diario, dado que en aquellos tiempos, la única distracción en los hogares era leer la prensa diaria, matutina y vespertina, pero totalmente previsible y aburrida, el periódico de sucesos, El Caso, y escuchar la radio, los partes oficiales de noticias a sus horas fijas de la comida y cena y algún que otro programa de entretenimiento por la noche. El teléfono no estaba completamente generalizado y la única forma de socializar era el recorrido habitual por la hostelería del barrio; después de comer, para jugar la partida, en el caso de mi padre de ajedrez, y después de trabajar para recorrer las “estaciones”, o sea las tabernas del barrio donde se iba uno encontrando con diversos círculos de amistades. Como los niños no solíamos alternar con los mayores, nos lanzábamos a los aperitivos, costumbre esta de la tapa, que existía desde tiempo inmemorial y que consistía en aceitunas, cacahuetes, saladillos o panchitos y excepcionalmente, almendras, a las que yo me aficioné ya fueran crudas, tostadas, fritas o garrapiñadas. En casa solía haber con frecuencia almendras, incluso por Navidades en forma de sopa y por supuesto acompañadas de turrón de Alicante. Así que no lo dudé, al ver la almendra en el suelo desafiante como queriendo decir, cómeme, me lancé sin más por ella. Ya me extrañó un poco al arrancarla pues tratándose de un fruto duro tendría que haber salido rápidamente y la noté un poco blanda, pero era tal mi ilusión que no lo pensé más y rápidamente una vez desprendida me la llevé a la boca. Y aquí llegó la decepción: no era una almendra, era un trozo de jabón de color claro que había quedado incrustado en uno de los huecos de las baldosas. Lo escupí rápidamente y asumí la lección de que a partir de entonces tendría que tener más cuidado al tomar una decisión, que el precipitarse uno ello podría acarrear sorpresas que después habría que lamentar. Por un lado, me parece que fue una lección necesaria, pero a veces me ha entrado la duda de que si se piensan demasiado las cosas, terminan por no realizarse y se pierden oportunidades de todo tipo, pero la vida debe ser así, llena de sorpresas, azarosa y a veces no es fácil optar por una cosa u otra pues siempre parecerá que faltan datos en el problema y en definitiva estaremos sujetos a la mayor o menor aversión al riesgo que tengamos que no solo depende de uno mismo sino de circunstancias ajenas.

Aurelio en ese momento comenzó a agitarse y a musitar palabras ininteligibles como si durante un buen rato hubiera estado haciendo un esfuerzo interno importante hasta entonces imperceptible que le obligara a buscar una nueva posición.

Aunque me sirviera de lección, no me es agradable recordar este asunto así que de todas las sensaciones que se me apelotonan en la memoria intentaré escoger otras no sé si más placenteras, aunque temo que se me mezclen entre sí pues no acuden de forma nítida.

Una de ellas es los primeros recuerdos y uno de ellos, quizá el más importante, tiene que ver con el tiempo o más concretamente con la edad. En efecto se puede decir que mi toma de conciencia quizás tuvo en el lugar, no podía ser en otro, donde se cocinaban las cosas, o sea en la cocina. Yo tenía una hermana dos años mayor, y para mi entonces ello era una distancia considerable a la que se unía su condición femenina para que yo pudiera tener una referencia o afinidad próxima. Por tanto supongo que debía tener entre dos y tres años cuando empecé a plantearme los problemas o relaciones de edad, llegando a la conclusión que los cinco años constituían una barrera de madurez o crecimiento considerable. Quizás la escolaridad que en aquellos tiempos estaba algo más retrasada, hasta los cinco años no se consideraba necesaria, me hubiera ayudado a establecer mejor estas coordenadas, pero mis padres no vacilaban en dejarme en casa a las primeras de cambio cuando no me encontraba bien o tenía alguna décima de temperatura. El colegio, clase de párvulos del mismo al que iba mi hermana, regido por monjas, no se veía pues favorecido con mi continua presencia pues o no se le daba importancia a esa temprana edad en cuanto podría significar para la formación del niño o se tenía clara la prioridad de la salud con respecto a la enseñanza que no podría ser gran cosa dada la edad. No sé si eso perjudicó mi temprana formación, casi diría que la favoreció, porque quizás despertó en mi una naciente curiosidad por todo tipo de cosas, esto es, en cierta medida debí sustituir la formación externa por la propia o el autoaprendizaje. Pues mira qué bien.

