‘En ruta por Grecia, origen de la civilización occidental’ 1


Publicado el 9 de octubre de 2018

Por Fernando Díaz de Liaño y Argüelles.

Este artículo apareció previamente en la revista ‘Administración Digital’ (octubre, 2018)

El viajero recordaba, antes de emprender meses atrás la ruta que le conducía a Grecia, las siguientes palabras de I. Asimov: “Nuestras ideas modernas sobre política, medicina, arte, drama, historia y ciencia se remontan a esos antiguos griegos. Aún leemos sus escritos, estudiamos sus matemáticas, meditamos sobre su filosofía y contemplamos asombrados hasta las ruinas y fragmentos de sus bellos edificios y estatuas. Toda la civilización occidental desciende directamente de la obra de las autoridades griegas y la historia de sus triunfos y desastres nunca pierde su fascinación”(1). Y con estas contundentes palabras a modo de pórtico se iniciaba la ruta programada a seguir por el viajero que-pretendiendo aplicar en ella los cinco sentidos por cuanto Grecia así lo demanda-se centraba en Atenas, en El Peloponeso y en algunos enclaves de la Grecia central, ésta en su vertiente occidental.

Unos comentarios previos

Empezando, tal y como aconteció, la ruta por Atenas hay que advertir que la misma, ubicada en la región Ática, la “polis”, antigua ciudad-estado o “estado de ciudadanos”, ha sido codiciada y ocupada por diferentes poblaciones y culturas y, sin embargo, ello no le ha impedido sobrevivir y preservar, mostrando recia resiliencia, su propia identidad y eso que persas, espartanos, macedonios, romanos, francos, almogávares, sicilianos, venecianos, turcos, italianos y alemanes la han invadido cuando no depredado, pretendiéndose, en ocasiones, incluso, la desaparición de su legado cultural.

Atenas, que conoció su “Siglo de Oro”( denominado de Pericles) en el período clásico, en el siglo V a.C., ha sido la cuna de la civilización europea y de la democracia por cuanto si bien quedaban “extramuros” de ésta-un muy considerable hándicap-las mujeres, los extranjeros y los esclavos no es menos cierto que esa democracia giraba en torno a conceptos como los de libertad, de igualdad y de voto que devienen en consustanciales con lo que hoy entendemos por democracia.

En ese rol de origen de la civilización europea y occidental la Atenas clásica comportó, asimismo, la búsqueda de la perfección y de la belleza, a alcanzar a través del resultado de cálculos matemáticos, de medidas proporcionadas y de la simetría con la consiguiente fijación de un canon a aplicar a la escultura y a la arquitectura. En una palabra: a la naturaleza los griegos-constituyendo una decisiva propuesta-le aportaron esteticismo. Ese concepto de belleza griego ha arribado también hasta nuestros días con independencia de que, sobre todo en el arte contemporáneo, se haya operado con otras variables, rupturistas al respecto, pero que, en todo caso, han tenido que operar a partir del canon clásico que ha constituido de partida la referencia por excelencia al respecto. Y en la Grecia Antigua, Clásica y Helenística, surge también la filosofía, esto es, una novedosa especulación en el mundo occidental sobre temas fundamentales tales como la existencia, la verdad, la moral, el conocimiento…

Y después de este breve pero necesario excurso sobre la Grecia Antigua y la huella de sus postulados, hay que decir que la actual Atenas se halla desparramada sobre colinas y que se ha extendido notablemente en derredor conformando una gran conurbación que concentra, fruto de masivas migraciones interiores, gran parte de la población de todo el país. Atenas es, indiscutiblemente, la capital política, cultural y económica de Grecia. Y el viajero empezará su recorrido por el enclave ateniense precisamente por la Grecia clásica y, más en concreto, por la colina de sus colinas, la Acrópolis (la “ciudad alta”) a cuya sombra se ha acogido la urbe y que ha sido, en la larga historia de Atenas, el núcleo en torno al cual se han desarrollado los acontecimientos más importantes. Las Acrópolis tenían una doble función: defensiva y como sede de los principales lugares de culto, siendo la Acrópolis ateniense la más representativa de todas ellas.

Una advertencia: el visitante va a encontrar en Grecia infinidad de restos arqueológicos-restos que vientos históricos y determinadas actuaciones de los hombres han reducido a tales-que no deberían considerarse un simple cúmulo de “cementerios de piedras” tanto por el incuestionable valor en sí de los mismos-por los indicios que proporcionan de la calidad que tenían esos monumentos, ciertamente únicos, sublimes-máxime cuando recreaciones de laboratorio permiten disponer hoy en día de una visión muy cercana a la imagen inicial de aquellos. Y el visitante va a poder observar cómo está presente la mitología griega, relativa a dioses, diosas y héroes, vinculada al hecho religioso y procedente de la Edad del Bronce, que ha sobrevivido recogida en la literatura occidental y que viene a formar parte de la historia helénica.

Recorriendo la Acrópolis

La Acrópolis-que parece reclamarnos para que subamos a contemplarla y nos percatemos de que es un esencial punto de partida de la civilización occidental-es una roca calcárea de enormes proporciones que se eleva a 156 metros sobre el nivel de la capital helénica que alberga, entre otros monumentos, una tríada de templos y que ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Su entrada-que deviene en multitudinaria por cuanto suele haber “overbooking” de visitantes-es espectacular, ya que el viajero se topará en primer término con la puerta de Beulé y, a continuación, con Los Propileos, cuya construcción comenzó a partir de 437 a. C., que es edificio profano en mármol pentélico con columnas jónicas y corintias cuya combinación confería sin duda, especial simetría a la construcción y cuyas medidas (74 metros de longitud) permiten adivinar que fue un imponente monumento estando a la altura de los templos que engalanan la Acrópolis. A reseñar que el techo estaba constituido por vigas y artesonado de mármol, que los turcos lo utilizaron como polvorín y que una tormenta con aparato eléctrico prendió la pólvora y destruyó el monumento. Un poco más allá- y cuidado, paseante, con las piedras del suelo de la colina, muy resbaladizas-está ubicado el Erecteión, levantado a partir de 421 a. C., templo en mármol pentélico, dedicado a muchos dioses y héroes, de factura jónica, exhibiendo seis Cariátides (son copias) que son estatuas de mujeres que se utilizaron como columnas del templo y que portan un cesto en la cabeza sobre la que descansa el tejado del pórtico del templo.

A continuación, el visitante tendrá ocasión de admirar el Partenón (o cámara de Atenea Partenos) templo en mármol pentélico, paradigma de la perfección, simétrico, con columnas dóricas y jónicas y albergando consumadas habilidades arquitectónicas para dar una sensación piramidal al edificio y para solventar el efecto óptico de determinadas leyes de la perspectiva. El Partenón (Calícrates e Ictinos fueron los arquitectos, Fidias el escultor y Pericles el responsable político) acogía en su interior una impresionante estatua, de 10 metros de altura-desaparecida, si bien existen copias de la misma del período de la dominación romana-obra de Fidias, a la diosa protectora de los atenienses: Atenea Partenos, con brazos de mármol y ropa recubierta de láminas de oro. El friso, jónico, que rodeaba el edificio, contenía centenares de figuras humanas y de animales, encontrándose muchas de sus esculturas en el Museo Británico, al que Lord Elgin se las vendió. El Partenón ha sobrevivido a su utilización posterior como templo bizantino, como iglesia católica, como mezquita-durante la ocupación turca-y hasta como arsenal (por cierto: fueron venecianos los que bombardearon la Acrópolis, en 1687, durante un conflicto bélico turco-veneciano y como consecuencia de ello, estalló el arsenal que habían instalado los otomanos en el Partenón produciendo grandes desperfectos). Erigido el Partenón- su construcción se prolongó durante quince años, entre 447 y 432 a. C.-en la parte más alta de la colina era un templo de grandes dimensiones: medía 70 metros de largo por 30 metros de ancho, lujoso, era expresión de la gloria de la Atenas Antigua y hoy es emblema de la ciudad y uno de los edificios más conocidos del mundo.

