En Alsacia siguiendo claves de la historia de Europa


Este artículo se publicó previamente en la revista Administración Digital.

Publicado el 17 de junio de 2019.

Al iniciar el viaje que, durante el pasado mes de marzo, condujo al que esto escribe con un grupo de compañeros la región histórica y cultural francesa de Alsacia, el abajo firmante recordaba una afirmación de Voltaire en los siguientes términos: “el mayor provecho de los viajes es aprender a no juzgar al resto de la tierra según el propio campanario”(1).Y con esta sentencia “in mente”, más que oportuna en esta ocasión, el firmante recaló, como primera parada de la ruta prevista, en la ciudad de Colmar, capital del Departamento del Alto Rin e integrada en la Región Administrativa del Gran Este.



UN EXCURSO HISTÓRICO SOBRE ALSACIA

Antes de describir los lugares objeto de visita de la ruta por tierras alsacianas, parece oportuno, cuando no imprescindible, realizar una aproximación histórica a Alsacia a partir del siglo XVII. Alsacia es – conviene ya anticiparlo – territorio fronterizo franco-alemán que ha sido espacio de secular disputa y de confrontación entre franceses y alemanes.

Para situarnos en las raíces del conflicto hay que decir que desde la perspectiva francesa la teoría de las “fronteras naturales”, alentada por Richelieu, ha operado como justificación a la recuperación de los límites de la Galia romana, que se extenderían, en este caso, hasta el río Rin, comprendiendo, claro está, a Alsacia. Desde la perspectiva germánica otra teoría fue planteada, en sentido opuesto, por el canciller Bismarck cuando reivindicó llevar los límites territoriales de la entonces Prusia hasta las montañas de los Vosgos, en Alsacia.

En esas disputas territoriales, que se han prolongado durante más de trecientos años entre Francia y Prusia-luego Alemania-pueden señalarse algunos significativos acontecimientos. En efecto, con el fin de la Guerra de los Treinta Años y como consecuencia de los Tratados de Westfalia, de 1648-y, en especial, del Tratado de Münster-Alsacia fue considerada parte de Francia y no del Sacro Imperio Romano Germánico, ya que, hay que advertirlo, las denominadas ciudades libres imperiales, como eran los supuestos de las ciudades alsacianas de Colmar y de Estrasburgo, permanecieron, según los Tratados, dentro del ámbito del Sacro Imperio Romano Germánico “sin que los soberanos derechos del Emperador fueran reducidos”.

Por ello, y teniendo en cuenta la de alguna manera compleja y frágil situación originada por el Tratado de Münster, por mor de las excepciones en relación a las ciudades libres imperiales allí contempladas, solo pudo considerarse, para los franceses, el mencionado Tratado como un paso, en todo caso relevante pero no decisivo, en la integración de Alsacia en Francia. Y serán, de una parte, la ocupación de Colmar por tropas francesas, reinando Luis XIV, y el Tratado de Nimega, de 1679, los que determinarán que Colmar sea considerada ciudad de Francia dejando de pertenecer al Sacro Imperio Romano Germánico y, de otra, lo propio acontecerá en 1697, con Estrasburgo, que pasará a ser ciudad francesa como consecuencia de los Tratados de Ryswick. Mas la cuestión de Alsacia, objeto de confrontación franco-germana, no se solventó, ni mucho menos, definitivamente después de la integración de Alsacia en su totalidad en la órbita francesa.

En efecto, el ofrecimiento, en 1870, por el Presidente del Consejo de Ministros, Prim, de la Corona de España-después del derrumbamiento de la dinastía borbónica-al príncipe alemán Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen (apellidos que, por su dificultad de pronunciación, el humor del pueblo transformó en “¡ole, ole si me eligen”) supuso, como ha relatado Vicens Vives, que “en un ambiente de tensión franco-prusiana un incidente imprevisto proporcionó los motivos que ambos gobiernos deseaban para dirimir la cuestión alemana, que implicaba, a su vez, la hegemonía militar y política en el continente”(2). En suma: el aludido “incidente” arrastró al estallido de la guerra franco-prusiana.

Y aconteció que con el Tratado de Fráncfort, de 1871, Alsacia, finalizada la guerra franco-prusiana con la derrota de Francia en Sedán, que provocó la caída del Segundo Imperio de Napoleón III y la proclamación de la República, pasó a ser parte del Imperio alemán, proclamado como tal en ese mismo año, hasta 1918, en el que, terminada la Primera Guerra Mundial, las tropas francesas emanciparon a Alsacia de la ocupación germana recuperándola para Francia, si bien ello no se produjo por un largo período de tiempo, ya que, en 1940, y, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, estando Francia ocupada por la Alemania del III Reich, Alsacia fue objeto de anexión por Alemania, circunstancia que perduró hasta 1945, cuando, liberada por los Aliados, volvió a pertenecer a Francia. Hasta hoy.

Dos datos pueden extraerse sobre tan persistente conflicto franco-germánico. Por una parte, Alsacia desde el siglo XVII, experimentando un inusitado trajín hasta en cuatro ocasiones, con idas y venidas, ha variado su dependencia ya sea de Francia, ya sea de Alemania. De otra, durante trescientos años de mayoritaria soberanía francesa sobre Alsacia en más de cincuenta años, sin embargo, la soberanía ha correspondido a Alemania. Todo ello ha hecho escribir a Josep Pla, con cierta crudeza no exenta de realismo, que “en muchos momentos de la historia de Europa Alsacia ha sido una simple mercancía que ha oscilado de una barandilla a otra de un barco mal lastrado en un mar indomable” (3). una ”mercancía”, precisamos, unas veces en las manos de Francia y otras en las manos de Alemania.

Pero Alsacia ha sido no solo campo de persistente confrontación franco-germana, sino que, finalmente, se ha constituido en factor capital, a través de Estrasburgo, y después de la Segunda Guerra Mundial, de la reconciliación entre franceses y alemanes en la pretensión de curar, con carácter definitivo, una herida en exceso cruenta a costa de la frontera entre Francia y Alemania, herida que ha afectado a Europa. Y, en esa línea de concordia, se encuentra, a mayor abundamiento, la decisión de ubicar en Estrasburgo la sede de Organismos Internacionales y de Instituciones Supranacionales de ámbito europeo-como es, en este último supuesto, y en el caso de la Unión Europea, el del Parlamento Europeo-decisión en la que desempeñaron un papel más que relevante Francia y Alemania. Y ello con un exitoso resultado: no se han vuelto a desencadenar conflictos bélicos en la Europa occidental desde 1945.