En la clase de párvulos no lo pasaba mal aunque siempre me solía llevar alguna regañina en casa cuando se enteraban, bien mediante chivatazo o confesión propia, que solía compartir el bocadillo con un compañero sin duda más necesitado que yo de él porque yo lo hacía sin que ello me causara mayor problema ni me sintiera intimidado que yo recuerde. Se puede decir que el curso pasó sin mayor pena ni gloria ni incidencia desagradable. Y digo esto porque allí fue mi primera toma de conciencia de un aspecto desagradable de la vida fuera del hogar familiar: el castigo, la represión. El que a juicio de la profesora se portaba mal o tenía un rendimiento bajo en relación con lo exigido le tocaba purgar una penitencia en un cubículo junto a la escalera, que en realidad era una leñera o cuarto de los trastos y que nosotros los sufridos alumnos motejábamos como “cuarto de las ratas”, aunque nunca hubiéramos visto un roedor rondando por allí. No recuerdo haberlo probado, señal de que no hice los méritos exigidos para ello, pero sí me asomé alguna vez cuando estaba abierto ya que cuando estaba ocupado se cerraba con llave.

Mejor lo pasé en el curso siguiente, semipárvulos, pues algo tenía que notarse el progreso en todos los órdenes que experimenté dada mi escala de medición temporal. Supongo que incorporé a mi conocimiento más de una dimensión, entre ellas las relaciones personales. Éstas ya no se limitaban a completar las carencias alimenticias de los compañeros sino a intercambiar informaciones y sensaciones con los compañeros, extremando el cuidado de no sobrepasar ciertos límites que pudieran hacerme merecedor de arresto en el famoso cuarto antes mencionado. Lo más notable era la operación de inmersión al modo de los submarinos. Me explico: como la comunicación en superficie estaba limitada y ofrecía cierto riesgo, lo mejor era sumergirse poco a poco y desaparecer controladamente de la vista de la profesora. Naturalmente todo ello precisaba de una cierta complicidad que yo tenía en mi pelirroja compañera apellidada Estrada que sintonizaba perfectamente con la operación. Y así, y siempre vigilantes, solíamos desaparecer de escena para poder sentir algo de independencia y libertad. Como había bastantes alumnos en clase apenas se notaba nuestra ausencia y si alguna vez nos pillaron, supongo que la disculpa esgrimida sería que estábamos buscando algo, un lápiz, una goma, que a alguno se le había caído y el otro le ayudaba a encontrarlo. Puede parecer algo banal este contacto intergénero pero tenía el valor de ser el primero que rompía la barrera que en aquellos tiempos era importante entre chicos y chicas, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de ese curso de semipárvulos se instalaba en el colegio la separación de sexos que iba a ser ya una constante a lo largo de toda la primaria y el bachillerato. El colegio era a partir de entonces exclusivamente femenino como correspondía al ser regido por monjas.

En mi afán por enterarme de todo me gustaba acompañar a mi padre, vendedor de maquinaria industrial, a visitar talleres e industrias artesanales de todo tipo. Los barrios en aquellos tiempos tenían una composición mixta, residencial y artesanal o industrial, incluso con algún ejemplo de industria primaria, como vaquerías. Así, desde mi temprana edad vi lo que era un torno, una fresadora, un taladro, artilugios de los que aunque me solían explicar su funcionamiento no alcanzaba a comprenderlos en su totalidad, pero que quedaban impresos en mi cabeza. Lo de las vacas era otro cantar. En el barrio existía al menos tres vaquerías. La más próxima, una edificación baja con jardín y cobertizo, era sin embargo la más desconocida pues en casa a mi madre no le inspiraba la menor confianza. Estaba regida por una familia un poco siniestra, conocida por los “coreanos” (era la época de la guerra de Corea) y sí, tenían un aspecto raro, desaseados, el padre de la familia que regía el negocio, era un tipo enjuto, con el pelo cortado al cero lo que le daba un aspecto oriental y de ahí por extensión el apelativo cubrió a toda la familia. Enfrente había un despacho de leche que correspondía a la vaquería de una calle próxima a la que solíamos acudir a la caída de la tarde con alguno de mis hermanos y mi madre. Aunque estaba algo más lejos, creo que mi madre lo prefería porque en aquellos tiempos en que se había salido de una época de escaseces, existían aún algunos complejos o sospechas sobre ciertas cosas y una de ella era el “bautismo” de la leche, más fácil de realizar en el despacho que en la propia vaquería donde se podía asistir directamente al ordeño, manual, de las vacas. Ello era más de una sospecha porque el que suscribe vio una vez pararse al mozo repartidor del despacho, hijo de los dueños, ante una boca de riego y proceder a oficiar dicho sacramento para completar el llenado de las cántaras. Efectuado el cual, siguió su camino pedaleando el triciclo de cajón delantero típico del reparto lechero.