Y próximo al Partenón se encuentra el templo de Atenea Niké, en mármol pentélico, de tamaño reducido y muy armonioso, con cuatro columnas jónicas en las partes delantera y trasera, respectivamente y con representaciones en el friso de dioses del Olimpo y de batallas entre griegos o entre griegos y persas, que fue destruido totalmente por los turcos para levantar un baluarte, pero, hallados buena parte de sus materiales en el siglo XIX, se ha podido reconstruir.

Los templos, conviene aclararlo, eran los edificios más importantes de la Grecia Antigua-viviendo su esplendor en la época clásica-ya que la religión era una faceta relevante de la vida cotidiana de los griegos y el hecho de levantarlos habitualmente en lugares físicamente prominentes venía a reflejar el propósito de reafirmación, de supremacía, del poder político/religioso. En cuanto al mármol pentélico, tan usado entonces, hay que decir que es el que se extraía del Monte Pentelis, en las proximidades de Atenas, que es un tipo de mármol que cuando se utiliza para un edificio exterior adquiere, por oxidación, una pátina dorada que le confiere particular elegancia.

Pero hay más: en la ladera sur de la Acrópolis están situados-como si la Acrópolis hubiera estado incompleta sin el teatro, formidable creación griega-dos teatros: el Teatro de Dionisos– Dionisos era el dios del teatro-que fue el primer teatro construido en la historia de las civilizaciones, lo que refuerza la consideración de la potencia creadora que fue la Grecia Antigua. Construido inicialmente con escenario y asientos de madera-luego reconstruido en piedra y con las primeras gradas de mármol en época de Licurgo-en el que Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes representaban por primera vez sus tragedias y comedias, fue objeto de mejora y de ampliación por los romanos y llegó a disponer de una capacidad de unos 17.000 espectadores. Por su parte el Odeón, de Herodes Ático, cavado en las rocas de la Acrópolis, fue un teatro cerrado que se erigió en la época de la dominación romana, 161 d.C., gracias al noble Herodes Ático y en memoria de su esposa Aspasia, con escenario pavimentado en mármol negro y blanco, fachada de tres pisos y tejado en madera de cedro, con cávea (zona del teatro en la que se hallaba ubicado el graderío) restaurada en mármol pentélico. que tiene una cabida de 5.000 espectadores y que está en uso en la actualidad.

El teatro, tanto por la concepción que en la actualidad tenemos del género teatral como por el levantamiento de recintos destinados específicamente para ello, tiene en los griegos del período clásico sus padres fundadores, siendo, las cifras cantan, un espectáculo de masas. Los actores portaban máscaras, que daban pistas del papel que iban a interpretar y había coros, cantantes y danzantes que desempeñaban un rol relevante en las representaciones. Téngase en cuenta que el teatro, en el que se representaban tragedias y comedias-a las mujeres les estaba vetado interpretar el rol como actrices -podía servir de entretenimiento pero también de catarsis para los espectadores, por las connotaciones morales que sus tramas implicaban, al poder aprender aquellos de comportamientos inadecuados o irregulares observados en los personajes de las obras, evitando así experimentar en carne propia lo sucedido en la escena y, en fin, cumplir una función pedagógica en torno al orden sociopolítico imperante, que era el de la democracia.

Y al sureste de la Acrópolis el paseante, y descendiendo de la colina, avistará el Museo de la Acrópolis-visita que resulta absolutamente obligada tanto por lo que contiene como por el edificio, magnífico, espectacular en que se halla instalado, que abrió sus puertas en 2009 y que está levantado sobre un asentamiento cristiano cuyas ruinas se pueden visualizar gracias a un pasillo con suelo acristalado. Alzado el Museo con hormigón, cristal y mármol, se ha convertido sin duda, en una edificación de referencia y, desde luego, en lugar más que apropiado para acoger los tesoros de la Acrópolis. Uno de los aspectos a destacar del edificio es que la planta superior del mismo está descentrada respecto al resto de la construcción y está orientada hacia el Partenón- que se visualiza desde esa planta en magnífico panorama- en una suerte de homenaje al mismo y, por otra parte, al estar dicha planta acristalada, ello permite que la luz natural reine a sus anchas por sus distintas salas dando la sensación de que se está, “ open air”, en la misma cima de la Acrópolis.

El Museo de la Acrópolis-y lo que a continuación se cita no es más que una pequeña muestra-exhibe piezas de Los Propileos y del Erecteión (cinco, en concreto, de las seis Cariátides originales); la estatua del Moscóforo o del portador del ternero; el bajorrelieve “Atenea pensativa”; Apolo, en broce; la escultura el “ Efebo rubio”; el “Joven de Critios”; esculturas, bajorrelieves, frontones, frisos y metopas, en especial, del Partenón, o la colección de Kores y Kuros; estatuas femeninas o caballos de cuadriga…

Terminado el recorrido por la Grecia Antigua ubicada en la Acrópolis el paseante se encaminó, para hacer una rápida visita, hacia las colinas situadas al oeste de la Acrópolis: el Areópago, que toma su nombre de Dionisio el Aeropagita y que fue sede en la Grecia clásica de una suerte de Tribunal Supremo de Justicia en el período clásico; el Pnyx, colina en la que se reunía la asamblea de ciudadanos, hasta 60.000, para discutir acerca de los asuntos públicos, siendo aún visible el podio desde el que los Pericles y Demóstenes se dirigían a los ateniense y el Filopapo (antiguamente se denominaba colina de las Musas) cumbre en donde se levantó por los atenienses un monumento, con fachada cóncava de mármol que comporta un nicho y friso que rodea al monumento en honor de Filopapo, cónsul romano prohelenista.

Pululando por la ciudad

El viajero, una vez realizada este excurso por las colinas de la urbe, se adentró en la ciudad y comenzó su itinerario por el barrio de Monastiráki, que debe su nombre al monasterio del mismo nombre que estaba situado situado en la Plateía Monastirakiou (plaza de Monastiráki). A la salida de la estación de metro, que se halla en la plaza antes citada, y enfrente, se encuentra la iglesia bizantina Pantánassa, que perteneció al monasterio que dio nombre a la plaza, y, muy cerca, la mezquita Tzistarákis, de 1759, que hoy es un anexo del Museo de Arte Popular griego y algo más allá hay otra mezquita: la Fethiye y si, saliendo del metro, el visitante gira la vista a la derecha y hacia arriba dispondrá de una sugestiva vista de la Acrópolis.

