Con la pata quebrada


Tercera sesión del ciclo Cine y Mujer. PRESENTACIÓN de Marián Sánchez, miembro de Trotea.

CON LA PATA QUEBRADA

Director: Diego Galán

Asociación Trotea. Ciclo Cine de Mujeres

PRESENTACIÓN DE MARIÁN SÁNCHEZ

Ciclo Cine y Mujer, TroteaEl cine, entendido como productor de imágenes, representaciones y significados, se convierte en un objeto de estudio idóneo para conocer la manera en que se construye el imaginario colectivo de una sociedad concreta.

Esta película nos ha permitido descubrir cómo, con el paso del tiempo, la idea de feminidad y masculinidad han ido variando, así como que lo que antes eran símbolos de lo estrictamente femenino ahora no son más que resquicios de una época pasada.

Cualquier persona que piense en el concepto de mujer articulará en su mente una serie de imágenes asociadas a este concepto: hombres y mujeres han sido configurados como personajes que desempeñan roles muy distintos dentro de las esferas pública y privada.

Estas diferencias describen una realidad: las diferentes sociedades han entendido de manera diferente a los sexos, les han otorgado atributos, papeles sociales diferentes y espacios distintos. El problema está en que estas diferencias no han sido interpretadas como desigualdades.

Esta distinción, va más allá de la idea de sexo, y hace que tengamos que distinguir entre éste y el concepto de género.

El género: construcción simbólica

Para comprender la diferencia entre ambas ideas es necesario que pensemos en la concepción de género como “ lo social, lo cultural” y el sexo como “ la división biológica hombre-mujer” .

El género es, entonces, una construcción simbólica que denota todo aquello que rodea tanto al hombre como a la mujer.

Podemos afirmar que la identidad de género sería la categorización que hace cada sociedad o cultura sobre lo que consideran hombre o mujer.

Para ello, cada cultura ha utilizado distintas formas para legitimar dicha clasificación social. Algunas de las más importantes se encuentran en los medios audiovisuales, debido a su capacidad para influir en la percepción de la realidad social de las personas, perpetuando la asignación de ciertos estereotipos o etiquetas sociales, a los roles de género.

En el caso de la construcción de la identidad de género femenina, el papel del cine ha sido primordial ya que es un medio capaz de recrear la realidad construyendo en la mente de los espectadores una imagen de lo social concreta.

Parafraseando a Juan F. Plaza y Carmen Delgado. “Género y Comunicación” .Juan F. Plaza, 2007., realizar una película implica, necesariamente, una serie de opciones y descartes. Sus creadores han de seleccionar inexorablemente lo que van a contar y cómo van a contarlo. Para ello empiezan considerando ciertos temas, y ciertos aspectos de estos temas, pertinentes o anodinos. Eligen las experiencias que les parecen dignas de ser narradas y silencian, por lo tanto, aquellas que no les interesan. Después, combinan de una determinada manera esos factores a fin de resaltarlos o minimizarlos y les aplican unas u otras formas representativas, según los resultados que persigan.

Así pues, el cine como cualquier representación y por el simple hecho de serlo, reelabora la realidad; es una construcción, una interpretación. En consecuencia, todos y cada uno de las películas que se hacen vehiculan una propuesta simbólica, una manera determinada de mirar el mundo, una toma de posición respecto a lo que nos rodea.

Porque no solo el mundo que se nos muestra está totalmente construido sino que, además, se nos muestra desde un determinado punto de vista. Punto de vista que el espectador no puede modificar.

Enfoque feminista

El estudio de la representación de la mujer en el cine ha sido analizado desde el enfoque feminista tomando como eje central la Teoría Fílmica. Esta relación entre la teoría del cine y los estudios de género apareció en la década de los setenta debido a la necesidad de comprender cómo se representaba culturalmente la imagen de la mujer en el cine.

En este sentido, expertos en la materia hablan del cine como una práctica significante, como lenguaje, como espejo que, en vez de reflejar simplemente, refracta luces e imágenes de mujeres.

En el caso de la construcción de la identidad de género femenina, el papel del cine ha sido primordial ya que es un medio capaz de recrear la realidad construyendo en la mente de los espectadores una imagen de lo social concreta.

Es en los años setenta cuando surgen los primeros análisis de la imagen de la mujer en el cine. Esta corriente de pensamiento, teórica y crítica, centra su interés en el estudio de los mecanismos y procesos del interior del texto fílmico que construyen a la mujer y a la feminidad.

En este sentido, se analizan las imágenes de las mujeres en el interior de la película, enfocando el interés en clasificar a los personajes femeninos según los estereotipos que representan. Unos estereotipos que, como señalan varias de las autoras de esta corriente, “ya existen en la realidad.”