  • ¿Qué tal va el paciente?, preguntó el jefe del servicio desde la puerta de la habitación.
  • Parece que va reaccionando, se agita, respondió el cirujano. Eso puede ser indicativo de cierto trabajo mental y por ahí se empieza, esperemos que siga el movimiento. Pero aún es pronto para anticipar una rápida recuperación, aunque soy optimista. Veremos…

Otro recuerdo que me asalta era la compra diaria. Como queda descrito, las casas no tenían por lo general lugares apropiados o alacenas para almacenar las provisiones. Consecuencia de ello era la necesidad de efectuar la compra diaria. Prácticamente en cada esquina había una tienda de comestibles, ultramarinos, bodega o abarrotes. Cada madre tenía una preferida y recurría a las demás para productos específicos. La “nuestra” era la de Horacio, viejo tendero ayudado por sus tres hijos, Pablito, Mario y Juan. Pablito era todo un espectáculo, mostraba una habilidad casi automática tanto en el manejo de la lata de galletas grande con la que se ayudaba para servir las patatas que extraía de un saco que iba remangándose a medida que se iba vaciando, como en la apertura de las latas grandes de bonito en escabeche o en el manejo de la bomba con la que se sacaba el aceite de su bidón. Y no digamos con la inquietante guillotina o cuchilla de partir el bacalao. Al final, al hacer la cuenta a mano, con gran dominio gráfico en la terminación de los números, no olvidaba la obligada jaculatoria comercial: ¿alguna cosita más?, para acto seguido colocar su lápiz sobre la oreja. Yo mientras tanto me entretenía observando la máquina registradora NCR y la báscula Van Berkel, con sus pesas, aparato sobre los que también recaían las sospechas de que sus mediciones solían inclinarse a favor del negocio. Pero sin duda lo que me dejó más impronta fueron las cartillas de racionamiento que había que llevar y donde se pegaban unos cupones. A la hora de despedirnos a veces Juvenal me ofrecía unos caramelos que sacaba de una pila de botes de cristal que sujetos por un soporte metálico ocupaba parte del mostrador.

Otra ventaja de la tienda de Horacio era que a la vuelta de la esquina estaba la frutería con lo que se optimizaba el recorrido. La frutería, regida por un tal Arcadio, era también huevería y a mí me fascinaba la tarea del frutero revisando los huevos uno a uno con la ayuda de una lámpara para detectar los que estaban engallados o defectuosos por no ser aptos para el consumo. Tal vez por la proximidad entre ambos negocios y el frecuente roce, en mi infantil percepción tempranamente caí en la cuenta de que uno de los hijos del tendero y una de las hijas del frutero tenían alguna afinidad que yo no sabía aún traducir bien. Más tarde parece que esa afinidad decayó y fue sustituida por la de otro tendero próximo, lo que para mí constituyó una primera señal de la complejidad de las relaciones humanas y tal vez la aparición de un nuevo impulso que más adelante tal vez injustamente identificaría con el interés material.

Alguna vez, sin embargo, traicionábamos a Horacio y cruzábamos a la otra tienda de enfrente, la de Cabrera, que a mí personalmente me gustaba más pues era más grande, estaba mejor amueblada con aquella carpintería típica de las tiendas de comestibles, con vitrinas de cristal, cajones para los artículos a granel, etc. No sé por qué a mi madre le daba menos confianza pues el aspecto general era superior. Problemas de fidelidad comercial de la que a veces es difícil librarse.