Constituye Monastiráki, como se ha sostenido, la parte más antigua de la Atenas moderna, protagonista de la Atenas otomana (como lo demuestran las mezquitas allí existentes) pero también acoge vestigios tanto de la época romana-es el caso de los restos de la Biblioteca del Emperador Adriano, enorme edificio, lo que se puede apreciar por la restauración que se ha efectuado de una de sus fachadas, que contaba con teatro y salas de conferencia-como de la época bizantina, en el supuesto de la espléndida iglesia Kapnikaréa, restaurada en el siglo pasado, con importantes frescos y cúpula con cuatro columnas romanas y de la iglesia Pantánassa, ya citada. Y al oeste de Monastiráki está el Ágora Antigua (ágora es término que significa reunir o concentrar) que se configuró ya en el 600 a.C. como centro político, religioso, comercial y cultural de Atenas, incorporando templos, instituciones, teatros, colegios y numerosas tiendas. El Ágora Antigua era el corazón de la vida pública de Atenas, ya que era sede del gobierno de la ciudad y de los 500 senadores que elaboraban los proyectos de ley a debatir en la Asamblea del pueblo. En el Ágora Antigua, de la época clásica, el visitante tendrá la ocasión de admirar el templo de Hefesteón ( o de Teseón), de 449-440 a. C, de orden dórico, que domina el sitio y está bien conservado y la Stoa de Attalos, edificio reconstruido en la década de los cincuenta del siglo XX, de dos pisos y de grandes dimensiones, perteneciente al orden dórico y con una sucesión de columnas en la planta baja que confieren, en apoteosis del canon clásico, una gran belleza a la edificación, presentando en el exterior valiosas figuras escultóricas y siendo sede, en la actualidad, del Museo del Ágora Antigua, que exhibe desde textos de una ley contra la tiranía, de 336 a.C., a tablillas en las que se votaba en orden a recomendar el ostracismo, por ejemplo, de Tucídides, el político. El Ágora Antigua mostrará, asimismo, una estatua del emperador Adriano y de un tritón que se encontraba en la fachada del Odeón de Agripa.

Monastiráki acoge, en fin, un monumento singular del Ágora romana: la Torre de los Vientos, reloj de sol y de aguas, que es un edificio, en mármol, octogonal, incorporando relojes de sol en cada uno de sus ocho lados, apreciándose debajo de los mismos impresionantes relieves que representan los vientos. La Torre de los Vientos se debe al astrónomo sirio Andronikos Kyrestes y fue erigida durante los siglos II o I a.C. Monastiráki es, pues, una encrucijada de culturas, pero también un barrio ciertamente bullicioso, pleno de actividad y de dinamismo, dicho sin exageración, durante las veinticuatro horas del día, con gentes por doquier y con todo tipo de tiendas-la calle Ermoú es especialmente significativa al respecto en esa atmósfera comercial- lo que se acrecienta con el mercadillo al aire libre de los fines de semana en la Plateía( plaza) Avyssinias, acaso uno de los rincones más sugestivos de la ciudad con tiendas de anticuarios en las que, al parecer, se pueden encontrar gangas.

Monastiráki es, además, según los atenienses, la puerta de entrada a Plaka, el barrio más antiguo de Atenas. Plaka (denominación que, parece, procede de los soldados albaneses al servicio de los turcos que llamaban Pliaka a ese lugar) es una zona colmada de colores, con pequeñas casas, callejuelas escalonadas, jardines, con “tavernas”( cada vez menos de ellas conservan su estética original y sus antiguas recetas) plazas, clubs nocturnos, tiendas de artesanía, museos, tiendas baratas de ropa pero también de alta costura, músicos tocando el organillo, talleres que utilizan la técnica antigua para pintar iconos…Plaka es el barrio de los artistas con independencia de que sigue conservando un carácter residencial, de que pueda ser también un barrio caro.

Cuando se habla de Plaka hay que aludir a la denominada Pequeña Catedral (Panagía Gorgoepíkoös) de reducidas dimensiones-7,5 metros de largo por 12 metros de ancho- que es iglesia del siglo XI, en mármol pentélico, que conjuga los estilos bizantino y clásico y con resaltables frisos y bajorrelieves. Su tamaño reducido queda aún más empequeñecido al haberse levantado al lado la Mitrópoli, la Catedral de Atenas, ortodoxa, del siglo XIX, la iglesia más grande de Atenas, de gran planta y más que considerables proporciones y adornada con bellos mosaicos. Y ha de mencionarse, asimismo, la iglesia bizantina Nikólaos Ragkavás, del siglo XI, reconstruída en el siglo XVIII y restaurada el siglo pasado, con columnas de mármol en el exterior, que es una de las iglesias preferidas por los parroquianos, siendo indispensable, asimismo, acercarse a admirar el monumento de Lysicrates , bien conservado, que incorpora seis columnas en círculo que finalizan en una cúpula de mármol con un florón de hojas de acanto en homenaje a los vencedores del festival teatral y coral que se celebraba en el Teatro de Dionisos.

El caso es que Plaka reserva aún más sorpresas al forastero: allí se encuentra el Ágora Romana en donde está el templo de Zeus Olímpico, que llegó a ser el templo antiguo más grande de Grecia-medía 96 metros de largo por 40 metros de ancho- sobrepasando al Partenón. Se tardó más de seiscientos años en terminarse, ya que empezó a construirse en la época clásica y se terminó en la época de la dominación romana siendo dedicado por el emperador Adriano, que veneraba el glorioso pasado clásico de Atenas, a Zeus Olímpico. Del templo solo quedan 15 de sus originales columnas dóricas a las que un arquitecto romano añadió capiteles corintios. Por otra parte, el emperador Adriano mandó colocar en el interior una copia de la estatua de Zeus Olímpico, con incrustaciones de oro y marfil, obra de Fidias, cuya pieza original se hallaba en Olimpia, así como una gran estatua suya, no habiéndose conservado ninguna de las dos estatuas. Y al lado de este templo está situado el Arco de Adriano, que marcaba el límite entre la ciudad antigua y la nueva de Atenas.

Pero Atenas ofrece más facetas y una consideración especial merece su arquitectura de estilo neoclásico suscitada con la contratación de arquitectos extranjeros por parte de Otón, bávaro, al que las grandes potencias nombraron rey de Grecia en 1832, reinando como Otón I. Otón I fue así el primer rey de la Grecia moderna, de la Grecia independiente, siendo después Atenas declarada capital de Grecia, y los arquitectos referidos diseñaron, en el siglo XIX, una ciudad moderna para la época, que, entendieron, implicaba la construcción de elegantes edificios y de avenidas arboladas. Pues bien: en esa modernización urbana sustentada en lo clásico, en apoteosis del neoclasicismo, destacan una serie de edificios, próximos a la zona de Omónoia (Omonia) como es el caso de la Universidad de Atenas, con columnata jónica y friso representativo del resurgir de las artes y de las ciencias; la Biblioteca Nacional, en mármol pentélico, con majestuosa escalera de entrada, formas de templo dórico y dos edificios laterales en idéntico estilo al edificio principal, que guarda cientos de miles de libros; la Academia, edificio epatante en un exterior con estatuas de Apolo y de Atenea izadas sobre columnas jónicas y las figuras, sentadas, de Sócrates y de Platón, albergando en su interior un suntuoso salón de reuniones con frescos relativos al mito de Prometeo; el Museo Histórico Nacional, diseñado por el arquitecto francés Boulanger como sede del Parlamento, que lo fue hasta 1935, con imponente cámara para las sesiones a celebrar por los parlamentarios electos y el Teatro Nacional, perfilándose éste como monumento más ecléctico al disponer de una fachada renacentista pero con columnas dóricas.