COLMAR: ALSACIA EN ESTADO PURO Y UN REGALO PARA LA VISTA

Después de este repaso histórico acerca de Alsacia procede volver a la primera parada efectuada en el camino por esa región francesa, parada que se realizó, como se dijo antes, en Colmar. Colmar ha constituido, dicho con carácter previo, durante siglos un importante centro comercial – que alcanzó su apogeo en el siglo XVI – y se ha perfilado como un puerto fluvial de considerable relevancia cuando las gentes que mercadeaban el vino alsaciano lo transportaban por las vías fluviales allí existentes.

Antes de proseguir con otras consideraciones puede afirmarse que hay tres protagonistas a remarcar en las tierras alsacianas: el vino, con extensas áreas de la campiña dedicadas a la vid, hasta el punto de configurarse una Ruta de los Vinos de Alsacia, con afamados y aromáticos vinos blancos; una arquitectura pintoresca, típica, y un paisaje en el que predominan zonas frondosas de bosque, acusadamente verdes, aunque, en esta ocasión, que no en otro anterior viaje, esto último pudiera resultar menos evidente, ya que la primavera, aun estando próxima, no había tenido su entrada en Alsacia.

Acaso lo primero que llama la atención del visitante de Colmar es cómo se presenta al arribar a su casco antiguo, ya que se trata de un conjunto pleno de armonía, con calles con pisos empedrados y casas pintadas en variedad de tonalidades (tonalidades que tienen, a su vez, sus particulares motivaciones y significados) que exhiben entramados de madera en las fachadas, lo que es propio de la arquitectura de Alsacia y también, por ejemplo, de la arquitectura de Bretaña y Normandía. De Colmar se ha llegado a decir, no en vano, que es la ciudad más alsaciana de la región…

El Colmar antiguo se ha formado a partir de edificaciones medievales y de la época del primer Renacimiento, que constituyen su núcleo duro arquitectónico, y que se han conservado tras esmeradas restauraciones operadas durante el último tercio del siglo XX. Posee, además, Colmar un sistema de canales en torno al río Lauch, canales que se construyeron, en su momento, para el riego de los cultivos y que quedaron, finalmente, dentro del recinto de la ciudad como parte de su paisaje urbano.

El espectáculo que ofrece Colmar así es, de resultas, espléndido invitando al paseante a una entrada en el túnel del tiempo en épocas medievales y renacentistas. Por algo Georges Duhamel-en carta a un amigo, fechada en 1931-refería lo siguiente: “dices que Colmar es la más bella ciudad de Alsacia. Bueno, amigo mío, estás equivocado: Colmar es, sencillamente, la más bella ciudad del mundo” (4).

Pues bien: esa geografía de canales de Colmar ha tenido su mejor expresión en el distrito conocido como la “Petite Venise” por lo que recuerda a la gran joya arquitectónica veneciana, distrito en el cual, además, y por doquier, se observan plantas y flores en casas, balcones y puentes (destacando la vista desde el pequeño puente de la Rue Turenne) y edificaciones, como ya dijimos, con fachadas polícromas y entramados en madera, conformando todo ello un Colmar, valga la expresión, en technicolor.

Y desde luego que esa presencia de canales sugiere realizar un tranquilo recorrido en barca por las distintas áreas del casco antiguo, ya que es mucho lo que hay que ver. En ese escenario hay que aludir al barrio de los Pescadores, habitado por ese Gremio-que sirve de conexión entre los distritos de los Curtidores y de la Petite Venise-que ha sido restaurado, entre 1978 y 1981, que fue un próspero distrito al socaire de la venta de pescado de la zona hasta el siglo XX y que ofrece, también con fachadas multicolores en las casas y consabidos entramados de madera, un aire peculiar.

Igualmente hay que referirse, al barrio de los Curtidores de pieles, habitado por ese Gremio, que fue restaurado entre 1968 y 1974, que es una suerte de poblado dentro de la ciudad con construcciones de los siglos XVII y XVIII, pero aquí el típico entramado de madera actúa sobre un fondo de color blanco en las fachadas de las casas, En el exterior de los pisos superiores de las viviendas los curtidores ponían, en el pasado, a secar sus pieles y los fuertes olores emanados de tal operación de secado, que originaba un aire irrespirable, y los nuevos tiempos de finales del siglo XIX, que implicaban una mayor preocupación por la salud e higiene de los ciudadanos, comportaron que se prohibiera el secado de pieles de la manera antedicha y, de esta guisa, se precipitó una decadencia y posterior desaparición del distrito de los Curtidores, como tal, pero no de su “sabor” especial, que permanece. Además, la restauración del barrio, que afectó a muchas propiedades, con su modernización en aras a disponer de mejores condiciones de habitabilidad, incidió en su encarecimiento y comportó un profundo cambio en el mismo con la migración de las familias de los pescadores, y de sus familias, a barrios con precios más asequibles para ellos y con la llegada de nuevos moradores de un status social más elevado.

Son muchas las edificaciones, como atractivo turístico, a destacar en Colmar y, por lo tanto, cualquier recomendación en orden a su visita puede ser arriesgada pero ahí van, sin pretender abrumar, algunas propuestas: la Casa de las Cabezas, del siglo XVII, cuyo nombre obedece a las máscaras grotescas (hasta 106 rostros tallados) que decoran el frontal de este edificio, que está adornado por un mirador ubicado encima de los tres pisos de la mansión y por una escultura de un tonelero en cobre esculpida por A. Bartholdi, o la Casa Pfister, del siglo XVI, buen ejemplo de arquitectura renacentista germánica-para algunos la casa más bonita de Colmar-en piedra y madera, con esbelta torre y distintos niveles de galerías de madera, con fachada decorada con pinturas que representan a Emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, a los Evangelistas, a Padres de la Iglesia y a distintas figuras o escenas bíblicas.

Continuando con las recomendaciones de visita pueden citarse, asimismo, el Koifhus, del siglo XV, el edificio público más antiguo de Colmar, antigua sede de Aduanas (que fue almacén, mercado y centro aduanero) con espléndida balaustrada renacentista, restaurada hace poco más de veinte años para tornar a su original apariencia, y con techumbre borgoñesa en teja vana; la Casa de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, del siglo XVII, siguiendo el modelo de una mansión veneciana y exhibiendo magníficas galerías y balaustradas, que ha sido restaurada respetando sus especificaciones originales; el Teatro Municipal, del siglo XIX, en estilo italiano, y cuya esmerada rehabilitación finalizó en el año 2000; el Mercado cubierto, del siglo XIX, hecho de piedra, ladrillo y estructuras metálicas, con columnas de hierro, que sigue funcionando como tal, ofreciendo especialidades gastronómicas de la zona, y que muestra una agraciada escultura de A. Bartholdi en un ángulo de su exterior.