Con tan poca edad yo solo era un apéndice de mi padre o de mi madre, apenas tenía amigos fuera de las relaciones antes comentadas del colegio de monjas, amistades que perdí cuando abandoné forzosamente el centro. Y no fue hasta que no alcancé la edad de siete años cuando ya empecé a aterrizar en la realidad que habría que rodearme en círculos cada vez más amplios. Dicho de otra manera pasé de ser algo insignificante pero consciente a algo más consciente pero bastante menos insignificante.

Y fue el momento de ir al colegio ya en serio, lo que quería decir a un colegio de chicos, que inevitablemente era un colegio de curas. No iba a salir pues del frufrú sotanil pero al parecer en aquellos tiempos no había, al sentir de una familia media de clase ídem otra opción. La escuela pública no se contemplaba y la única referencia que se tenía eran los jesuitas. Se imponía consultar con quien sabía o se erigía en referencia inmediata: el farmacéutico. Y claro, como buena referencia, apoyada en la tradición y su propia historia, estaba en exceso solicitada, con lo que se tuvo que recurrir a la segunda opción, los escolapios, orden también volcada a la enseñanza y no exenta de cierta fama.

Y entre unas cosas y otras, entre las dudas fue pasando el tiempo y el curso ya había empezado. No fue hasta noviembre cuando por fin puse un pie en mi nuevo centro escolar donde acompañado por el prefecto P. Heliodoro, fui asignado a un grupo de la sección de enseñanza primaria allí denominada elemental. Aun recuerdo los perdigones que lanzaba el prefecto al recibirme y posteriormente cuando me acompañó al aula para efectuar la presentación en dicho grupo como nuevo alumno a D. Leandro, el profesor. ¿Qué le pasa a este hombre?, me va a duchar, pensé. Pero lo que sí me sorprendió enormemente fue que al entrar en el aula, automáticamente toda la clase se puso de pie, algo a lo que yo, en mi escasa experiencia escolar, no estaba acostumbrado y no solo eso sino que se hizo el más absoluto silencio, un silencio que yo era la primera vez que sentía y que para mí, califiqué de ensordecedor, de repente como si el mundo se hubiera detenido. Fue sin duda mi primer contacto con la autoridad masculina y la disciplina tipo militar.

Ni que decir tiene que el choque en general que experimenté fue brutal, nada parecido había vivido anteriormente, esa rigidez me dejó paralizado, como también lo fue el sistema de enseñanza mucho más reglamentista y de una rigidez nueva para mí. Mis conocimientos a esa edad, siete años no podían ser muchos, pero fue como pasar de las sumas y restas de las monjas a la multiplicación y división de los curas. Dos mundos y un fuerte escalón. Cómo sería que enseguida tropecé con las nuevas exigencias y la ligera ventaja de los que ya hacía un mes que habían empezado las clases y sí, tropecé pero fue en primer lugar con la tabla de multiplicar que había que aprender de memoria. Quedé paralizado, no traía recursos para adaptarme a la estructura del nuevo centro de enseñanza. Pero, seguramente fue también mi primer encuentro con la suerte en forma de ángel de la guarda y un compañero sentido detrás de mí se percató de mi bloqueo y tocándome en el hombro musitó: muchacho, muchacho, no te preocupes, que yo te ayudo, o algo así. Lo de muchacho visto en perspectiva no era de uso corriente en la ciudad, con lo que ahora que lo pienso, Tera, que era el nombre del imprevisto ayudante, debió ser un alumno interno, detalle que me introdujo por primera vez en la diversidad de origen del alumnado, ya que los de ciudad hubiéramos dicho chico, chico. Pero efectivamente, aquella tabla del siete se pudo completar gracias a esta ayuda y enseguida capté el estilo de presentación requerido con lo que su ayuda ya no fue necesaria en lo sucesivo.

El curso pasó rápidamente, y lo más notable de él fue la preparación para la primera comunión que se celebraría en el mes de mayo como era de rigor. Recuerdo que como coincidía con mi cumpleaños en el mismo mes y ya desde entonces, tal vez por timidez o simple rechazo de rituales, no era muy partidario de las celebraciones, conseguí que ambas efemérides tuvieran lugar el mismo día, algo que recuerdo me fue muy criticado pues al refundir los acontecimientos perdería en la operación algunos regalos, lo que para mi carecía de importancia.