Capítulo aparte merece el Museo Arqueológico Nacional-en edificio con exterior neoclásico y columnata jónica- que es uno de los museos más importantes del mundo conteniendo la mayor colección de objetos de la Grecia Antigua, destacando, en especial, la colección de arte micénico pero también las de arte cicládico y de las épocas clásica, helenística y romana, así como antigüedades egipcias y orientales: vasijas (conviene advertir que la pintura se proyectó, en la Grecia Antigua, en las vasijas) esculturas, joyas, frescos y piezas en oro constituyen un elenco artístico incomparable. Por resaltar algunos de los ítems de este Museo puede aludirse al Caballo con Pequeño Jinete (en bronce) así como a la bellísima máscara de Agamenón, a la escultura de Afrodita, Eros y Pan, al Niño de Maratón, al Arpista, al Efebo de Anticitera, al magnífico Poseidón, a los frescos de Santorini, a estatuas de la diosa Atenea, al Guerrero de Beocia, al Centauro Quirón…

El viajero, en su peregrinaje por distintos barrios atenienses, dirigirá después sus pasos hacia la zona de Omonia y pasará por la atractiva Plateía Kotzia (o plaza Kotzia) donde se encuentran el edificio, neoclásico, del Ayuntamiento y en la calle Atenas se detendrá en el Mercado Central. El Mercado Central es un fascinante espectáculo en su interior, pleno de color y de olores, habitualmente abarrotado de clientes y visitantes y con los vendedores de pescado o de carne promocionando sus productos, literalmente, a grito pelado y en pugna, pacífica, entre ellos, como una subasta continua, mostrando así un tejido social ateniense de recia vitalidad, tan mediterránea por otra parte. A la entrada del Mercado Central se oferta, además, una gran variedad de especias y en las calles laterales al mismo Mercado, Eurípides y Sófocles, proliferan las tiendas de quesos, de embutidos y de conservas. Ese laberinto de calles y de tiendas y trasiego de gentes que rodea al Mercado Central recuerda, acaso, a los bazares, por ejemplo, de Estambul (que los griegos siguen denominando Constantinopla) o a las medinas, árabes,

Siguiendo por la calle Atenas se llega a la Plateía de Omónoia, Omonia (o plaza de la Concordia) que es, indudablemente, el centro comercial de la ciudad. En realidad, Omonia es una suerte de “carrefour” y es que de Omonia parten hasta seis avenidas, siendo fácil que uno se encuentre allí sumido en descomunales atascos de tráfico con automóviles tocando persistentemente la bocina, ruido ensordecedor y con aceras repletas de gente. Omonia es una plaza sin relevantes edificios, deslavazada arquitectónicamente hablando, pero, una vez superada la inicial perplejidad que ocasiona su ambiente, tiene algo que atrapa, que termina por enganchar, quizás porque se trata de un caos sutilmente organizado y, más aún, reflejo de un modo de ser y de vivir que transmite. Yendo a continuación a la calle Ermoú, y caminando por la misma, se alcanza la Plateía Syntagmátos o Syntagma (o plaza de la Constitución) que es ciertamente amplia y el centro político no solo de la urbe sino de todo el país. Efectivamente, en Syntagma está ubicado el Parlamento que ocupa el edificio, del siglo XIX, que fue sede del Palacio Real-edificio neoclásico y de orden dórico- el Monumento al Soldado Desconocido, en el que están inscritos textos de la Oración Fúnebre de Pericles, con espectacular ceremonia de cambio de la Guardia Nacional y Ministerios y Embajadas. A todo ello hay que añadir los Jardines Nacionales, un remanso de paz y hoteles tales como el Grande Bretagne-que, refiere M. Leguineche (2) “ha visto discurrir por sus salones la historia moderna de Grecia”- y el King George.

Por lo demás, en Kolonáki, barrio de asentada burguesía y cercano a Syntagma, está situado el Museo Bizantino, muy aconsejable de ver por la espléndida colección de iconos, de objetos religiosos, de frescos de la época bizantina desde el siglo VI d.C. hasta la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, pudiendo destacarse entre sus piezas el Tesoro de Mytilene. Otra de las visitas inexcusables a hacer en Atenas es al Estadio Panatenaico (erigido sobre el Estadio anteriormente existente obra de Licurgo) que se construyó en el reinado del emperador Adriano y que fue objeto de restauración para la celebración en Atenas de los primeros Juegos Olímpicos modernos, en 1896. El Estadio, en mármol pentélico, tiene un aforo de 60.000 espectadores y mide 204 metros de largo por 83 metros de ancho.

De cualquier forma, la visita a Atenas quedaría coja sin la subida al Monte Lykavittós, fuera de la ciudad estrictamente considerada y colina más alta de su entorno, hasta cuyas faldas se extiende la urbe. Desde la cima del Monte Lykavittós, con varios miradores, las vistas de la ciudad son maravillosas y allí se encuentra la capilla cristiana-ortodoxa Agios Giorgios y un teatro al aire libre que acoge distintos espectáculos. Lykavittós es, sin duda, otro de los emblemas de Atenas. Y hay que patear también, claro, El Pireo, que sigue siendo el mayor puerto de Grecia-aunque le han surgido competidores tales como Salónica y Patrás-y que es uno de los grandes puertos del Mediterráneo. Tradicionalmente El Pireo ha sido el puerto de Atenas, es Municipio y se halla a una distancia de unos nueve kilómetros al sur de Atenas. Puede decirse que El Pireo está integrado, en realidad, por tres puertos: el de ferries hacia las islas y grandes barcos, el deportivo y el pesquero (con embarcaciones multicolores en estos dos casos). Probablemente la imagen portuaria del Pireo como gran centro de contratación y como lugar que vivía exclusivamente de la mar se haya difuminado por mor de las transformaciones socioeconómicas- la industrialización-y es que los tiempos cambian, pero sigue conservando un peculiar sabor. Se observan en El Pireo calles cortadas en ángulo recto, amplias avenidas y edificios de buena factura, como los del Ayuntamiento y del Teatro Municipal, neoclásicos y muchas mansiones también neoclásicas destacando, por lo demás, sus restaurantes.

Atenas: mosaico de culturas y expresión del modo griego de ser

Atenas, en fin, es una ciudad que, a simple vista, no tiene para el visitante la espectacularidad y el tirón inicial, por ejemplo, de Roma. Pero es urbe que tiene mucho que ver y lo que se ha expuesto aquí solo es una aproximación a su amplia oferta. Es lo cierto que ha crecido desordenadamente y mucho, sin atender a criterios de rigurosa planificación, con un tráfico infernal, que es ruidosa y sufre de persistente contaminación. Pero superada esta sensación, y a medida que se van conociendo sus diferentes zonas y barrios, se van apreciando sus indudables atractivos tales como la existencia de varias Atenas en la misma Atenas-a modo de mosaico-fruto ello del legado de distintas civilizaciones: el de la Grecia Antigua, Clásica y Helenística; el que fue consecuencia de la dominación romana (dominación respetuosa, en general, de la civilización helénica, ya que, como se ha sostenido, los griegos fueron conquistados por los romanos pero los romanos fueron conquistados por el arte griego y así, por ejemplo, si los romanos arrasaron Corinto, en 146 a. C.- que había sido un gran centro comercial y cultural- no es menos cierto que Julio César la reconstruyó en el 44 a. C.) y el que tuvo su causa en el período bizantino.