Bajo esta concepción, las películas son ante todo un espejo de la realidad. Y, por tanto, todos los cambios en los papeles otorgados a la representación femenina en las películas son explicados como una analogía en las transformaciones producidas en el ámbito social, económico y político y cultural a las mujeres reales.

Sin embargo, estudios posteriores siguen líneas de investigación diferentes considerando que la imagen de la mujer y de la feminidad son una construcción ficticia creada por los discursos hegemónicos occidentales, desde el artístico hasta el político, pasando por el científico o filosófico, los cuales han configurado una imagen de la mujer y de la feminidad de manera arbitraria y simbólica, es decir, culturalmente establecida como imagen.

Sea de un modo u otro, lo cierto es que la construcción cinematográfica ha representado estereotipos o imágenes que de algún modo han terminado afectando a la visión de la sociedad, bien sea por identificación (porque se muestran como reflejos de la misma) o por construcción cultural (imágenes construidas). En definitiva, estos análisis subrayan la idea de que las imágenes y los estereotipos que se asignan a los papeles femeninos están plasmando el juego binario de imágenes positivas/imágenes negativas. Por tanto, la mirada sobre el cine se construye sobre nociones de diferencia sexual definidas por la cultura.

Podemos hablar de la imagen, al margen de la recepción, de la mirada, desde dos puntos de vista: el sociológico y el semiológico.

El enfoque sociológico fue el que usaron las primeras críticas feministas de cine y sigue siendo un método importante. Conceptos como la distinción entre la esfera doméstica del hogar, en la que se sitúa a la esposa y madre, y la esfera laboral o pública, a la que pertenece el marido, resultan útiles aunque sean, por si solos, limitados.

Desde la crítica sociológica, la imagen se analiza en virtud de los tipos que encarnan los personajes: la imagen de ama de casa, el hombre viril, el antihéroe, la prostituta, el homosexual, etc. Se compara la representación de estos tipos en el cine con las personas que encarnan esos papeles en la sociedad.

La semiología aplicada al cine intenta explicar cómo se comunica éste, como elabora su significado una frase del lenguaje escrito. Las ideas y conceptos no existen de forma aislada, sino que poseen los límites y las formas que permite el sistema de signos.

La corriente feminista, fundamentalmente, hace una crítica a la postura patriarcal en el cine y a la repetición de esquemas estáticos que reflejan el juego binario de imágenes positivas/negativas: madre/prostituta, la mujer fatal/la chica buena, colocando a las primeras por encima de las segundas, estableciendo así una jerarquía de valores en los papeles otorgados.

El modelo patriarcal

Es evidente que el cine está mayoritariamente en manos masculinas y que los valores como el poder, el sexo, la violencia aparecen legitimados en la pantalla. Además, de forma mayoritaria, las mujeres siempre protagonizan personajes débiles, románticos, sin autonomía narrativa y que están dispuestos a abandonar sus propios anhelos por el amor de un hombre.

El modelo patriarcal otorga a las mujeres la carga del trabajo doméstico y del cuidado de las personas, por lo que especifica una serie de rasgos que potencian su desempeño en este espacio de referencia; de este modo, las mujeres son sensibles, tiernas, emotivas, cuidadosas, atentas, generosas… y esta serie de atributos construyen y delimitan el universo femenino.

Este será el perfil mayoritario en la representación de la mujer en el cine .Esto se debe a que los estereotipos están tan interiorizados en la sociedad que, a pesar de los cambios sociales que se van produciendo y que son evidentes, ha de transcurrir un tiempo considerable hasta que esos cambios son asumidos por el entorno de pensamiento, son interiorizados en el proceso de socialización que lleva a cambios reales, no solo legislativos o de reconocimiento real.

No solo es relevante estudiar las imágenes y roles que han tomado las mujeres a lo largo de la historia del cine, sino que hay que dotar de visibilidad la ausencia de mujeres en papeles centrales o en entornos clásicamente poseídos por el hombre, como es el entorno laboral.

En los años 70, la teoría fílmica feminista explicaba como el concepto de la mujer se convertía en un producto construido social e ideológicamente. Los estudios de esta época indican que, a medida que se empieza a articular un discurso social de género, las reclamaciones desde el feminismo están relacionadas con la cosificación del cuerpo femenino. La mujer tiende a presentarse no solo como objeto sexual, sino como un objeto que añade valor a un producto o mercancía, incluso a la propia película.

A partir de los años 80, se empieza a estudiar desde la Teoría Fílmica la composición de las audiencias. El cine comienza a afianzarse como un sistema completo de significación producido socialmente que, consecuentemente, debe ser entendido como generador de significados y objeto de análisis.