Y fue en el curso siguiente de preparatorio para ingreso donde exhibí una mejor adaptación y aprovechamiento. Enseguida destaqué en casi todos los aspectos y el profesor, padre Apolonio, vio en mí al parecer el alumno modelo para el resto de la clase. Era el que no se torcía al escribir en el encerado, el que tenía la letra más aceptable, derivada de la caligrafía aprendida en los métodos rayados del curso de primaria. Pero el conocer la gloria también me hizo conocer los inconvenientes de la misma, el dolor, pues surgieron nuevas reacciones que yo no había sentido anteriormente o por lo menos no había sido consciente de su existencia. Y fueron los celos o la envidia de aquellos compañeros que sentían que sus méritos no eran reconocidos. Pero también la lealtad sincera o aparente, coyuntural o permanente, es decir algunas de las características del ser humano y que yo empecé a percibir a la temprana edad de 9 años. Edad en la que la retórica o dialéctica no había hecho todavía su aparición y las diferencias se arreglaban en lugar de con palabras con las manos, esto es, enzarzándose en luchas afortunadamente sin graves consecuencias. Y en esas ocasiones surgió en mi recuerdo por vez primera una nueva fuerza en las relaciones personales: el alineamiento en torno a lo que supongo eran los primitivos impulsos como la admiración, la fuerza, la ocasión de venganza, etc. que además de constituir un refuerzo de las propias posiciones prefiguraba desde ese inicio las formaciones de los grupos en torno a valores compartidos, sean éstos deportivos, culturales o de prestigio personal.

  • ¿Qué haces, por qué me empujas? El envidioso París, especie de bulldog pues era más bien ancho y fuerte y de cara poco amistosa me retó una vez que el profesor estaba ausente. El motivo no era importante, era una especie de lucha por la hegemonía del grupo.
  • Yo te puedo hacer una llave, mira. Y acto seguido me dio el abrazo del oso al tiempo que me intentaba clavar su barbilla en mi pecho.
  • Me zafé como pude y fui yo quien le sometió contra el suelo hasta conseguir su rendición.
  • Métete la camisa, que no se note que has luchado, indicó mi “ayudante” del combate y partidario, Felipe, desde entonces mi incondicional.

Con los más altos honores y calificaciones pasé ese curso preparatorio y di el salto al curso umbral del bachillerato elemental según la organización imperante, el de ingreso. Y vaya que se notaba el cambio. De entrada el profesor era un viejo maestro seglar con más conchas que un galápago según el dicho que ya había aprendido. La relación ya no era de tipo paterno-filial como en el anterior curso sino más bien de la vieja escuela, mayor nivel de exigencia, disciplina más marcada y el agravamiento de los aspectos represivos de las conductas impropias. A tal efecto me viene no sé cómo a la memoria una anécdota que podría muy bien ilustrar este desagradable aspecto. Había en el curso un alumno que siempre presentaba un cierto retardo en su asimilación de las enseñanzas impartidas por el profesor D. César y que invariablemente no respondía satisfactoriamente a las preguntas que éste le planteaba. En consecuencia, un día tras otro le caía un castigo que consistía en ponerse de rodillas en un extremo de la tarima del profesor hasta la salida de la clase o cuando lo decidiera la autoridad. Pero sucedió una vez que el verdugo, no contento con ello pues debió parecerle de cierta levedad el castigo o bien el condenado había hecho algún gesto bien de cansancio o que pudiera interpretarse de burla o falta de respeto decidió pasar a mayores, esto es al castigo personal. Ya apenas se estilaba el castigo clásico de la escuela tradicional, los golpes en la mano con la regla, pero la bofetada sí había permanecido como recurso ocasional de los educadores y eso fue lo que el profesor decidió pero, no se sabe si por afán innovador o para dar salida a algún registro sádico, ceder este privilegio a un verdugo auxiliar con lo que aparte de satisfacer personalmente su necesidad de afirmación de autoridad probablemente debió pensar que ello también podía constituir un recurso pedagógico que formaría la personalidad del elegido para el futuro cuando se viera en una situación en la que tuviera que aplicar la fuerza. Obviamente no debió pensar el aspecto negativo que ello podía conllevar como el acostumbrar desde una edad temprana al uso de la violencia.