Sobre el período de dominación turca, largo período de tiempo, se cierne un espeso y significativo silencio por parte de los griegos, aunque la huella turca se detecte en monumentos, las mezquitas, en la gastronomía, en la configuración de algunos barrios y en el modo de vivir en los mismos, silencio producido probablemente como respuesta a lo que tuvo la dominación por parte de la autoridad turca de negación, de ausencia de interés por la gran cultura griega, siendo ello, como se ha dicho por J. Pla, “ uno de los más grandes escándalos que han ocurrido en Europa”(3) y que, en definitiva, comportó dejar el dominio otomano de Grecia al margen del desarrollo europeo impidiendo el surgimiento de una burguesía que consolidase una revolución liberal. Se debe, asimismo, dejar constancia del período neoclásico, del siglo XIX, legado por los arquitectos bávaros para el diseño de una ciudad moderna, la capital de una Grecia independiente y el periodo de la época contemporánea, con transformaciones y crecimientos sustanciales de la urbe, con de determinados barrios de nueva planta, y las que tuvieron su impacto, en especial sobre el transporte colectivo, originadas con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de 2004, con independencia de la construcción de relevantes infraestructuras deportivas.

El visitante hará bien-aunque Atenas dispone de una buena red de autobuses, de trolebuses y de tranvías-si tiene prisa, en tomar el metro, con elevada frecuencia de paso y rápida circulación para evitarse atascos, ruidos y exponerse a soportar elevadas tasas de contaminación y aún resultará mejor la experiencia si coge la línea Kifisiá-El Pireo, ya que esta línea de metro atraviesa la ciudad ofreciendo una panorámica global de la misma al discurrir por la superficie y habilita a adivinar la variedad de las zonas, unas de más alto standing que otras y algunas con más actividad económica que las que son más residenciales. Y esa variedad de barrios podrá fácilmente comprobarse apeándose el viajero en las estaciones de metro de Kalizea, Petralona, Zision, Monastiráki, Omonia, Nea Ionía, Neratsiótísa, Marusi, Kifisiá… El forastero acertará, por lo demás, al pasear al atardecer por cuanto la cotidiana luz, radiante y hasta cegadora, que baña habitualmente a Atenas, es quizás aún más hermosa y también al no perder de vista la ciudad sin girar un recorrido nocturno por el centro de la urbe y es que el espectáculo de la Acrópolis iluminada es extraordinario.

El crecimiento desordenado y acelerado de la Atenas, al que antes se aludía (téngase en cuenta que cuando, en 1834, Atenas fue declarada capital de la Grecia Moderna, capitalidad de la que antes disfrutaba Nauplio, solo tenía unos 6.000 habitantes disponiendo en la actualidad de más de tres millones de habitantes) se ha producido extendiéndose la misma entre colinas y, en general, en horizontal, siendo escasas las construcciones altas y transmite, por su configuración, la visión como de aldea grande (si bien ello no es un óbice para detectar en Atenas, al mismo tiempo, sólidos aires de modernidad y de cosmopolitismo). Esa sensación de aldea grande queda potenciada por el hecho de que, sobre todo en algunos barrios, balcones y patios se abran a la calle, como si la intimidad no constituyese una gran preocupación para los atenienses. Éstos, extravertidos, habladores y de trato directo, hacen vida en el exterior, algo tan mediterráneo y muestran una amabilidad, una hospitalidad y una jovialidad que no ha sido quebrada ni por los recientes amargos trances por los que han pasado gran parte de los griegos: en las calles se ven gentes que el sistema ha dejado tiradas en el camino como consecuencia de la crisis económica global, de la Gran Recesión. En efecto, ha sido una población, la griega, que ha tenido que soportar hasta un tercer rescate impuesto por la “troika” y un programa de severos ajustes sociales que ha supuesto a los helenos una muy considerable rebaja de sus derechos y con la amenaza de un “Grexit”, sobre el que se especuló en su momento, que hubiera significado la salida de los griegos de la eurozona, lo que finalmente se descartó. Parece que ahora empieza Grecia, con la reciente finalización del tercer programa comunitario de ayuda económica, a poder celebrar un alivio de su deuda, aunque los datos dicen que ha perdido un cuarto de su riqueza en ocho años, si bien habrá que ver cómo sale de ésta la población helénica en lo que se refiere a índices de bienestar, de desigualdad, de precariedad, de exclusión social y algunos comentarios no resultan especialmente alentadores al respecto como los de un miembro de la Comisión europea afirmando que ”soy consciente que los ciudadanos griegos quizás no perciben que la situación ha mejorado mucho o que incluso no ha mejorado nada”(4). Pues bien: si se ha dicho que es difícil encontrar un griego aburrido o malhumorado o descortés el viajero puede dar fe de ello: no se topó con ninguno de ese perfil.

Transitando por los alrededores de Atenas

Resultaba imposible sustraerse, por lo tentador, a realizar algún recorrido por los alrededores de Atenas y así una excursión condujo hacia el sur por una carretera que serpentea la bella costa, denominada de Apolo, plagada de calas y de bahías, en dirección al cabo Soúnio o Sunio. Allí, y en el promontorio de acantilados sobre el mar Egeo, se halla el templo del dios del mar, Poseidón, que es del siglo V a. C., en mármol blanco, y del que se han conservado solamente 15 de las 34 columnas dóricas originales, bellas y esbeltas. El templo sirvió de orientación a los marineros durante siglos y desde el mismo se puede contemplar, al atardecer, el espectáculo de la puesta de sol, sumergiéndose éste en el mar, en un escenario multicolor, con el naranja del decadente sol, con el fondo azul, del cielo y del mar y con el blanco, del templo.

¿Y cómo no aprovechar, estando en la costa, para conocer alguna de las islas griegas -superan en número, parece, la cifra de dos mil- y conocer así la Grecia insular y no solo la Grecia peninsular? Téngase en cuenta que Grecia se despliega en una vasta extensión si se suman las superficies peninsular e insular, ésta compuesta de islas muy diseminadas desde las que, por otra parte, parece que se emitan irresistibles cantos de sirena para que se las visite. En suma: si no el viaje hubiera quedado cojo. Y dicho y hecho: el viajero tomó un ferry que le condujo a las islas Sarónicas de Poros, de Egina e Hydra, bañadas las tres en aguas turquesas, cristalinas. Poros es una isla verde en la que abundan los limoneros, que despiden su aroma característico y con los restos de un templo a Poseidón. Egina, por su parte, es isla con mucho arbolado-en especial pinos y pistachos-y hermosas playas y que en la cima de una colina conserva el templo de Afea, del siglo V a. C., dórico, de bella planta. Hydra es enclave insular rocoso, refugio de artistas y con particular arquitectura siendo el medio normal de transporte en la misma los burros y los taxis acuáticos.