Asimismo parece obligado aludir al Museo Unterlinden, que ocupa un antiguo convento de las monjas Dominicas y que muestra una amplia panorámica artística desde lejanos tiempos hasta nuestros días, con especial interés en las pinturas y esculturas de finales del Medievo y del Renacimiento, pero sin agotar en esos períodos su repertorio (exponiendo también así obras de Durero, Lucas Cranach, Holbein, M. Schongauer, F. Léger, P. Picasso, R. Delaunay… ) y que presenta, especialmente, una obra maestra, del siglo XVI-indispensable verla-que es el retablo Issenheim, que incorpora un políptico, del siglo XVI, de Matthias Grünewald, ubicado además en un claustro medieval, de espectacular factura, del antiguo convento de las monjas Dominicas.

Y no debería pasarse por alto, además, el Museo Bartholdi, edificio del siglo XV, erigido en la casa en la que nació el escultor, ya citado, Auguste Bartholdi, que labró la famosa Estatua de la Libertad (por cierto: su estructura interna se debe a Eiffel) sita en el río Hudson, a la entrada de Nueva York, obsequio, como signo de amistad, de los franceses a los estadounidenses con motivo de la celebración del primer centenario, en 1876, de la Declaración de Independencia norteamericana. En el patio de este Museo puede admirarse la espléndida escultura de Bartholdi, en bronce, sobre los Grandes Sostenedores del Globo Terráqueo: la Patria, la Justicia y el Trabajo, siendo, por lo demás, muchas las obras de A. Bartholdi diseminadas por Colmar en edificios, plazas o fuentes.

Siguiendo con las sugerencias la mención es ahora para la Colegiata de San Martín, emplazada en la Plaza de la Catedral, un soberbio ejemplo de la arquitectura gótica en Alsacia, construida entre los siglos XIII y XIV, de grandes dimensiones, con Torre de 70 metros de altura, que confiere al edificio una característica apariencia, e interesantes vidrieras; el Ayuntamiento, ubicado en edificio con un exterior neoclásico, que albergó con anterioridad a la Prefectura del Alto Rin entre 1800 y 1866; el Tribunal de Apelación, construcción que es ejemplo de arquitectura germánica de principios del siglo XX, majestuoso, con un volumen de edificación ciertamente imponente; la iglesia de los Dominicos, construida en los siglos XIII y XIV-con magníficas vidrieras y obras del pintor Martin Schongauer, entre ellas, el retablo “La Virgen del Rosal”-siendo una buena muestra de la arquitectura de las Órdenes mendicantes durante el Sacro Imperio Romano Germánico; la Casa Adolph, una de las más antiguas de Colmar, con llamativas ventanas góticas…

COLMAR Y VOLTAIRE

No conviene olvidarse en este catálogo de paseos por Colmar una casa, aún sin especiales atractivos arquitectónicos, pero, en todo caso, interesante por el personaje que allí vivió durante un año, Voltaire – al que se citó al principio de estas líneas – después de ser expulsado el filósofo galo de la Corte de Federico II de Prusia. Decía Voltaire, mostrando una opinión favorable sobre la ciudadanía de Colmar, que “encontré en Colmar juristas que conocen más acerca de la Historia de Europa que ninguno en Viena. Gentes que merecen respeto, comunicadoras y con buenas bibliotecas que son puestas totalmente a nuestra disposición” (5). Sí, ese mismo Voltaire – al que podemos considerar como un intelectual europeo, de proyección europea, al ejercer su magisterio en distintas Casas Reales del Viejo Continente – y que refería, pareciendo una afirmación de plena actualidad en estos tiempos en los que asoman amenazantes fanatismos, que “la tolerancia es la panacea de la humanidad” (6) viniendo a deducirse de las reflexiones de Voltaire que hay que ser intolerante, precisamente, con la intolerancia, y que si se tolera ésta no hay sitio para una convivencia pacífica en el que se puedan defender opiniones sin tener que imponerlas coactivamente, convivencia pacífica que, nos permitimos añadir, no sería factible sin un reconocimiento del otro y del respeto a la diversidad.



RIQUEWIHR: UN LUGAR CON ENCANTO, UN MUSEO AL AIRE LIBRE

Ultimada la visita a Colmar el viajero, y a renglón seguido, se dirigió hacia el norte rumbo a Riquewihr, condicionado por esas prisas, que se han erigido en patrón de conducta de nuestra época, y desoyendo, una vez más, a Shakespeare, cuando afirmó que “el que va demasiado deprisa llega tan tarde como el que va muy despacio” y al filósofo alemán P. Sloterdijk, que ha sostenido, recientemente, que hay que salir de este tiempo impetuoso de vida de nuestros días para poder observar y tomar distancia, ya que “la vida actual no invita a pensar” (7). El caso es que, a pesar de tan doctas y atinadas advertencias, se persiste, ¡ay!, en este desenfrenado ritmo de vida, en un contexto de cambios vertiginosos, que deviene en un difícil cuando no fatigoso vivir. Pero en esas estamos…

Riquewihr, localidad muy próxima a Colmar, pequeña en tamaño pero grande en atractivos, se halla integrada en el Departamento del Alto Rin y está ubicada de lleno en la Ruta de los Vinos de Alsacia, habiendo sido considerada por muchos como la villa más bonita de la Ruta (“La Perla de los Viñedos”, se ha dicho) y una de las más bellas de Francia. Si bien Riquewihr tiene, al respecto, muy serios competidores para merecer tal honorífico galardón, tal es el caso de Colmar, acerca de cuyas muchas excelencias ya se ha hablado, y de la que se ha dicho que es una de las ciudades más bonitas de Francia. Y uno, en esa tesitura, se considera incapaz de inclinar la balanza en favor de las bellezas de Riquewihr o de Colmar, confesando que tiene, como en el popular bolero, el “corasón partío” entre ambas aspirantes, ciertamente tan notables.

El camino de Colmar a Riquewihr presenta campos trufados de viñedos, que alcanzan, prácticamente, a sus murallas (murallas sobre las que, a continuación, se volverá) campos que tienen la particularidad de exhibir rosales colocados por los agricultores en los extremos de las hileras compuestas de vides y ello no solo por razones estéticas sino, y principalmente, por cuanto detectan los parásitos, lo que uno, profano en esta materia como en tantas otras, desconocía.