Siguiendo una lógica de kappo de campo de concentración giró un vistazo sobre la clase para elegir bien al “voluntario” apropiado para tan elevada misión y la mirada se detuvo en un servidor que era uno de los más sobresalientes de la clase y podría constituir un ejemplo para la víctima. Y he aquí que no tuve otra opción que llevar a efecto, ejecutar sería más apropiado en este caso, tal misión. Y lo debí hacer a satisfacción del mando porque no tuve que repetir el castigo como a veces sucedía en las decapitaciones que al no ser limpias al primer tajo debía reiterarse incluso varias veces. En compensación, tal debía ser entonces la aceptación del método, no le quedó a la victima ningún resquemor y seguimos siendo amigos como si nada hubiera pasado y en mí solo quedó un vago recuerdo desagradable en la memoria pero al menos que yo pueda reconocer, tampoco secuela alguna de tan extraño y desafortunado lance que por fortuna no tuvo nueva ocasión.

Don César tenía otras manías o más bien mañas. Como profesor no se puede decir que fuera malo tampoco nada extraordinario, pero pocos, aunque algunos siempre hubo, son de esos que dejan recuerdos imborrables y que a veces son reflejados de forma admirativa en la literatura o el cine que trata de ensalzar la enseñanza en la figura de los docentes. En cuanto a sus manías o más bien comportamientos dudosos recuerdo uno que a pesar de mis pocos años capté perfectamente. Se aproximaban las vacaciones de Navidad y un buen día nos lanza la siguiente proclama: “Muchos días, cuando salgo por la puerta principal del Colegio, el portero me dice que algunos padres le preguntan por mi dirección a fin de poderme hacer llegar algún regalo para estas fiestas. Como no es cosa de que los dejen en la portería, os voy a poner aquí las señas de mis domicilio para que los envíen directamente allí, así sacad papel y lápiz y apuntad” y acto seguido y con su más cuidada letra escribió César Marrón, Calle Luis Pereda, 6, 5º D. Todavía me pregunto cómo fui capaz de valorar aquella jugada pues ninguno de mis compañeros comentó jamás nada. No sé si lo harían en sus respectivas casas o simplemente lo considerarían como algo normal, el caso es que nunca me llegó noticia al respecto.

Según estoy recordando esto estoy notando como una sensación extraña, no sé si estoy todavía en el mundo de los sueños o recuerdos, el caso es que de repente me está entrando una sensación extraña un dolor que durante este tiempo en que he estado recuperando hechos no sé si reales o no, ni siquiera si los he vivido o soñado o tal vez compuesto partiendo de relatos de otros que he mezclado con los propios. Ay, qué dolor…

¿Dónde estoy? Solo veo niebla, a ver si me aclaro un poco, habladme. Secadme un poco el sudor, tengo sed. Subidme la almohada. Quitadme esta máscara que me agobia. ¿Cuándo habéis venido? ¿Y mi mujer? Porque tengo mujer ¿no? Ya parece que veo un poco mejor. ¿Qué hago aquí? ¿Qué me ha pasado? ¿Quién me ha traído aquí? Por favor, que alguien me hable.”

Así estuvo nuestro Aurelio un buen rato hasta que poco a poco la luz de la habitación se fue intensificando, la aparente niebla comenzaba a disiparse y empezaron a verse algunas figuras alrededor de la cama. Entonces es cuando empezó a distinguir rostros que le iban siendo cada vez más familiares, sí allí reconoció en primer lugar a su esposa y al lado de ella a dos de sus hijos. Notó que se podía mover sin apenas molestias pero no se atrevió a hacer ningún movimiento brusco. Junto a ellos dos personas desconocidas envueltas en sendas batas blancas.