El viajero quedará deslumbrado por el contraste entre los colores blanco, de la luz del sol y de las albas construcciones, y azul, del cielo y de la mar. Blanco y azul son los colores predominantes en Grecia, y no por casualidad, son idénticos los colores de la enseña helénica.


De viaje por El Peloponeso, Delfos y Meteora

Tocaba ya abandonar Atenas para emprender por carretera la ruta hacia El Peloponeso (que significa “isla de Pélope”, personaje mitológico, cuando, en realidad, El Peloponeso es una península) y el viajero llegará al itsmo de Corinto y a su canal, cuya construcción, que fue empezada por Nerón y completada en el siglo XIX, constituía una necesidad para comunicar por la vía rápida el golfo de Corinto con el mar Egeo y evitar, de ese modo, el rodeo a los barcos de la península del Peloponeso. El canal, que tiene 23 metros de anchura, resultando angosto, es utilizado en la actualidad por pequeñas embarcaciones, ya que los grandes cargueros pueden cruzar, sin grandes problemas, el tormentoso cabo Matapan o Ténaro. Sobre el canal un puente peatonal anuncia magníficas vistas desde el itsmo.

El Peloponeso, se adivina, es un conjunto de destacadas ruinas clásicas, de economía preferentemente rural-con fértiles llanuras y verdes paisajes-pero también de altas y abruptas montañas, de innumerables valles, de bellas playas y calas, de caudalosos ríos, de ciudades importantes y de pequeños pueblos. Y conviene recordar, en primer lugar, el hecho de que Esparta, en El Peloponeso, fue importante ciudad-estado, gran rival de Atenas (una rivalidad que desembocó en la Guerra del Peloponeso) que llegó a disponer de la hegemonía entre las ciudades-estado,

Pues bien: la ruta a la búsqueda de ancestros en El Peloponeso condujo hacia el sur, a Epidauro que fue un santuario religioso y terapéutico (con manantiales con propiedades curativas al que las gentes acudían para sanarse) dedicado al dios Asclepio. En un paisaje idílico está ubicado el teatro mejor conservado de Grecia y con insuperable acústica, lo que el viajero pudo comprobar. El Teatro, del siglo IV a. C., dividido en bloques de 36 escaleras, con una orquesta circular concebida para la interpretación de los actores, de 20 metros de diámetro, permitía el acceso de los actores a escena a través de pasillos laterales y llegó a tener un aforo de 13.000 espectadores. En el Museo anejo al Teatro de Epidauro se pueden apreciar máscaras y estatuillas de personajes.

Y desde Epidauro, dirigiéndose hacia el norte, el viajero tomó el rumbo hacia Micenas, núcleo poblacional importante y cultura poderosa en la Antigüedad hasta el punto de que la Historia griega entre 1.700 y 1.100 a. C. es llamada Edad Micénica, que sucedió a la Edad Minoica. Micenas, sus restos, se encuentran en una árida colina, una Acrópolis, en un entorno agreste y de gran espectacularidad. Lo primero que se observa al arribar al lugar es la Puerta de los Leones, de grandes proporciones, que da acceso a una ciudadela con murallas ciclópeas-así denominadas por los antiguos griegos que creían que habían sido construidas por gigantes-de varios metros de espesor, lo que las convertía en prácticamente inexpugnables, además de contar con una estratégica posición de defensa en la cima de una montaña. En la fortaleza vivía la clase gobernante y en la planicie, al pie de la colina, vivían, extramuros, artesanos, mercaderes…. Se detectan en Micenas los suelos del entonces existente Palacio Real y los restos de un círculo funerario que contenía seis tumbas-pozo reales si bien más adelante se procedió a enterrar en “tholos”, esto es, bóvedas circulares, con un largo pasadizo.

En las excavaciones arqueológicas en Micenas-que promovió y dirigió Heinrich Schliemann, que ya había descubierto Troya-se ha podido deducir por los objetos hallados lo avanzado de la civilización micénica: piezas de joyería, de cerámica (vasijas) objetos funerarios en oro de 14 kilogramos de peso, máscaras funerarias, esculturas, jarras de vino, anillos… (Casi todos esos valiosos objetos micénicos están depositados en el Museo Arqueológico Nacional, en Atenas). Ya Homero habló sobre “la bien construida Micenas, rica en oro…” Y fuera de la fortaleza está el Tesoro de Atreo o Tumba de Agamenón, que es un “tholo”, con un largo pasadizo y un dintel en la puerta de entrada coronado por un triángulo que opera como descarga del monumento. El espacio funerario ciertamente impresiona por sus dimensiones.

La ruta por El Peloponeso continuó, en dirección oeste, hasta Olimpia, en Élide. Olimpia está situada en un valle con fértil agricultura basada en cultivos de arroz, de algodón y de hortalizas. La Villa de Olimpia es tranquila, acogedora y empuja a pasear. Un puente marca la entrada al santuario de Olimpia, que era un centro religioso (en el que se veneraba a Zeus, padre de dioses y de hombres) y atlético (por la celebración de los Juegos que portaban su nombre). El paisaje es bucólico, abundando los pinos y demás arbolado y con un verdor que parece actuar como cimentador de templos, de columnas. El sitio arqueológico de Olimpia fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. En Olimpia se pueden contemplar restos (tambores de columnas) del Templo de Zeus, dórico, de 10,4 metros de alto, con decoración en mármol, circundado por 6 x 13 columnas que albergaba una colosal estatua de Zeus, esculpida por el genial Fidias y que era considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo. El templo de Zeus, de 460 a. C., ocupaba el centro del santuario. También se pueden observar restos del Templo de Hera, dórico, con columnas de 6 x 16 de piedra y del Gimnasio, donde se en entrenaban los atletas para las carreras y de la Palestra, donde hacían lo propio los atletas de lucha y de boxeo, con gran parte de la columnata restaurada y del lugar en el que se encendía la llama olímpica. Al Estadio se accedía por el Pórtico Cripé, con techo abovedado y en el que la distancia de la pista entre la salida y la meta en las carreras era de 192 metros, con una capacidad en los graderíos de unos cuarenta y cinco mil espectadores. En un lado del Estadio se encontraba El Hipódromo, desaparecido, y cerca del Estadio se hallaban, asimismo, 16 estatuas de Zeus-se denominaban zanes y solo se conservan los pedestales-y los Tesoros, donde se guardaban las valiosas ofrendas de las ciudades.

La morada en el Monte Olimpo-que, en realidad, es una cadena montañosa cuyo pico más alto tiene 2909 metros de altura- del dios Zeus, y su culto, dio precisamente lugar al nombre de Olimpia para denominar el santuario. En lo que a los Juegos se refiere hay que decir que la fecha que se da para su establecimiento es la de 776 a. C., se celebraban cada cuatro años, no solo se dedicaban a eventos deportivos sino también musicales, poéticos o teatrales y comportaban una Tregua Sagrada de tal modo que cesaba la acción bélica durante su celebración: no hay que olvidar que Grecia fue fuente de una refinada civilización pero también escenario de considerables conflictos entre las ciudades-estado de la Hélade.. En el año 393 d. C. se celebraron los últimos Juegos Olímpicos de la antigüedad ( el santuario había perdido relevancia ya en la época de la dominación romana) y al siguiente, 394, fueron prohibidos, por paganismo (el monoteísmo cristiano frente al politeísmo helénico) por el emperador bizantino Teodosio I y, en el siglo V d. C. Teodosio II-consecuencias ambas, ¡ay!, de la ortodoxia (en esta línea C. Nixey) (5)-ordenó la destrucción del templo de Zeus en Olimpia. A reseñar, asimismo, y el dato es relevante, que en Olimpia también se celebraron, en torno a 580 a. C., los Juegos Hereos, protagonizados, exclusivamente, por mujeres, que estaban centrados solo en carreras y que tenían una periodicidad de celebración de cinco años.