La primera percepción del visitante de Riquewihr suele ser la de que es una población que está amurallada, con dobles murallas y que muestra una sólida arquitectura de defensa con torres de vigilancia. Ello explica que dicha localidad haya podido sobrevivir a innumerables acontecimientos-bélicos no pocos de ellos-a lo largo de su historia

Riquewihr perteneció a los condes de Würtemberg hasta la Revolución Francesa. Es un pueblo que está admirablemente conservado produciendo la sensación en el viajero-más perceptible aún que en el caso de Colmar al confundirse aquí el casco antiguo con la casi totalidad de la población-de que es transportado a épocas pasadas, a los siglos XV o XVI, contribuyendo además a ello la circunstancia de que el tráfico rodado esté vedado a los no residentes, lo que hace aquél prácticamente inexistente. Y un imprescindible comentario: en Riquewihr el visitante detectará una apreciable cantidad de nidos de cigüeñas en lo alto de los edificios y múltiples referencias a las mismas en rótulos de hoteles y restaurantes. La explicación se halla en la de que, siendo la cigüeña símbolo de Alsacia, en Riquewihr el arraigo, la explicitación de ese símbolo es aún más notoria.

Las calles de Riquewihr están empedradas y se aprecian casas medievales y renacentistas con tejados a dos aguas, entramados de madera y fachadas en diversos colores en las que, en no pocas ocasiones, se ha optado por el color pastel, vistosas ventanas y sugerentes patios, sabiamente adornados. La Rue du General De Gaulle, que es la calle principal de la localidad, es un magnífico ejemplo en este sentido. La viveza de este paisaje urbano se enfatiza, por otra parte, con portales esculpidos y comercios rotulados en hierro forjado, colocando los comerciantes los más variados objetos y recipientes con plantas y flores en las paredes exteriores de sus tiendas.

En suma: todo ello coadyuva a que se haya sostenido que Riquewihr es un museo al aire libre e incluso, a que, al atesorar un especial encanto, se haya llegado a afirmar, de forma más lírica, que es una casa de muñecas en tamaño gigante.

Partiendo de la base de que lo mejor de Riquewihr es su conjunto arquitectónico, tan equilibrado y equilibrado, pueden resaltarse-claro está dicho solo a título de opinión personal-algunas construcciones de la población: el Dolder, torre de vigilancia del siglo XIII, con la Puerta superior de entrada a la muralla y puente levadizo, que es la construcción más alta (veinticinco metros) de Riquewihr, luciendo entramado de madera en una de las dos fachadas, estando sin adornar la otra por predominar en ella su carácter de torre de defensa, con reloj y campana, restaurada que tiene inscrita esta leyenda: “esta es la alegría que anuncia el ruido del día y el silencio de la noche”; la bonita fuente de Sinne, del siglo XVI, que se utilizaba para lavar los distintos artilugios del vino; la Torre de los Ladrones del siglo XVI, de dieciocho metros de altura, antigua prisión y cámara de tortura, siendo, en la actualidad, museo al igual que la Torre Dolder; el Ayuntamiento, del año 1809, ubicado en la Place Voltaire, presentándose en un edificio de estilo neoclásico, con fachada en piedra arenisca rojiza con revoco amarillo, que alberga en la planta baja la puerta inferior de entrada al recinto amurallado; la Place des Trois Églises con tres iglesias que allí están situadas : Nôtre Dame, San Erard y Santa Margarita (siendo ésta la más grande); la Maison Würtemberg, propiedad, en su momento, de los condes con tal denominación, con placa acreditativa de ello, hoy Museo de las Comunicaciones.

Después de despedirse el firmante con pesar de Riquewihr a causa de la brevedad de la visita a tan seductora población y continuando el camino por tierras alsacianas hacia el norte, se arribó a la ciudad de Estrasburgo, capital del Departamento del Bajo Rin y de la Región Administrativa del Gran Este.



ESTRASBURGO: SÍMBOLO POR EXCELENCIA DE LA RECONCILIACIÓN Y REFERENTE DE UNA INSTITUCIONALIZADA EUROPA DEMOCRÁTICA

Estrasburgo es considerada la encrucijada de la Europa occidental y es que no en balde se encuentra situada a mitad de camino entre París y Praga y equidistante entre el Mar Báltico, el Mar Mediterráneo y el litoral Atlántico, equidistancia que se mantiene, igualmente, entre el Mar del Norte y el Mar Adriático. Es más: Estrasburgo se halla situada a una distancia similar entre París y Bruselas, ocupando, pues, una posición central en la Europa occidental estando emplazada en el “hinterland” que se conforma en torno al río Rin.

En otro orden de cosas constituye Estrasburgo un enclave urbano que es vía de paso, más aún: una espina dorsal en una zona fluvial de gran vitalidad económica, de gran circulación de personas y de mercancías en torno al Rin, que es uno de los ríos más transitados del mundo, siendo Estrasburgo un puerto de gran importancia sobre el mismo.

Estrasburgo, en fin, es, asimismo, una ciudad con un indiscutible cosmopolitismo europeo como ha acreditado a lo largo de su historia-sirva de ejemplo que, siendo foco importante de la Reforma protestante y ciudad de acogida de reformados y protestantes, su catedral ha acogido el culto católico y el culto protestante-y ha sido una urbe en la que ha habido, a lo largo de su historia, un vivo debate ilustrado y cultural, habiéndola habitado, entre otros, Gutenberg, Herder, Goethe…

El caso es que Estrasburgo – después de haber sufrido no pocos conflictos bélicos – padeció bombardeos que produjeron víctimas en la población y considerables destrozos en sus monumentos y en sus barrios en 1870 y en 1944 ha terminado por constituir un enclave decisivo para la reconciliación franco-alemana y para alcanzar la paz en la Europa occidental y es, “the last but not least”, sede institucional de Organismos Internacionales y Supranacionales europeos y, en especial, del Parlamento de la Unión Europea, aunque no en exclusiva en este último supuesto.

Conviene, en fin, retener algunas consideraciones para posicionarnos acerca de rasgos definitorios de Estrasburgo que se han ido poniendo de relieve a lo largo del tiempo: como encrucijada de la Europa occidental; como enclave con demostrada vocación cosmopolita europea; como urbe ilustrada y activo agente cultural; como símbolo de la reconciliación entre Francia y Alemania y de la paz en el continente occidental europeo y como referente institucional internacional y supranacional en el espacio europeo.