  • ¿Qué tal se encuentra Aurelio? Oyó que le preguntaban y se alegró de oír una voz, un sonido que le pareció nuevo en sus oídos. Era una de las personas de bata blanca quien le hablaba.
  • Hola papá, dijo uno de los hijos. Estamos aquí, dinos algo.
  • Sí, insistió su esposa, para que veamos si te acuerdas de todo.
  • ¿De todo? ¿De qué me tengo que acordar? Yo solo sé que estaba paseando por mi antiguo barrio de la infancia, recordando viejos tiempos y comprobando los cambios que se habían producido durante mis años de ausencia y de repente oí un ruido y alguien apagó la luz.

Y así se fueron desarrollando los primeros momentos de su vuelta a la realidad, aunque Aurelio todavía tardaría en acostumbrarse a ello y a distinguir su realidad de la que había vivido hasta esos momentos. Llegó a la conclusión, ante la falta de otra explicación, que había estado durmiendo un tiempo indefinido y por alguna razón había despertado en aquel lugar que evidentemente no era su casa y no podía ser otra cosa que una clínica u hospital.

  • Aurelio, le dijo el doctor de la bata blanca, estás en el Hospital Provincial y te estás recuperando afortunadamente muy bien de un accidente de tráfico que has tenido. Dentro de un poco la enfermera te va a hacer algunas pruebas para estar seguros de que tu recuperación va a ir muy bien y así podremos darte el alta. ¿Qué te parece? De momento no te preocupes de nada más, ya tendrás ocasión de leer los informes que te daremos y a partir de ahora tu única preocupación va a ser descansar en tu casa y seguir el plan de rehabilitación que te diremos.

De este modo fueron rodando las cosas, tal como le habían sido anunciadas. Casi sin darse cuenta se encontró en su casa, y siguiendo disciplinadamente las instrucciones de rehabilitación acordadas, gradualmente fue recobrando su antigua vitalidad. Comenzó a dar paseos cercanos a su domicilio, ayudado con un bastón que había pertenecido a su padre o abuelo, no recordaba bien, pues la inactividad de la estancia en el hospital le hizo perder movilidad, pero dicha dependencia que a su entender prematuramente le clasificaba en el bando de los viejos o impedidos a los ojos ajenos, le hizo librarse pronto de dicho adminículo.

Cuando se sintió con fuerzas suficientes para abordar nuevas singladuras, una tarde repasó minuciosamente todo lo que le había ocurrido, esto es, hasta donde podía recordar y reconstruyó casi milimétricamente los pasos dados. Y llegó a la conclusión de que había iniciado una tarea que había dejado involuntariamente inconclusa y decidió que por qué no iba a terminarla. Esa era la condición que se impuso para superar totalmente su misión. Lo mismo que cuando empezaba a leer un libro y siempre se proponía llegar al final aunque quizás muchos no lo merecieran. Así que sin revelar sus planes a su familia, un buen día emprendió el camino a su antiguo barrio para rematar faena.

Pero fuera por ceder mínimamente a una elemental superstición o simplemente por variar la perspectiva, en lugar de hacerlo desde el principio de la calle hasta llegar a su antiguo domicilio por la acera de los pares como fue el caso unos meses atrás, se propuso hacerlo en sentido inverso, esto es desde el final de la calle y por la acera de los impares.

Una mañana luminosa de primavera acogió a nuestro protagonista en el inicio de su paseo, punto al que había llegado en transporte público. Antes de dar sus primeros pasos no pudo evitar echar una mirada nostálgica a su alrededor. Ya no existía aquel café decorado al estilo oriental, el café Shanghái con su portada de vivos colores rojo y verde y sus ventanas de guillotina. A la vuelta del mismo, solía haber una fila de limpiabotas, oficio ya desaparecido en Ciudad a la que solía acudir con su padre los domingos pues uno de ellos era paisano de su progenitor y debía pensar que así le ayudaba.

Girando la vista desde a la esquina final de los pares recordó o más bien creyó reconocer un puesto de melones a los que también iba con su padre quien escogía siempre un buen melón “bien escrito” que golpeaba con ambas manos o una sandía que le era ofrecida esta última por el melonero a cala y a prueba, costumbre que las nuevas generaciones no habrán conocido.