Próximo al núcleo del santuario está ubicado el Museo Arqueológico de Olimpia, que es uno de los más importantes de Grecia. En el Museo-asentado en un edificio de corte neoclásico que fue restaurado con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de 2004-en sus salas se guardan dos frontones y metopas, excepcionales, del Templo de Zeus, salas dedicadas a los Juegos Olímpicos y salas que en sus piezas reflejan el arte prehistórico, el arcaico, el clásico, el helenístico y el romano. Sobresalen de entre sus ítems la escultura de Hermes (de Praxíteles); las figuras de Zeus y Gamínedes en terracota corintia; la escultura de Niké; una cabeza de león, en bronce; un casco de Milcíades, protagonista en la batalla de Maratón; la Victoria, de Peonio; una copa que perteneció a Fidias; el taller de Fidias; vasijas micénicas; estatuas de emperadores y de generales romanos…

El viajero dejará atrás El Peloponeso-siendo, plenamente, consciente de que éste, sobre el que ha girado un muy selectivo recorrido, merece un segundo viaje-y se orientará hacia el norte, bordeando Patrás en dirección a la Grecia central, en su vertiente occidental y, más en concreto, a Delfos. Y tendrá ocasión en esa ruta de llegar hasta un puente colgante, ejemplo de arquitectura contemporánea, de gran esbeltez y uno de los más grandes del mundo, obra de gran importancia que une El Peloponeso, en su costa norte, con la costa sur de la Grecia central.

Delfos, sitio arqueológico declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, fue en la Grecia Antigua el centro del Universo ya que, según la leyenda, Zeus soltó un águila en cada extremo de la Tierra y las dos águilas se encontraron en Delfos. Delfos se encuentra en una ladera del Monte Parnaso (de una altitud de 2457 metros) que era la morada de Apolo y de las musas. Es un paraje de gran belleza natural al que se llega en automóvil atravesando Arajova, acogedor pueblo de montaña. Era Delfos un santuario levantado en una montaña que era visitado por peregrinos que ascendían al mismo para consultar al oráculo. El caso es que, aún hoy, Delfos proyecta una suerte de magnetismo, lo que da idea de lo que pudo suponer al respecto en sus tiempos de apogeo. La altitud a la que se encuentra, su configuración escalonada, el perfil agreste rodeado de olivos, unos espectaculares amaneceres y atardeceres y espléndidas vistas, todo, contribuye a crear un clima mágico.

Los griegos acudían a Delfos a consultar, a la búsqueda de consejo y de orientación ante encrucijadas vitales y, a través del oráculo, esas gentes podían oír las palabras del dios Apolo en boca de una sacerdotisa, o pitia, que hacía de intermediaria. Para poder efectuar una consulta había que abonar una tasa y se sacrificaba un animal en el altar y, entonces, el sacerdote inquiría a la pitia que, en estado de trance, contestaba y después el sacerdote interpretaba las palabras de la pitia. Los asuntos consultados-las mujeres tenían prohibido consultar-se referían a lo religioso o a lo político o a lo privado. Reyes, filósofos y gentes corrientes tenían muy en cuenta las palabras de la pitia. Y la cuestión no era baladí ya que predicciones políticas del oráculo podían influir sobremanera en las decisiones de las ciudades-estado.

Delfos acoge varios monumentos: restos del templo de Apolo; el edificio dedicado al Tesoro ateniense (de reducidas dimensiones que albergaba trofeos de guerra, tesoros y archivos; la Vía Sacra, con esculturas en ese camino; el “tholos”, del que quedan tres columnas dóricas, junto al templo de Atenea Pronaia; restos del Gimnasio; el Estadio, con una pista de unos 180 metros de largo, que llegó a tener un aforo de 7000 espectadores y en el que se celebraban los Juegos Píticos (que eran los que tenían lugar en Delfos); el Teatro, conservado, y con el graderío apoyado en la ladera del Monte Parnaso y la Fuente de Castalia, lugar de obligada purificación en sus frías aguas de los peregrinos y de los atletas participantes en los Juegos Píticos. En fin: Teodosio I, otra vez la ortodoxia, clausuró Delfos en el año 391 d. C.

El Museo Arqueológico de Delfos, próximo al santuario, contiene una colección de esculturas y de restos arquitectónicos solo superada por la del Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Pueden distinguirse entre las piezas expuestas en el Museo la Esfinge de Naxos; el Auriga, de bronce ; la escultura Tres niñas bailando; el Omphalos, o piedra “clave”, que marcaba el sitio en el que se suponía se cruzaron las águilas soltadas por Zeus y que era considerado, por lo tanto, el centro de la Tierra; esculturas de Cleobis y de Britón; frontones del templo de Apolo; estatua de Antinoo; cabeza de León; metopas del Tesoro ateniense…

Y el peregrinar a la búsqueda de los ancestros griegos llevó con posterioridad al viajero por carretera hacia Kalampaka, al norte, en la Grecia Central, rumbo a Meteora. Pero antes llegó al paso de las Termópilas, lugar en el que se ha erigido una estatua en bronce del rey Leónidas I de Esparta, que consiguió, en 480 a. C., con un ejército, formado como consecuencia de una Alianza entre ciudades-estado y con Atenas y Esparta liderando a aquellas, de unos 7000 hombres, detener en el desfiladero a los persas que disponían, según Herodoto, de más de dos millones de soldados. Y si bien los persas, el rey Jerjes I al mando y atacando por la espalda, acabaron derrotando al ejército capitaneado por Leónidas, lo que supuso la invasión persa de Atenas y de la Grecia central, la victoria persa resultó pírrica ya que los persas fueron derrotados después en Salamina y al año siguiente, 479 a. C., por la confederación helénica, en Platea, siendo estas batallas decisivas en la historia de Grecia. Al lado del busto de Leónidas, hay un túmulo funerario de los soldados que murieron en aquella batalla. En realidad, hay que echarle un poco de imaginación al evento acaecido en el paso de Las Termópilas ya que la costa ha ganado al mar unos cinco kilómetros debido al limo depositado por un río que discurre cercano al paso y la franja de terreno llano entre la montaña y el llano es mucho mayor de la que era entonces (Termópilas era, en efecto, en aquellas calendas un desfiladero que no tendría más de 15 metros de ancho en algunos puntos).