Una vez llegado a Estrasburgo, y cuando el visitante se va adentrando en el casco antiguo, lo primero que observa es que es una urbe en la que los canales están incorporados a su geografía: son cuatro los canales que por la ciudad circulan en torno al río Ill. Y lo segundo que llama su atención es la presencia de un monumento, que se atisba desde varios lugares del centro histórico de Estrasburgo y que destaca sobremanera por su verticalidad en una zona tan llana casi, valga la expresión, como la palma de la mano: la catedral de Nôtre Dame.

El casco antiguo, o centro histórico, de Estrasburgo está situado en lo que se ha denominado “Grande Île” (Gran Isla) y que conforma una suerte de elipse insular, por su forma, en el río Ill. Son muchos los puentes que permiten el acceso a la Gran Isla, que ha sido considerada, en su totalidad, por la UNESCO, en 1988, Patrimonio de la Humanidad al “ser un barrio antiguo ejemplo de ciudad medieval”.

En el corazón del centro histórico se yergue la catedral de Nôtre Dame. Lo primero que hay que decir es que es uno de los grandes monumentos góticos de la Europa septentrional y la segunda iglesia en altura, en Francia, después de la catedral de Rouen, siendo, en todo caso, una de las iglesias más altas del mundo. Templo católico, y es algo a reseñar, desde el siglo XVI hasta finales del siglo XVII estuvo dedicado al culto protestante, ya que Estrasburgo fue un potente foco de la Reforma protestante.

La catedral de Nôtre Dame está situada en la Place de la Cathédrale, realizada en piedra arenisca, su fachada se presenta para el peatón , sobre todo si se accede a la Place mencionada desde la Rue Merciére, y, sobre todo, desde cerca, ciertamente imponente, majestuosa, abrumadora, pero por hallarse la catedral ubicada, de una parte, en una amplia plaza y, de otra, por la admirable proporción de las partes que la componen, con un verticalismo que va “in crescendo” hasta un espectacular pináculo, la percepción que se acaba extrayendo de tan colosal fachada y edificio es, sin embargo, de sorprendente ligereza. Y eso que se trata de una catedral que alcanza, con las dos Torres de que dispone, los 66 metros de altura y si a eso se añade un campanario y una aguja perforada por encima de una de las dos Torres la altura llega a ser, progresivamente, la de 142 metros, teniendo, por otra parte, 45 metros de anchura.

El hecho es que la catedral, teniendo dos Torres simétricas, y solo contar, sin embargo, con un campanario y una aguja soportadas por una de las dos Torres, la del oeste concretamente, se configura, finalmente, con una fachada asimétrica que acentúa la verticalidad, como punto de fuga, y, por ende, la gracilidad del templo (con independencia de que la fachada asimétrica no fuera el inicial propósito pretendido por los arquitectos, sino que, probablemente, el temor a un posible derrumbamiento, por las características del terreno, fue lo que llevó a tomar la decisión de desistir de la construcción, por el peso que ello implicaba, de un segundo campanario y aguja).

El edificio domina claramente el casco antiguo y da la sensación de como si la ciudad hubiese sido forjada a partir de la catedral. Se cuenta que Goethe, que estudió en la Universidad de Estrasburgo, fascinado por el monumento, lo primero que hizo fue subirse a su campanario y admirar desde allí el edificio y el paisaje, llegando a decir-palabras mayores, sin duda-que la catedral “se eleva como un sublime, ancho y arqueado árbol de Dios”. (Goethe, un intelectual de proyección europea, no empatizó, hay que decirlo, con Voltaire, otro pensador europeo, pero sí con Rousseau, aunque en su última etapa de vida reconoció que Voltaire fue “a universal source of light”).

La construcción de la catedral de Nôtre Dame empezó en el siglo XI y finalizó en el siglo XVI. Dispone el monumento, en su fachada principal, occidental de tres pórticos abundantemente adornados por magníficas esculturas que reflejan historias bíblicas. Y si el espectacular volumen del exterior se atenúa por su asimetría y verticalidad, como antes se expuso, no acontece menos en su interior. En efecto, el hecho de que las naves laterales tengan una gran amplitud, contrarrestando las dimensiones de la nave central, y de que se produzca una razonable proporción entre anchura y altura del monumento, aminora el efecto de verticalismo en el interior del templo. Por otra parte, la circunstancia de que columnas y muros del templo estén desprovistos, en general, de ornamentación permite admirar, en su austeridad, de forma más cumplida, las excelencias, las esencias, la suprema elegancia, en suma, de la arquitectura gótica.

Del interior del templo hay que destacar, especialmente, algunos ítems: el vitral del gran rosetón y espectaculares vidrieras, de fulgurante colorido, varias de ellas de los siglos XII, XIII y XIV, románicas y góticas, esparcidas en diferentes puntos de la iglesia y que armonizan perfectamente con su arquitectura, siendo una suerte de paredes translúcidas del espacio interior; el pilar de los ángeles, obra maestra de la escultura gótica que representa el Juicio Final, con tres hileras de estatuas: abajo los Evangelistas, en el medio cuatro ángeles y arriba Cristo en un trono; el reloj astronómico, del siglo XVI, gran maravilla a modo de encuentro de la ciencia, la técnica y el arte , que ofrece información sobre la hora, el calendario y los astros y donde los autómatas anuncian el día y acompañan las campanadas, destacando algunos retratos, entre ellos el de Copérnico y, asimismo, el globo celeste y, a sus espaldas, el calendario perpetuo; el púlpito, del siglo XV, situado a mitad de la nave central, del que no se sabe qué admirar más si la perfección y delicadeza de sus formas arquitectónicas o la finura de su decoración; el ábside-donde comenzó a construirse la iglesia actual, erigida sobre los cimientos de una precedente catedral románica-con una gran vidriera central y mosaico en la parte superior que trata de imitar mosaicos bizantinos; el órgano, con extraordinaria caja gótica con decoración flamígera…

Pero no todo, ni mucho menos, termina en Estrasburgo con la visita a la catedral – aun siendo ésta un incuestionable punto de referencia – al constituir Estrasburgo una de las más bellas ciudades de Francia, con el atractivo añadido de una diversidad de barrios que reflejan distintas épocas, diversidad que no rompe, sino que, al contrario, enriquece el concepto global de ciudad.