Cruzando la avenida transversal superior se encontró directamente embocando su antigua calle y lo primero que se encontró fue con el Hospital Provincial en el que había estado ingresado no hacía mucho tiempo. Ni que decir tiene que aceleró el paso hasta la siguiente esquina donde hubo antiguamente un convento de monjas y más tarde fue ocupado su solar que ocupaba media manzana por una de las primeras construcciones de estructura completamente de acero que se pusieron de moda en la época del desarrollismo. A continuación pasó por delante del local que en tiempos albergó un cine que pasó por las mismas vicisitudes conocidas en todos ellos: primero, cine de barrio para todos los públicos, después, cuando ello empezó a declinar, cine de arte y ensayo y finalmente su cierre y dedicación de su espacio a una actividad comercial.

Pasó más rápido de lo que quizás había previsto por su antiguo domicilio que para su sorpresa no le evocó ninguna sensación especial, tal vez porque los recuerdos se suelen solapar y sucede con frecuencia que los aspectos negativos ocultan los más agradables y en todo caso solo afloran en los sueños donde se viven de otra manera. Sí le pasó por su mente un reflejo, como un relámpago, de algo vivido recientemente pero no fue capaz de recordarlo con nitidez.

Cruzó otro bulevar que más o menos se mantenía con la misma estructura de antaño, eso sí, sin la terraza-mentidero en que se solía convertir, que posiblemente daría para un capítulo aparte y que regía un bar ya desaparecido de la esquina desde la que había cruzado.

Seguía a continuación una parroquia instalada provisionalmente en lo que había sido capilla de una fundación de las que solían abundar en el siglo XIX para la formación de señoritas y que también acogería ancianos. Esa acera evidentemente no tenía vocación residencial pues desde su inicio estuvo y sigue estando ocupada por un hospital, una fundación y no podía faltar, por un colegio, su colegio del que no conservaba más que vagos recuerdos un tanto mezclados que posiblemente solo podría reconstruir de forma ideal resaltando unos aspectos y olvidando otros, como suele suceder en el mundo de los sueños.

El paseo con no ser muy largo, prácticamente habría recorrido algo menos de la mitad del trayecto previsto, ya empezaba a hacerse notar en forma de cansancio reflejado en unas piernas que todavía no habían alcanzado su plena forma. Todavía le dio tiempo para fijarse en la continuidad de la tienda de frutos secos que seguía incólume en el mismo lugar de antaño y notó que algo, un lejano soplo, se le pasó por la imaginación al echar una ojeada al escaparate aunque resistió no se sabe cómo la tentación de entrar en ella. Prefirió en su lugar buscar algún lugar para descansar un poco y para entretener su descanso decidió detenerse en una librería que encontró en su camino para adquirir algún libro con el que mataría el tiempo de descanso que pensaba tomarse al final de la calle. Entró pues y después de buscar las últimas novedades pensó que lo mejor sería un texto breve y de bolsillo y finalmente, sintiendo como una especie de atracción, su mirada vino a posarse en una estantería que alojaba algunas obras de Borges. Sin pensárselo mucho, su mano se dirigió directamente a una que llevaba como título El Aleph.

Continuó su paseo ya pertrechado con su libro y después de tomar nota de los cambios operados en ese tramo de la calle, desaparición de algunos comercios, entre ellos un café, la sastrería en la que su padre se hacía los trajes, de verano, entretiempo e invierno, la escuela de ingenieros, administración de lotería, pescadería y pollería, un antiguo garaje convertido en supermercado, llegó al tramo final de la calle y antes de entrar en una cervecería que allí se encontraba lanzó una mirada al primer piso donde antaño estuvo el estudio fotográfico que las familias utilizaban para las grandes ocasiones: bautizos, bodas y comuniones principalmente.

El cansancio se hizo sentir esta vez de forma más acusada con lo que Aurelio eligió una mesa al fondo del local en zona bien iluminada pues su intención era permanecer un buen rato leyendo su libro. Un solícito camarero hizo pronto su aparición y le preguntó qué deseaba.

  • De momento, una cerveza bien fresquita, por favor.
  • ¿Qué desea de aperitivo?
  • Aurelio no lo dudó un instante ya empezaba a abrir el libro de Borges y casi instintivamente dijo:
  • Tráigame unas almendras, por favor.

Julio V. Martín

Abril 2020

Excerpt: Un relato de Julio V. Martín
Post date: 2020-06-11 09:09:30
Post date GMT: 2020-06-11 07:09:30

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