Y la ruta programada llevaba después, para poner fin al viaje, a Kalampaka, bello pueblo ubicado en zona próxima a Meteora y desde el que se pueden observar las gigantescas torres naturales o pilares de caliza propias de ese entorno único que es Meteora. Es un paisaje ciertamente imponente, sobrecogedor, si se quiere. Y sobre estas moles rocosas de caliza-en sus cuevas se instalaron en un principio ermitaños-se levantaron, fundamentalmente en el siglo XVI, más de veinte monasterios cristianos durante la ocupación otomana, encontrándose algunos de ellos a más de 600 metros de altura. Sorprende cómo los monjes pudieron construir los monasterios a esa altura con las precarias condiciones tecnológicas de acceso a esas cimas y de construcción de aquella época y llaman la atención en los monasterios allí erigidos las cúpulas, balcones de madera y escaleras. El monasterio de Varlaám, de 1518, que fue visitado, guarda tanto fascinantes frescos como mosaicos e iconos de gran valor además de antiquísimos manuscritos. Estos monasterios conservaron la cultura occidental de Grecia durante la dominación turca y son una muestra más del esplendor bizantino y del incalculable tesoro monumental existente en Grecia.

¿Un revival de estoicismo?

La resistencia, la resiliencia de los griegos a la adversidad demostrada a lo largo de la historia, como ha quedado expuesto, ya que, pese a todo, han sido capaces de conservar sus señas de identidad, lleva al forastero, como observador, a preguntarse si no será que los helenos portan en sus genes, en su ADN, las coordenadas de la escuela filosófica del estoicismo surgida durante el período helenístico. Dicha escuela, recuérdese, se forja en momentos de pérdida de la hegemonía de la ciudad-estado de Atenas en el conjunto de la Hélade y en los que había la necesidad de hallar, ante esa insólita situación a la que se enfrentaban los atenienses, una nueva concepción del ser humano por cuanto los tiempos habían cambiado y demandaban nuevos planteamientos.

La escuela del estoicismo postulaba un modo de vida y de estar en el mundo y suscitaba-lo que puso en práctica en Atenas su fundador, Zenón de Citio- llevar la filosofía a la calle y sacarla de los elitistas lugares en los que se había desarrollado antes: la Academia, de Platón y el Liceo, de Aristóteles (el emperador Justiniano clausuró las dos instituciones citadas). El estoicismo- que María Zambrano consideraba que constituía un destilado, una recapitulación fundamental de la filosofía griega- proponía una vida frugal; un desprecio de los bienes de este mundo; una aspiración a la virtud, entendida como felicidad; un control de las emociones y de las pasiones (en realidad un autocontrol de las mismas) en la afanosa búsqueda de la serenidad en el ser humano; un imperativo ético para vivir-un especial énfasis sobre la ética-y hacerlo conforme a la naturaleza; una aceptación del determinismo, sobre el que se pronunció Epícteto: “hay cosas que dependen de nosotros y hay cosas que no dependen de nosotros”… El estoicismo proponía, pues, ni más ni menos, una forma, un arte de vivir. Como se ha dicho: “lo que buscaban y anhelaban los estoicos era saber lo necesario para satisfacer lo que experimentaban como una necesidad acuciante: llevar una vida feliz conforme a la naturaleza humana. La aspiración y ambición teóricas dejan paso en ellos a la necesidad ética”. (6).

Y continuando con las anteriores reflexiones acerca de que antiguos idearios filosóficos hubieran podido servir a los griegos del siglo XXI para mantener un buen talante en su vida cotidiana-lo que no significa que no haya habido fuerte contestación social al respecto-al afrontar los efectos económicos, sociales y psicológicos de la Gran Recesión en el contexto de una lectura determinada de la globalización que ha generado inseguridad y ansiedad en el común de las gentes por un presente desalentador y un futuro incierto, así como una creciente, cuando no insoportable, desigualdad, con la contrapartida de una mayor concentración de la riqueza en manos de unos pocos y un predominio de los poderes económico-financieros, conviene considerar, por aquello de los paralelismos históricos, que, en tiempos de Zenón de Citio, Atenas, atravesando tiempos turbulentos y plagados de incertidumbre, como se expuso anteriormente, había perdido la hegemonía como ciudad-estado y también se anunciaban nuevos tiempos que producían, asimismo, miedos y temores ante lo desconocido que, inexorablemente, iba a llegar. La cuestión es que, finalmente, llegaron esos tiempos con la caída del Imperio macedónico y con la posterior dominación romana. Pero el caso es que el estoicismo se consolidó como escuela filosófica a través de Séneca, de Epícteto y del emperador Marco Aurelio durante la dominación romana, lo que da idea de lo que pudo, con sus principios, arraigar en el “ethos” griego.

En el mundo actual los cambios tan acelerados que se producen y los que han de producirse, los temores a otra crisis global y el reto del cambio climático así como las consecuencias perversas de una determinada gestión de la crisis económica, de la que se llevan cumplidos ya diez años y de las que se han librado solo unos pocos, han venido a fomentar una excesiva competencia, una mercantilización de la sociedad, un sálvese el que pueda, una cultura del éxito a conseguir por encima de todo que genera vanidad y ésta, a su vez, codicia, acompañada de corrupción y una ilimitada capacidad de acumulación y de consumo por parte de unos pocos. No parecería, así, estar de más en nuestros tiempos una mayor atención al yo, a la autonomía moral (como contrapunto a desatadas emociones malignas)a la ética, al vivir conforme con la naturaleza y a intentar combatir el desasosiego sin confiarlo todo a los ansiolíticos, a basarnos la Humanidad en una nueva ética en la que todos coincidamos asentada en una amigable relación del ser con la realidad, en la solidaridad, en la responsabilidad universal y en la justicia para todos y con la naturaleza, según L. Boff (7) y, por favor, en la ejemplaridad pública. Y bien ¿no suena esta música al estoicismo, a una actualización o revival del estoicismo?.

  1. I.Asimov. “Los griegos”. 1981. Alianza Editorial

  2. M. Leguineche. “Hotel Nirvana”, página 72. El País Aguilar. 1999.

  3. J. Pla. “Itàlia i el Mediterrani”, página 530. 1997.Edicions Destino.

  4. P. Moscovici, Comisario de Asuntos Monetarios. ”La Vanguardia”. 21-8-2018.

  5. C. Nixey. “La Edad de la Penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico”. Taurus. 2018.

  6. J. A. Cardona. “Filosofía helenística. Estoicos, Epicúreos, Cínicos y Escépticos”. Batiscafo S.L. 2015.

  7. L. Boff. “El eclipse de la ética en la actualidad”.”El PAÍS”. 28-8-2018.

Fernando Díaz de Liaño y Argüelles, octubre de 2018

 


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Una idea sobre “‘En ruta por Grecia, origen de la civilización occidental’

  • FERNANDO LUCIÁÑEZ

    Estupendo y minucioso trabajo de este “viajero” observador y sensible.
    Cuando leía tus crónicas admirativas sobre Atenas he recordado las palabras de Adriano (en la voz de M. Yourcenar), gran admirador de la cultura griega, y no he podido evitar volver a leer alguna de sus reflexiones:

    “…he mirado una acrópolis griega y su ciudad perfecta como una flor, unida a su colina como el cáliz al tallo, he sentido que esa planta incomparable estaba limitada por su misma perfección, cumplida en un punto del espacio y un segmento del tiempo. Su única probabilidad de expansión, como en las plantas, hubiera sido su semilla: la siembra de ideas con que Grecia ha fecundado el mundo.”