Asumiendo, una vez más, el riesgo de las recomendaciones de visita se empezará diciendo que, al salir del templo, y en la Place de la Cathédrale, el paseante se topará con dos edificios ciertamente singulares: la Farmacia del Ciervo, existente desde el siglo XIII, que fue la Farmacia más antigua de Francia, con planta baja de piedra y arcos ojivales y viguería de madera en plantas superiores, y, enfrente de la misma, la Maison Kammerzell, del siglo XV, que pertenecía a un rico mercader, que presenta multitud de ventanas y que ha experimentado modificaciones a lo largo del tiempo, ocupando la madera un protagonismo principal en la fachada, con tupida decoración de tallas renacentistas en los diferentes pisos, que representan desde signos del Zodíaco a las Edades del Hombre o los cinco Sentidos con el añadido de pinturas polícromas. Y muy cerca de allí se encuentra la Place Marché aux Cochons de Lait, que presenta casas bien conservadas de los siglos XVII y XVIII, con entramados de madera en sus fachadas y una de ellas (denominada Casa de los Balcones) disponiendo de balcones corridos, lo que es más común de la arquitectura rural alsaciana y no tanto de la urbana. Esta plaza, muy concurrida y plena de restaurantes y bares, es sin duda, uno de los lugares más pintorescos de Estrasburgo.

Muy próximo a la Place citada se halla el Palais Rohan, residencia de los obispos de Estrasburgo, que, en realidad, es un complejo de edificios en torno a un patio cuadrangular, construido en el siglo XVIII, en un estilo clásico, sobresaltando las cuatro columnas corintias de la fachada principal que da al río y los frontones en las dos fachadas del edificio que albergan esculturas. En él estuvieron hospedados personajes tan dispares como Luis XV, María Antonieta, antes de ser reina de Francia, y Napoleón. Hoy este complejo de edificios alberga Museos de gran interés.

Si el visitante toma luego la Rue du Vieux Marché aux Poissons, con muchas tiendas y restaurantes, llegará a la Place Gutenberg, con escultura en bronce de J. Gutenberg que domina la plaza, con cuatro magníficos relieves, también en bronce, que adornan su pedestal. Gutenberg, inventor de la imprenta, vivió, hay que puntualizarlo, durante más de diez años en Estrasburgo. La plaza fue durante siglos el centro económico-administrativo de la urbe y como muestra de su antiguo esplendor se encuentra en ella el edificio de la Cámara de Comercio e Industria, que exhala poderío ostentado en épocas pasadas-por algo albergó, en su momento, el Ayuntamiento-en estilo renacentista, con arcos de almohadillado en la planta baja y detalles clásicos a través de pilastras jónicas y corintias Y en esa zona se encuentra la iglesia de Santo Tomás, construida entre los siglos XII y XV, luterana, en estilo gótico, y que es una de las más importantes de Alsacia. A destacar en la iglesia de Santo Tomás su ábside que acoge el monumento fúnebre dedicado al general Maurice de Saxe, gran obra del escultor J. B. Pigalle y el espectacular órgano Silbermann.

Y continuando el recorrido por la Grande Île, y siguiendo por la Rue du Vieux Marché aux Poissons, el visitante llegará a la Place Kléber, que es la plaza más grande de Estrasburgo y lugar de celebración de grandes fastos. Preside la misma una estatua en bronce, bajo la cual se guardan sus cenizas, del general Kléber, natural de Estrasburgo, célebre general napoleónico muerto durante la campaña de Egipto. Y un poco más allá de la Place Kléber se encuentra la Place Broglie, en donde está ubicada la Ópera de Estrasburgo, que dispone de un gran edificio, declarado Monumento Histórico, de 1821, neoclásico, con seis columnas en estilo jónico en la fachada y encima de cada una de ellas seis esculturas relativas a las musas, dándose la circunstancia de que en 1888 se añadió al edificio-que había sido bombardeado y dañado durante la guerra franco-prusiana-y en la parte trasera, un ala semicircular.

Y en ese espacio se halla la Place de L´Homme de Fer, que fue devastada por bombardeos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial, habiéndose sustituido los edificios medievales por otros que no encierran especial atractivo, pero que exhibe, en cualquier caso, una modernísima e imaginativa, arquitectónicamente hablando, parada de tranvías que proporciona un aire especial a la plaza.

En el extremo occidental de la Grande Île se encuentra el barrio de la Petite France, con un muelle que bordea la característica Rue des Moulins y que ha dado su nombre a todo el barrio, ya que toma tal denominación de una de las casas del muelle en la que se curaba del “mal francés” (enfermedad venérea) contraído por los soldados franceses en campañas bélicas de los ejércitos de Carlos VIII y de Luis XII. Fue éste un barrio antiguamente habitado por molineros, curtidores de pieles y pescadores y es el distrito más antiguo de la Grande Île.

Sigue siendo la Petite France un lugar sugestivo y el mejor conservado de la ciudad, resultando más que aconsejable para el visitante realizar un recorrido en barco por el canal que circula por el casco histórico. A pesar de la desaparición en este barrio de las profesiones que lo sustentaban-en este sentido el proceso de la desaparición de los Curtidores en este distrito es muy similar al acaecido en Colmar, que antes se relató-y de las innovaciones llevadas a cabo en el mismo, mantiene el distrito una fisonomía típica de un Estrasburgo medieval, siendo necesario aludir, así, en la Petite France, a su conjunto de pequeñas y coloridas calles, con características casas, de fachadas polícromas y entramados de madera, asomadas al río. De entre estas edificaciones sobresale, en el antiguo barrio de los Curtidores de Pieles, la “Casa de los Curtidores”, construcción en madera y piedra, antigua taberna, que presenta un frontal de miradores sobre el río, debiendo significarse que en esta zona se conservan construcciones de los siglos XVI y XVII.

En el barrio de la Petite France, por otra parte, no debería uno perderse la Place Benjamin Zix, le Pont de St. Martin, desde el que se puede observar la Esclusa de Estrasburgo, la Rue des Moulins y la Rue du Bain aux Plantes, con bonitas casas que parecen, literalmente, de cuento.

Próximo a la Petite France, y como dando la entrada a la misma, se hallan los Puentes Cubiertos, que componen un conjunto de tres puentes, sobre las distintas ramificaciones formadas por el río , construidos en el siglo XIII, flanqueados por torres defensivas (de las que se conservan tres) puentes que así se denominan por los tejados de madera que los recubrían, instalados en el siglo XVI y que fueron posteriormente reconstruidos en piedra en el siglo XIX.