En este contexto, se comienzan a analizar los procesos de identificación femeninos. De esta forma, además de examinar los contenidos narrativos de las películas, desde la Semiótica y el psicoanálisis se explora la mirada y su asociación con los mecanismos sociales de poder. Así, desde esta nueva perspectiva, se entiende que la imagen de la mujer no solo es estereotipada, sino que en esta estereotipación se transmiten iconos identificativos que presentan a la mujer como objeto de pureza, belleza y armonía. Por el contrario, las figuras masculinas se presentan como elementos narrativos (les pasan cosas), mientras las mujeres son objetos pasivos que se recrean en la mirada del otro que las crea, las admira y o idealiza.

Es evidente que las mujeres se representan de diferente manera que los hombres porque el espectador ideal se sigue asumiendo como masculino. La mujer es solo un objeto de la mirada del hombre.

Pero en medios como el cine, en que existe una estructura narrativa, el poder de la mirada transmite significados importantes. La mirada del espectador (masculina) implica una relación psicológica de poder en la que el que mira (el hombre) es superior al objeto mirado (la mujer).

En este sentido, la mujer, dentro de la película, es al mismo tiempo mirada y mostrada; fuerza la actuación masculina, pero, por si misma, la mujer no tiene la menor importancia.

La segunda ola feminista de los 80 va a tener como objetivo conseguir la equidad de las mujeres, especialmente en lo laboral. Se considera que para conseguir la equidad para las mujeres lo primero que hay que hacer es representarlas igual que los hombres. Para ello, se piensa que es prioritario sacar a la mujer del entorno sexual de representación y presentarla en entornos laborales, como los profesionales.

Pero la producción cinematográfica del momento sigue pensando y mirando en masculino. Es en estos años cuando aparecen problemáticas estrictamente femeninas de superación personal por abandono del marido, tensiones en el mundo laboral, etc. ; en definitiva, son los años en que se pretende que las mujeres, a través del autodescubrimiento, encuentren su liberación.

La imagen femenina actual

Las imágenes femeninas dentro de los medios de producción de los años 90 no están ajenas a los tópicos de los 70. El cine de estas décadas muestra el lento proceso en la asimilación de los cambios que la propia sociedad sufre; es imposible cambiar la forma de hacer y decir del cine de un día para otro. La mujer sigue ocupando un papel decorativo y/o sigue siendo objeto de los deseos masculinos y/o realiza cierto tipo de actividades destinadas a su género en detrimento de otras de las que se ven eximidas.

No obstante, si es verdad que en este periodo se crean personajes femeninos más complejos y cercanos a la realidad, dentro de un marco menos convencional y que empiezan a adquirir protagonismo como elementos esenciales de la narrativa. Pero hay que tener en cuenta que la historia se construye partiendo de una relación desigual de poder, donde la mujer puede adoptar roles y funciones intelectuales, pero su posición sigue siendo siempre subordinada a la del hombre y a la escala de valores establecida. Es decir, la figura femenina se construye, todavía, desde la posición del otro.

La figura femenina en esta época cumple la función de minoría marginalizada, de grupo oprimido incapaz de posicionarse en igualdad en un mundo donde las jerarquías de poder permanecen fundamentalmente desequilibradas.

En el momento actual, las imágenes femeninas son claramente más versátiles. En apariencia, no se acomodan tan directamente a lo que ocurría en los años 80 y 90.

Las mujeres, ahora, protagonizan papeles centrales, pero esta narrativa presenta ciertas paradojas: la construcción de la imagen novedosa y alternativa de la mujer como intelectual viene acompañada, en la mayor parte de los casos, de una narrativa de fracaso donde la mujer suele aparecer como un ser perdido que duda hasta de su propia identidad sexual. Se encuentra permanentemente en conflicto (como madre, como hija, como esposa), en una lucha constante por conocerse y aceptarse en la que se busca a la espectadora (mujer) que es quien se puede identificar con la protagonista.

Y esto implica una retórica femenina distinta donde la espectadora, además de identificarse, puede entender que su condición de género es un elemento fundamental de su vida personal.

Conclusiones

Las teorías feministas han ayudado a dotar de un lenguaje con el que expresar esta marginalización y, sin duda, expresando esta exclusión han dotado de visibilidad a las mujeres.

Como hemos podido apreciar a lo largo de este ciclo de cine, la comunicación social cuenta con un enorme poder para formar la opinión pública y crear modelos de comportamiento.

En este sentido, los modos de expresión social son controlados por grupos de poder dominantes que silencian, prejuzgan y neutralizan a los grupos considerados diferentes, como es el caso de las mujeres.

Y, fundamentalmente, ese es el motivo por el que, aún hoy, sigue existiendo una narrativa de la mujer que permanentemente está focalizada en la tensión de las mujeres por alcanzar logros intelectuales o su realización en la esfera personal; porque el cine, como la propia vida, sigue mostrando la ambivalencia de los “dos mundos” que vivimos las mujeres: el privado y el público, en los que, desgraciada e inevitablemente, el éxito de uno suele venir acompañado por el fracaso del otro.

 

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