Y a corta distancia de los Puentes Cubiertos se halla la Presa Vauban, en desuso, cuya función era la de inundar las tierras bajas de la Grande Île para evitar el paso del enemigo, conformando un edificio de más de cien metros de largo con un total de 13 arcos. Y un poco más alejado se encuentra el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, de 1998, edificio rompedor en ese contexto en términos de estilo, pero encajable perfectamente en ese enclave, cosas que pasan cuando se aprecia talento en la construcción, y que es una maravilla arquitectónica acristalada.

Cuando se deambula por Estrasburgo, y ya es el momento de decirlo, se observa que es una ciudad, con una población en torno a los 300.000 habitantes, que disfruta de una excelente calidad de vida. En efecto, dispone Estrasburgo de una extensa red de tranvías, de las mayores de Francia-es el tranvía, con diferencia, el medio de transporte más utilizado-así como de una densa red de autobuses y más de cuatrocientos kilómetros de carriles y pistas para permitir desplazamientos en bicicleta. Si a ello se añaden las limitaciones de velocidad existentes en el casco histórico, las restricciones generales habidas al tráfico privado y amplias zonas verdes, se puede comprobar la apreciable calidad de vida de la urbe. Una ciudad, de otra parte, con importante Universidad, que incorpora prestigiosos centros de investigación, con un buen entramado cultural institucional, que es un centro financiero relevante y que posee significativos segmentos industriales.

Prosiguiendo con el recorrido por Estrasburgo, y fuera del casco histórico, conviene detenerse en la Place de la République, que viene a conectar aquel distrito con el denominado “barrio alemán”(algunos hablarán de “ciudad alemana”), diseñado y ejecutado de conformidad con la llamada arquitectura germánica guillermina (así denominada por los emperadores Guillermo I y, sobre todo, Guillermo II, con la batuta de Bismarck) a partir de la derrota de los franceses en 1870, con avenidas amplias, homogéneas, holgadas aceras, abundante arbolado, edificios voluminosos, hasta algo pesados, de considerable altura y lujosas casas, imitando, de alguna manera, a barrios de Berlín y tan distinto, en su concepción, a los alrededores de la catedral de Nôtre Dame, con calles estrechas y espacios reducidos.



Intentando seleccionar lugares del barrio alemán en la Place de la République, el visitante observará el impresionante Palais du Rhin (antiguo Palacio del Emperador) habiendo finalizado su construcción en 1889, y con los majestuosos edificios de la Biblioteca Nacional y Universitaria y del Teatro Nacional, fieles ejemplos, los tres, de esa arquitectura imperial. Y cercana a la Place de la République, y en el barrio alemán, se encontrará el paseante con la iglesia de San Pablo, en la ribera del río, del siglo XIX, de 1892, protestante, neogótica, con dos torres simétricas y agujas que se presentan como interminables, alcanzando 76 metros de altura, y que tiene elegantes rosetón y nave central, respectivamente.

Y yendo más hacia el noroeste de la urbe el visitante-como una demostración más de la variedad de barrios de Estrasburgo-arribará al Barrio Europeo, denominado así por albergar distintas construcciones institucionales relativas al ámbito de actuación europeo.

El Barrio Europeo se empieza a materializar, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, en ocasión de que distintos Estados de la Europa occidental deciden la creación de un Organismo institucional unitario de ámbito europeo y designan a Estrasburgo como su sede oficial. El caso es que, sucesivamente, y a lo largo de los años, se fueron elevando edificios de arquitectura moderna, de espléndida factura, para albergar relevantes Instituciones europeas-precisamente por ello el distrito tomó el nombre de Barrio Europeo-edificios modernos que, curiosamente, no rechinan, valga la expresión, sino que se ensamblan con la arquitectura de las casas tradicionales del barrio.

Pueden destacarse entre esas varias edificaciones la dedicada al Consejo de Europa, antes situado en la Casa de Europa, y actualmente en el Palacio del Consejo de Europa o Palacio de Europa, de 1977, del arquitecto H. Bernard, que es el edificio principal del Consejo de Europa. Muestra el Palacio en el exterior un mosaico de colores hábilmente contrastados, amalgamado ello con hormigón en sus contrafuertes y aluminio en la fachada, y un edificio que lo complementa, el Ágora, de 2008, con gran fachada acristalada, un frontal principal con presencia notable de colorido, techado metálico y atrios en los que se organizan salas de conferencia del Consejo de Europa.

Otro edificio que sobresale es el dedicado al Tribunal de Derechos Humanos, ubicado en el Palacio de los Derechos del Hombre, de 1995, del arquitecto Richard Rogers, magnífica construcción, plagada de simbolismo, con dos cilindros en la fachada como balanza de la Justicia, y con abundante presencia de cristal, acaso alusiva a la transparencia, tan vital para una correcta impartición de justicia.



EN EL PARLAMENTO EUROPEO

Y en el Barrio Europeo se encuentra, en fin, la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, cuyo conocimiento ha constituido el “leitmotiv” real de la visita que se narra en estas líneas a Alsacia. Visita que se produjo por invitación del Parlamento Europeo en el contexto del interés de esta Institución de que la ciudadanía europea conozca de cerca su organización y funcionamiento. Visita realizada, se añade, en momentos que tenía el aliciente adicional de celebrarse a las puertas de unas elecciones al Parlamento Europeo, elecciones con un marchamo de decisivas al hallarse la Unión Europea ante considerables retos a afrontar.

Hay que decir, antes que nada, que el Parlamento Europeo, que atiende al lema de “In Varietate Concordia”, y que, inicialmente, fue denominado Asamblea Parlamentaria Europea, recibió el nombre oficial de Parlamento Europeo, según los Tratados, en 1986 a través del Acta Única Europea y hay que referir, asimismo, que la Eurocámara es la única Institución de la Unión Europea elegida por sufragio universal, directo y secreto por los ciudadanos de la Unión cada 5 años, cuyos miembros son, por lo tanto, los representantes de la ciudadanía de la Unión Europea con una población superior a 500 millones de habitantes y con un reparto de escaños, 751, siguiendo unas reglas de proporcionalidad, entre los 28 Estados miembro de la Unión Europea.

Y es que la Historia de los repetidos conflictos franco-germanos habidos a costa de Alsacia y la configuración posterior de Estrasburgo como enclave símbolo de la reconciliación y de la paz

Celebra el Parlamento Europeo, dicho ello en orden a una mayor concreción expositiva, las sesiones plenarias mensuales en Estrasburgo mientras que en Bruselas se producen las sesiones plenarias adicionales y las sesiones de Comisiones, hallándose en Luxemburgo la Secretaría General.

El Parlamento Europeo en Estrasburgo está ubicado, desde 1999, en el edificio” Louise Weiss”, nombre que corresponde a una destacada política francesa del pasado siglo. Se trata de una edificación que constituye un extraordinario ejemplo de arquitectura moderna, futurista diríamos, en una apelación, desde la modernidad, sin embargo, también a los estilos clásico y barroco, respectivamente, esto es, al círculo de Galileo y a la elipse de Kepler, intentando combinar la historia y la cultura de Europa con aquello que resulta representativo de nuestra época: la modernidad. La edificación-ciertamente apabullante-cuenta con 220.000 metros cuadrados-y miles de oficinas y se estructura en forma de arco para las salas de conferencias y la sala de plenos, el hemiciclo, con una torre para las oficinas de los parlamentarios. Está hecha la construcción de vidrio, metal, arenisca y madera y si se contempla el edificio desde uno de los laterales-e incluso, dicen, desde el aire-parece la proa de un barco listo para zarpar. Por lo demás la cercanía del río y del elegante Parc de l´Orangerie confirman la acertada ubicación en ese lugar de la Eurocámara.

La entrada al Parlamento Europeo es impactante a través de un gran patio elíptico, abierto, con una suerte de fachada, de gran altura, portadora de una aparente sencillez pero que rezuma suprema elegancia y que resulta accesible, con carácter general, lo que es de destacar, al público. Por su parte, el hemiciclo del Parlamento Europeo es grandioso, dicho sin exagerar: acoge 751 escaños, como antes se manifestó, lo que da idea acerca de sus colosales dimensiones. El hemiciclo-la sede, claro está, de las sesiones plenarias-se encuentra ubicado en la cúpula del edificio con la particularidad de que, dando al río, presenta un frontal de vidrio con lo que desde fuera del mismo se puede observar si se está celebrando una sesión y viene a representar, en este sentido, la imagen de una Europa democrática y transparente.

El tutor, mucho más que un guía, de auténtico lujo de que disfrutamos en la visita al Parlamento Europeo-y nunca mejor empleada esta expresión por sus desvelos y conocimientos exhibidos en tal cometido-fue el europarlamentario Enrique Guerrero Salom-compañero del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Parlamentario europeo desde 2009, Enrique Guerrero desempeñó en la Eurocámara el relevante cargo de Vicepresidente Primero, encargado de asuntos parlamentarios, del Grupo Político de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, de 2012 a 2016, y ha sido miembro de las Comisiones de Desarrollo y de Asuntos Constitucionales.

Enrique Guerrero ilustró de forma sintética, ilustrativa y brillante sobre distintas cuestiones y, entre otras cuestiones, habló acerca de las características del Parlamento Europeo-con notas diferenciadoras en su funcionamiento en relación con los Parlamentos de los Estados miembros-ya que carece, como regla general, la Eurocámara de la iniciativa legislativa; sobre la distribución de los parlamentarios en múltiples Grupos Políticos; sobre los procedimientos de votación en las sesiones plenarias; sobre las pautadas intervenciones orales de los parlamentarios en las sesiones plenarias; sobre la complejidad de las tomas de posición por los Grupos Políticos…

El caso es que el Parlamento Europeo, resaltó Enrique Guerrero, ha ido consolidando y reforzando sus cometidos aunque quede aún tarea por realizar en orden a la profundización democrática-viniendo a combatir así argumentos esgrimidos en su momento sobre carencias competenciales de aquél-al alcanzar la Eurocámara un determinante papel como colegislador junto con el Consejo-desarrollando, por lo tanto, la función legislativa, así como al ejercer la función presupuestaria, conjuntamente, asimismo, con el Consejo, pudiendo rechazar el Presupuesto remitido por la Comisión; al intervenir decisivamente en el nombramiento del Presidente de la Comisión y de los Comisarios, con la posibilidad, además, de suscitar una moción de censura a la Comisión que, de prosperar, llevará a sus miembros a renunciar a sus cargos; a poner en práctica el control parlamentario en relación a las actuaciones de los miembros de la Comisión, control sustanciado a través de las comparecencias parlamentarias; a ejercitar funciones de participación en la definición de la política de desarrollo y de ayuda humanitaria en la Unión Europea…

Después de tan útiles explicaciones previas se tuvo ocasión de asistir-desde las gradas superiores del hemiciclo que es donde se ubica el público asistente-a una sesión plenaria del Parlamento Europeo, que, con las explicaciones de Enrique Guerrero sobre la mecánica de su funcionamiento, resultó muy interesante y provechosa.

UNA CODA

Al abandonar la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo reflexionaba uno acerca del esencial papel reservado a la Eurocámara como guardián de los derechos humanos, de las libertades y de la democracia en Europa y en el resto del mundo. Evidentemente en la Unión Europea se han albergado vacilaciones y dudas sobre el proyecto Europa desde la crisis económica (desde 2008) por sus demoledores efectos y también en ocasión de la crisis migratoria y, esa adversa coyuntura, coincide con la aparición de movimientos disgregadores de Estados que pertenecen a la Unión Europea y de movimientos ultranacionalistas y de Gobiernos anti Unión Europea, así como la irrupción de una desafección política en la ciudadanía en relación a las instancias de gobernanza europea.

Los retos que ha de afrontar Europa son, pues, considerables, pero es cierto que ha demostrado sobrada capacidad para superar crisis y poder proseguir en su objetivo de una mayor integración. Son retos vinculados a la conformación más acabada de una Unión Europea por la paz, por la justicia social, por el Estado de Derecho, por una mayor legitimación democrática, por la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático, por una Europa competitiva que apueste decididamente por las tecnologías…Y el Parlamento Europeo habrá de jugar un papel determinante en todo ello, Parlamento que es la voz del ciudadano en la Unión Europea.

  1. “Ensayo sobre las costumbres”. Editado en 1756.
  2. “Historia General Moderna”. Montaner y Simón Editores.1974.
  3. “Sobre París i França”. Edicions Destino. 1989.
  4. “Colmar”. Tourism and History. 2014.
  5. “Colmar”. Tourism and History. 2014.
  6. “Diccionario filosófico portátil”. Editado en 1764.
  7. “Diario EL PAÍS. 5-mayo-2019.

Fernando Díaz de Liaño y Argüelles

Junio de 2019



 

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